La Opinión a Coruña

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Templos del conocimiento

Texto: J.A. Otero Ricart

Los libreros de toda la vida tienen una relación personal con el cliente como los médicos de antes. Las viejas librerías son, sin embargo, una especie en extinción y con ellas desaparece parte de la historia

Interior de la librería Vetusta, de Santiago de Compostela. / Tucho Valdés


La librería Balmes, de Lugo, es la más antigua de Galicia. Fundada en 1887, en su dilatada vida ha contemplado la transformación que ha experimentado el mundo editorial en el último siglo. Uno de los actuales copropietarios es Vicente Montes, que lleva 25 años en la librería, primero como empleado y desde hace seis al frente de la misma junto con otros tres socios. Recuerda Vicente que a mediados del pasado siglo la librería la regentaba Álvaro González Castrodá, una persona muy conocida en la capital lucense y que falleció en los años 90. Tras él llevaron las riendas de la librería Balmes tres de sus sobrinas: Maruja Díaz, Concepción Díaz y Elisa Franco, toda una institución en Lugo. Fue precisamente tras su muerte cuando los empleados decidieron continuar con el negocio para evitar su cierre.
“Tenemos dos locales, uno de papelería y otro específico de librería que se reformó e informatizó cuando nos hicimos cargo del negocio”, comenta Vicente Montes, consciente de que “en este sector, como en todo en la vida, hay que adaptarse a las nuevas circunstancias”. La competencia de las grandes áreas, la liberalización de precios o el préstamo de los libros de texto son factores que deben tener en cuenta las librerías tradicionales a la hora de rediseñar el negocio.
El uso de la informática “es hoy imprescindible por la cantidad de libros que se publican”, añade este librero lugués, pues “diariamente nos llegan 30 o 40 cajas de libros y tenemos que estar muy pendientes de las devoluciones... si te descuidas te tienes que quedar con los ejemplares”. El marketing que acompaña a los best sellers, como en la última entrega de Harry Potter, ¿beneficia también a las librerías tradicionales? “Sí y no. Crea una expectativa pero se reduce a un momento muy puntual y luego desaparece; como mucho el efecto dura cinco días”, apunta Montes, que a sus 41 años tiene ya una larga experiencia como librero.
A diferencia de lo que sucede en otros negocios, los libreros de toda la vida tienen una relación más personal con los clientes, algo fundamental en los productos literarios. “En la medida de lo posible aconsejamos a los clientes, aunque no es fácil, porque un libro que le ha encantado a una persona puede no gustarle a otra. Muchas veces son los propios clientes los que nos sirven de guía a la hora de aconsejar un buen libro”.
Otro de los establecimientos libreros con solera en Galicia es la Librería Molist. Fundada a principios de los años 40 del pasado siglo, es en la actualidad la más antigua de A Coruña, tras el cierre hace un año de la Librería Colón. La puso en marcha Luis Molist, continuó con ella su hijo Enrique y ahora es su nieta Mercedes la que está al frente del establecimiento. “Me crié entre libros; de pequeña merendaba en la librería y ayuda a ordenar los volúmenes y también acompañaba a mi padre a las ferias del libro”, recuerda Mercedes.

La librería Balmes de Lugo, la más antigua de Galicia. / Arsenio Coto

En Molist trabajan sobre todo literatura actual y libros técnicos. En opinión de su propietaria, el mercado no da para más “y hay mucha competencia de quioscos que también venden libros. El sector está mal para todo el mundo; no sólo para las librerías sino para todo tipo de comercios”.
Más de medio siglo de historia da para mucho, y Mercedes recuerda algunas anécdotas, como cuando “un cliente nos pidió una Gramática y después fue a devolverla porque no tenía mapas”, o lo que le sucedió en una feria de libro cuando alguien compró “un mapa de carreteras y protestaba después porque no aparecía Israel”.
En cuanto a la desaparición de las viejas librerías, Mercedes Molist cree que es una pena, aunque considera que aquellos locales antiguos “eran muy bonitos pero poco prácticos, porque la carcoma se comía los estantes de madera”.
Una de las pocas librerías que no se han visto afectadas por la política de la Xunta en relación con los libros de texto es la Librería Cao de Pontevedra, por el simple hecho de que “nunca hemos trabajado el libro de texto”, nos aclara su propietaria, Concepción Hermida. El establecimiento fue abierto por su suegro en la plaza de la Peregrina en 1948; ahora se encuentra en la calle Sarmiento y se centra sobre todo “en los libros de oferta y en los de arte”, no en vano la ciudad del Lérez cuenta con una Facultad de Bellas Artes.
“Ya no me meto en si los libros son caros o baratos, pero lo cierto es que la gente joven no tiene dinero para comprarlos y por eso prefiere ir a las ferias de ocasión”, nos dice Concepción Hermida. Le preguntamos por el cierre de librerías emblemáticas en diversas ciudades de Galicia y apunta una explicación: “Como en cualquier comercio, el trabajo en una librería es muy sacrificado y suele llegar hasta la segunda generación, porque la siguiente ya no aguanta; en parte también porque los jóvenes tienen hoy más estudios y prefieren dedicarse a su carrera antes que al negocio familiar. Desgraciadamente, ya no quedan librerías como las antes, con aquel peculiar olor a libros viejos”, comenta la responsable de la Librería Cao.
Por último, Concepción Hermida señala que “a pesar de todo lo que se ha dicho del libro electrónico, las librerías van a continuar, pero tendrán que adaptarse a la nueva realidad social”.


