La Opinión a Coruña

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El pueblo alfarero más auténtico de Europa

Texto: Santiago Romero
Fotos: Archivos de Buño

Herederos de una tradición que se remonta a la prehistoria y se conserva incluso en los fondos de la prestigiosa Hispanic Society de EEUU, los oleiros de Buño acaban de lograr su mayor reconocimiento cuando se enfrentan a la amenaza de extinción
Cientos de vecinos de Buño trabajan en la extracción de barro en el Couto dos Barreiros.

Las manos de un alfarero guardan siempre un misterio. El del oficio más antiguo. Eso explica la primitiva emoción que nos atrapa cuando vemos moldear las formas en el barro. El visitante permanece maravillado cuando el artesano habla a la rueda y de un simple pedrusco de barro surgen tazas, jarras, escudillas y otras delicadas formas de la antigua tradición. Esa magia es la metáfora de la creación de la vida. Oleiro: naciches dun pulo auroral pra millorar o mundo/presidirás labrego dos ouxetos o corazón
do home puro e novo. (Méndez Ferrín). Este arcaico secreto se palpa también en las casas de Buño, seguramente el pueblo alfarero más auténtico que se pueda hallar en estos tiempos en Europa. Más de treinta familias siguen viviendo en la actualidad de esta profesión tradicional y el resto del pueblo se vendría abajo si la alfarería decayese en Buño, donde sólo en los días veraniegos de la Mostra de Olería se facturan millones en ventas.
Tan próximo a la épica marinera de Malpica, en Buño se intuye sin embargo otra alma, más remota y evocadora de fantasiosas formas orientales. En las casas que albergan a sagas de oleiros que se pierden en la noche de los tiempos, aprendo por qué algunos de los apellidos más tradicionales en este oficio son Mourón o Mourín. “Muchos en Buño se apellidan así e incluso hay un barrio llamado Mourón, en el que precisamente vivo yo”, cuenta el portavoz de los oleiros de Buño, Antonio Pereira O Rulo. “Un estudioso del tema nos dijo que en los últimos años de la Reconquista, un rey cristiano empezó a distribuir moros por Galicia y gallegos por Andalucía. Si la profesión no la trajeron ellos, seguro que sí fueron quienes la perfeccionaron. Los moros eran muy buenos en olería, agricultura y el trabajo de la seda”.
El propio término alfarero es de origen árabe, aunque en Galicia siempre se prefirió el de oleiro, que aparece en los romances medievales. Olas eran las vasijas que se empleaban para transportar vino —existe incluso una medida de capacidad con este mismo nombre muy empleada en las tierras vinícolas de las riberas del Miño y del Sil—, pero acabaron por dar nombre a cualquier recipiente de barro.
Mujeres acarreando olas a las ferias.

La antigüedad de la olería de Buño es difícil de precisar. Algunos especialistas se remontan a la prehistoria, según los restos arqueológicos hallados en la zona, pero lo cierto, según dejó escrito Luciano García Alén en Os oleiros —el primer trabajo riguroso publicado sobre el tema en Galicia— es que es muy probable que el torno alto fuese conocido en la Galicia castrexa durante la romanización y que se perdiera posteriormente en la oscuridad medieval.
García Alén precisa que algunos escasos testimonios escritos —como el Portugalia Leges et consuetudines, del año 1124: “... oleiro de tres cozeduras det II olas...”— comienzan a hablar de estos modestos artesanos en los siglos XII y XIII. “Aún hoy es grande nuestra ignorancia sobre estos primitivos oleiros —reconoce García Alén— si bien creemos que eran trashumantes”. Estos oleiros, especialmente de ser cierta la teoría de que muchos de ellos eran moros colonizados a la fuerza, eran la franja más desfavorecida del campesinado, aquellos que no tenían tierra alguna en la que trabajar.
Ya en los siglos XVI y XVII, con la introducción en Galicia del cultivo del maíz y, poco después, de la patata, se eleva la productividad en el campo, lo que supone un aumento de la población y del poder adquisitivo de las familias campesinas. Es por estos siglos cuando se difunde un refinado material cerámico procedente de los alfares de Castilla, Aragón y Levante, herederos de la tradición musulmana. Esta olería, que durante siglos fue conocida popularmente como “de Talavera de la Reina”, hizo furor entre la nobleza cristiana y pronto comenzó a ser reproducida en latitudes más norteñas.
Es lógico suponer que la actividad en las aldeas de oleiros gallegos fuese muy anterior sin embargo a la que reflejan los documentos escritos.
“Es especialmente el caso de Buño —reconoce en su libro García Alén— que debió ser un centro oleiro mucho antes del documento fechado en 1679 que se guarda en el Archivo Histórico Municipal de A Coruña”. Esta cédula real establece el acuerdo cerrado con los oleiros de Buño para el suministro de 1.400 caños de barro vidriado destinados a la reparación de la conducción de agua a la ciudad coruñesa.
Padre e hijo comparten oficio artesanal.