Avalancha editorial

Andrés López-Santos y su madre, María Luisa Santiago, de la librería Santiago de Ribadeo. / Tucho Valdés


“Hace años podías tener una idea de las novedades, pero hoy en día el librero-librero es impensable sin el ordenador. Se edita demasiado, hay muchísimas devoluciones y prácticamente hay que dedicar una persona a marcar y devolver”. Quien así se expresa es Ramón Martínez Blanco, copropietario de la Librería Tanco de Ourense, un local con cerca de 60 años de existencia y todo un referente en la ciudad. Se lamenta Ramón de la falta de ayudas a la lectura entre los más jóvenes: “Hay dinero para todo menos para dotar de libros las bibliotecas de los colegios. El amor a los libros se inculca cuando los críos son pequeños; si no, después es muy difícil que se aficionen a la lectura. Por eso tendría que haber más libros infantiles en colegios y bibliotecas”.
Martínez Blanco lleva 26 años como librero, procura mantener una relación de confianza con la mayoría de sus clientes y ha sido testigo de numerosas anécdotas. Por su librería han pasado destacados personajes de la cultura y el teatro, y evoca recuerdos de otras épocas, “cuando la librería fue una de las primeras a las que llegaron libros prohibidos que después se distribuían a otros lugares”.
Pilar Rodríguez Álvarez es la responsable de la Librería Padre Feijoo, fundada por sus padres en la capital ourensana en 1955. Se trata de una librería popular orientada sobre todo a los escolares. “Ahora, por desgracia, ya no se venden libros de texto... pero aquí seguimos, haciendo equilibrios y reorientando la actividad. Nos está pasando algo parecido a lo que sucedió con las tiendas de ultramarinos, un proceso de selección natural. Pero aquí cabemos todos, a condición, claro está, de saber adaptarnos y hacer el triple de esfuerzos. Afortunadamente tenemos unos clientes muy fieles, de varias generaciones”. Y es que la Librería Padre Feijoo forma parte de la vida de muchos ourensanos: allí les compraron sus padres los primeros libros escolares y allí siguen acudiendo ahora con sus hijos.
Nos comenta Pilar que tanto ella como su madre han sabido reconvertir la librería a los nuevos tiempos, en los que no puede faltar el ordenador, pero no sabe decir muy bien cómo lo han conseguido. Tal vez por la ilusión que sigue poniendo y por esa relación personal con los clientes. Cada año, cuando llega el mes de septiembre, siente de nuevo “el nerviosismo que marca el comienzo del curso escolar. Este negocio nos mantiene jóvenes”, concluye.
Un ejemplo de relevo generacional entre los libreros gallegos es Andrés López-Santos Santiago, que a sus 37 años está al frente de la Librería Gráficas Santiago, de Ribadeo, otra de las más antiguas de Galicia. Se trata de una librería tradicional fundada por sus padres en 1963 y que antes de instalarse en Ribadeo había estado en Viveiro.
Andrés y su madre, María Luisa Santiago, han puesto al día una librería que ahora ocupa tres plantas de un edificio. “Renovamos todo hace tres años —nos dice el joven librero— e inauguramos una sala de exposiciones y otra de conferencias para la presentación de libros. Arriesgamos mucho montando estas nuevas salas pero es necesario organizar actividades para acercar a la gente a la librería. También procuramos mimar bastante el libro en gallego”. Y junto con las instalaciones, las nuevas tecnologías, algo fundamental en el sector dada la gran cantidad de títulos que lanzan continuamente las editoriales. En la Librería Gráficas Santiago trabajan con los distribuidores, pero también con algunas editoriales directamente. “¿Que si orientamos a la gente en sus lecturas? Pues la verdad es que sí. Tenemos una relación muy cercana con los vecinos y casi el 60% de nuestros clientes nos piden consejo antes de comprar. A diferencia de lo que puede suceder en otros establecimientos, los que estamos aquí leemos, y eso es una ventaja; además contamos con la opinión de los propios clientes”.