El documento especifica que estos caños deben ser de igual calidad que los servidos para la pionera construcción de la traída de aguas coruñesa, lo que evidencia que a mediados del siglo XVI existía ya una floreciente industria alfarera en Buño. Hacia 1753, el Catastro del marqués de la Ensenada constataba ya que Buño se había convertido en uno de los mayores núcleos ceramistas de España, con 77 familias oleiras censadas, que alcanzaría su máximo esplendor en el siglo XIX.
La parroquia de San Esteban de Buño debe su nombre a una planta herbácea semejante al junco, que crece en estas tierras de litología arcillosa. Esta naturaleza del terreno determinó su destino económico, ligado a la producción de cerámica. El tradicional Couto dos Barreiros —donde a principios del siglo pasado trabajaban en la penosa extracción del barro doscientos hombres y un ciento de mujeres— sigue siendo una fuente de materia prima para la cerámica de Buño en la actualidad.
A partir del siglo XIX se exporta cerámica por mar a Francia e Inglaterra, en cuyas aguas han sido hallados restos de olería de Buño en pecios hundidos.
De su cotización en los mercados gallegos da noticia ya un siglo antes el padre Sarmiento en su legendaria obra Viaje a Galicia (1745): “A San Esteban de Buño vienen a buscar las olas los de la Muoreira de Pontevedra, llegando con los barcos hasta el Ponte Ceso”.
Hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo pasado —casi hasta 1970—, la comercialización de la cerámica de Buño se llevaba a cabo por xalleiros, arrieiros, escardeleiras (mujeres que compraban loza defectuosa, la reparaban y la revendían) y los propios oleiros.
Los arrieiros eran intermediarios del propio Buño que llevaban las olas en carros tirados por mulas hasta A Coruña y Betanzos, Baio, Muxía y Vimianzo y regresaban cargados con otras mercancías, sobre todo, vino. La tradición popular refiere el caso de un tal Anselmo que ejerció el mismo oficio que su padre y su abuelo.
Antigua vivienda de un oleiro.

Los xalleiros eran vendedores ambulantes de la comarca de Xallas que acudían a Buño en busca de cerámica para distribuir por las ferias. Con sus ropas desastradas, cunqueirianos xalleiros como Farruca da Escardada o Cajatintas llegaban cada miércoles a Buño y hacían leyenda en lo de Alfredo da Tomasa, afamada casa de comidas en aquellos tiempos. El último fue Antón da Ferreca, que dejó de verse por Buño en 1960.
Pocos años después, en 1969, se celebraría la primera Exposición de Alfarería de Buño en aquella Casa de la Cultura coruñesa que hoy alberga el Arquivo do Reino de Galicia y en 1979 nació ya en su propio local de Buño la Mostra de Olería que este verano cumple 25 ediciones —en sus comienzos no era anual— con un extraordinario regalo de cumpleaños que viene a compensar siglos de esfuerzo y sinsabores: la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes concedida por el Consejo de Ministros a propuesta del ministro de Cultura —compartida con Antonio Banderas, Barenboim, Luz Casal y Roberto Verino— que será entregada por los Reyes en una ceremonia que se celebrará próximamente en A Coruña.
Pero Antonio Pereira, O Rulo, no olvida las palabras de García Alén: “Los oleiros fueron los más humildes entre las gentes campesinas, como correspondía a los más pobres en tierras. Recurrían al penoso trabajo del barro y se mantenían en la tradición oleira familiar para llenar su despensa y espantar el hambre del año, cambiando sus vasijas por productos del campo. Como no poseían tierras, eran despreciados por los propietarios de terrenos, aunque más de un oleiro ha hecho con la venta de sus cacharros más dinero que los campesinos en las ferias. De ahí el dicho popular: Non te bulres do oleiro, que da terra fai diñeiro.
Trabajo en el torno.