Xurxo Patiño, en la librería viguesa Librouro. Abajo, Mercedes Molist. / Rafa Estévez

En la Rúa Nova de Santiago se encuentra Vetusta, una librería de viejo que regenta Quini Díaz, “la primera gallega de una familia de asturianos, de ahí el nombre del establecimiento”, nos aclara, en alusión a la ciudad donde se desarrolla La Regenta, la famosa novela de Leopoldo Alas, Clarín. Antes de instalarse en Santiago tenían el negocio en A Coruña. “No sé si se lee menos —nos comenta Quini—, pero ahora se nota que hay menos dinero y lo último que se compra son los libros”. Por su librería pasan clientes de todo tipo pero que comparten su pasión por la lectura. Algo que la propietaria de Vetusta no ve tan claro en las nuevas generaciones: “Antes los padres transmitían a sus hijos ese amor por la lectura, pero ahora con tantas maquinitas y la televisión los pequeños leen muy poco”.
En cuanto a los libros de segunda mano que se pueden encontrar en su librería, los hay de diversa temática y en general a un precio asequible. “Antes aún llegaban obras del siglo XIX e incluso del siglo XVIII, pero ahora ya no entra nada... suelen ser novelas más recientes”. Quini es consciente de que la competencia en el sector es cada vez mayor, pero se muestra optimista y espera mantener la bandera de los libros en el corazón de Santiago. Y es que a pesar del nombre y de la especialidad de la librería, Vetusta apuesta también por las nuevas tecnologías digitales, como se puede apreciar en su página web.
“Se trata de un negocio con una componente ro-mántica innegable, porque desde el punto de vista económico no es demasiado rentable. Exige mucho trabajo, muchas referencias y mucho movimiento para el rendimiento real que da. Si seguimos adelante es en gran medida por amor a la literatura y a la cultura”. Así resume el oficio de librero Xurxo Patiño, responsable junto con su hermana Nuncha de la viguesa Librería Librouro.
Fundada por sus padres Antón Patiño y Raimunda Pérez en 1967, Librouro siempre ha sido una librería de referencia en Vigo. Un dato que refleja el volumen de trabajo son los más de 100.000 títulos diferentes que tienen a la venta, “lo que supone tener inmovilizada una importante cantidad de dinero”, apunta Xurxo. Un esfuerzo que antes se veía compensado con los beneficios que dejaban los libros de texto, algo que ya no sucede: “Está claro que con la política de préstamo de los libros de texto —que no de gratuidad— nos hemos visto muy perjudicados todos los libreros, porque no se han aplicado otras medidas correctoras”, añade el responsable de Librouro. La hiperinflación editorial española, con más de 70.000 títulos nuevos cada año, obliga a los libreros a unos trabajos adicionales que apenas se ven compensados. “Entre los libreros solemos decir que el negocio del libro es el de los transportistas”, ironiza Patiño en alusión al trasiego de novedades que llegan a las librerías y a las consiguientes devoluciones, algo que no se corresponde con los índices de lectura del país. De hecho, una de las plantas del edificio de Librouro está dedicada a almacén. A esta librería viguesa llegan una media de cien novedades diarias, que habría que multiplicar por el número de ejemplares de cada título para hacernos una idea del trabajo que supone la clasificación de los libros.
Como librería de referencia, Librouro no se circunscribe a una temática concreta, “si bien hay algunas líneas que tratamos con más cariño, como en el caso de la literatura gallega, donde tenemos todos los títulos disponibles en el mercado”, añade Xurxo Patiño.
¿Siguen aconsejando los libreros a sus clientes a la hora de comprar un libro? “Sí, porque hay un maremagnum de títulos es más necesario hoy en día ofrecer esa labor divulgativa, una labor que también realizan los suplementos literarios de los periódicos. Curiosamente se puede decir que cada librería tiene sus best sellers específicos, los que suele recomendar y después se encargan de divulgar los propios clientes”.

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