El inesperado premio es una plataforma de lanzamiento de la olería con la que nunca soñaron en Buño. “Todo surgió de una visita que nos hizo en Buño el ministro de Cultura, César Antonio Molina, antes de las elecciones. Le hablamos de nuestras dificultades y le pedimos ayuda para que nos conocieran. Al menos, que en toda Galicia se sepa que existe un pueblo oleiro como Buño, que debe ser el más importante de la Península y de toda Europa. No existe un núcleo oleiro de tradición pura tan arraigada como Buño. Molina conoce muy bien
A Costa da Morte —mejor que nosotros aún—, ha publicado un libro sobre esta zona y tiene en su domicilio mucha documentación sobre la olería de Buño. Le estamos muy agradecidos, porque no esperábamos tanto. Esta es la oportunidad que necesitábamos para que se abran las puertas. Hubo gente ya que vino a propósito a Buño tras conocerse el premio, pero cuando se notará de verdad la repercusión será este verano en la Mostra”, explica
O Rulo.
Los oleiros de Buño tienen la esperanza de que este premio conjure su mayor amenaza en estos momentos: la inexistencia de una generación de oleiros de recambio que asegure la supervivencia de esta antigua tradición que ha sido cantada por todos los poetas gallegos: Ferrín, Manuel Rivas, Marilar Aleixandre, Lema Suárez, Suso de Toro, Xurxo Souto y el propio Molina. Dígoche Buño e teño nos beizos o nome mesmo da terra.
“A Costa da Morte comenzó a situarse en el mapa por una desgracia —el Prestige—. Ahora, será conocida por una alegría”, sentencia O Rulo. “Esperamos que este premio resucite el interés de los jóvenes por esta profesión, porque este es uno de los grandes problemas que tenemos, que no hay sucesión. El oleiro más joven tiene casi 40 años. Ahora tendríamos que tener un ciclo asegurado en el que hubiera gente en trance de retirase, y otras dos generaciones en marcha; una cogiendo el relevo y otra formándose. Pero no tenemos aprendices. Debe ser que no aprecian lo que tienen tan a mano. A ver si ahora con el premio ven la profesión de oleiro como una buena salida y una forma de digna de ganarse la vida”.

1918 - Jarra original.
2008 - Réplica actual.

Un rastro prehistórico

Herencia del pasado que perdura en el tiempo. La alfarería en el Buño de mar arcilloso es recurso, oficio tradicional, poso artístico y sensibilidad esparcida por los barrios de una villa en A Costa da Morte. Talleres de formas que hablan con las manos, que vierten autenticidad en el horno viviente, que moldean la nobleza del barro desde hace siglos. De antiguos utensilios domésticos moldeados por los campesinos más pobres para intercambiar por comida para sobrevivir, a complementos decorativos e incluso aplicaciones arquitectónicas. El inicio de la tradición oleira de buño se data en la prehistoria, con la elaboración de cacharros hechos a mano. En las minas de estaño de monte Neme o en las de oro de Corcoesto se empleaban crisoles de barro de Buño. Las piezas de la Edad Media son de escasa variedad y austera decoración. Los siglos XVI y XVII marcan el inicio de una edad esplendorosa tras la elaboración de los caños para la traída de agua de la fuente del Mercado de A Coruña. Piezas de alfarería, documentos y fotos de Buño figuran incluso en el museo de la Hispanic Society of América en EEUU.

Hornos con historia

El horno tradicional de Buño es una cámara, cerrada, que se encuentra al aire libre y resguardada de los vientos dominantes por un muro al noroeste. El cuerpo inferior es una cámara amplia y casi cerrada que comunica con el exterior por la boca del horno, por donde se introduce la leña, y con el segundo cuerpo a través de los agujeros de la grada, por donde asciende el calor. El segundo cuerpo, desde la grada hasta el anillo, es donde se posan las vasijas para cocer. El tercer cuerpo, de ladrillo y barro, se levanta alrededor del anillo cuando las piezas sobrepasan la altura de éste.
El horno tradicional de los oleiros puede verse aún en el Ecomuseo de Forno do Forte, en Buño, donde todavía es posible ver cocer cerámica al viejo estilo en algunas época del año, especialmente durante la celebración de la Mostra de Olería, en agosto. Once edificios reconstruyen las antiguas viviendas y lugares de trabajo de los oleiros tradicionales y completan su viaje al pasado alfarero de Buño con una exposición de antiguas piezas de barro. El museo recoge también antiguas herramientas de labranza del entorno de Buño.

 

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