La Opinión a Coruña

Volver a la Página Principal

Caída y auge de las salas de fiesta

Texto: Doda Vázquez
Fotos: Casteleiro/F. Martínez

El cambio en las modas, el ‘botellón’ y restricciones como la tasa de alcoholemia al volante son algunos de los factores que influyeron en el cierre de muchas pistas de baile que fueron míticas en los años 80 pero no lograron sobrevivir

Discoteca La Rocca, antiguo Pachá, cerrada desde hace varios años. / Casteleiro

Bolas de espejos, sofás, mesas de metacrilato y viejos roperos forman el decorado de las salas de fiesta de antaño. Las tendencias han cambiado en las últimas décadas, gracias a fenómenos como el botellón, el auge de los pubs, los controles de alcoholemia y la ley antitabaco. Actualmente, sólo sobrevive un tercio de los locales en los que se jastaba pista en los 80.
“La crisis afecta a todos los sectores, incluso al ocio nocturno”, admite Samuel Pousada, presidente de la Federación Gallega de Empresarios de Discotecas y Salas de Fiesta, quien calcula que de los alrededor de 1.300 locales que había hace 25 años sólo medio centenar siguen abiertos.
Las razones para este declive son variadas pero el presidente de los empresarios las agrupa en tres. “El primer factor es el cambio de moda, pero eso es algo cíclico y, al final, siempre vuelve —explica—; en segundo lugar está el pasotismo de la Administración y los ayuntamientos ante la competencia desleal de otro tipo de locales que no reúnen condiciones de seguridad ni cumplen los horarios. Por último, están las normativas agresivas como la ley antitabaco o los controles de alcoholemia, que también nos han perjudicado muchísimo”.
Otro de los problemas de los que se quejan los empresarios del sector es el botellón, que ha alejado a muchos jóvenes de los pubs y de las pistas de baile. Sin embargo, aplauden iniciativas como la nueva ley del Ayuntamiento de A Coruña. “Nos viene bien
—confiesa Samuel Pousada—; ahora sólo falta que se aplique”.
Gran parte de la culpa del cierre de los locales la tiene el cambio en la forma de ver el ocio. Las grandes salas de fiesta que tenían su razón de ser en los años 80 y que servían lo mismo para una fiesta de disfraces que para una actuación de un humorista o para echar unas piezas durante el fin de semana han desaparecido. Muy pocas aguantaron el tirón y acabaron convertidas en edificios abandonados al borde de las carreteras. Es el caso del mítico El Seijal, en San Pedro de Nós, que fue todo un referente a finales de los años 60 y también durante gran parte de los 70. Por el escenario de esta sala pasaron figuras de la talla de Rapahel, que levantaba pasiones entre las jóvenes coruñesas de la época.
El tirón de la discoteca era tal que las colas, en un momento en el que no todo el mundo tenía coche, llegaban a colapsar totalmente la Nacional-VI el día grande, los domingos por la tarde.
El recinto lleva años cerrado a cal y canto y hoy en día apenas puede reconocerse: el letrero está tapado por un enorme cartel que anuncia la exposición de retratos del museo del Prado en la Fundación Caixa Galicia.
En Arteixo estaba la sala de fiestas Eva, que también lleva abandonada más de una década. En la fachada todavía puede verse el rótulo que recuerda tiempos mejores. Al final, los coches dejaron de aparcar fuera y empezaron a hacerlo dentro del local, cuando fue reconvertido en garaje.
Discoteca Models, en los bajos del Casino, también clausurada. / Javier Rodríguez
El antiguo cine Valle Inclán acogió, por poco tiempo, la sala Zine. / Irene Molina

Las salas de fiesta que había en localidades más pequeñas también tuvieron que cerrar. Como la Sala 4004, en Cerceda, propiedad de Primo Iglesias, que tuvo sus días de gloria en los años 70 y 80. En aquel entonces, pasaban por allí figuras nacionales como Mayra Gómez Kemp, cuando decidió ser cantante, Bigote Arrocet y los mexicanos Tito y Tita. Hoy queda un edificio abandonado.
Este tipo de recintos sólo pudieron subsistir en los núcleos de población con suficiente afluencia, como es el caso de Laracha o Carballo, aunque con el paso del tiempo han ido reconvirtiéndose en discotecas. Las salas de fiesta quedaron para “gente mayor”, recuerda Samuel Pousada.
A partir de los años 80, empezaron a surgir recintos más modernos y adaptados a la juventud. En aquellos días triunfaban locales como Xornes, Don Pepe o La Cueva, en A Coruña, que también acabaron echando el cierre.
En la playa de Bastiagueiro estaba Class, que ocupaba la parte superior de lo que hoy es el restaurante Varadero. La discoteca, que fue diseñada por Gallego
Jorreto, cerró hace tres años y fue reconvertida en vivienda, en un loft en el que reside su antiguo propietario, José Rodríguez González. Él llevaba la sala cuando todavía se llamaba Jarry para después pasársela a su hijo Toni y al socio de éste, Javier Fernández.
“Era una época en la que se trabajaba muy bien —recuerda Toni Rodríguez Yebra—; por allí pasaba todo el mundo y había tantos coches que las colas llegaban hasta Santa Cruz”.
Al echar la vista atrás, Toni Rodríguez evoca otros locales que también llenaban en la zona. “Estaban el Watergate, Osmik y el Bolboreta, que ardió y ya no volvió a abrir; el Miramar, un music-hall que estaba justo en la playa, Marux y Luxor, que era bastante famosa”. Todos ellos son ya parte de la historia.
“Había mucha gente que se levantaba de la cama sólo para venir a Class, venían muchos bailarines del Rey de Viana —comenta—; teníamos la mejor música y, de hecho, salimos en revistas musicales de toda Europa y también en algunas de ambiente y de arquitectura. La llamaban el búnker y fue la primera en donde se utilizó tela asfáltica”.
La seguridad era otra de las preocupaciones de Toni Rodríguez, que hoy vive más bien de día y regenta el restaurante La Toscana, en la Marina. “Teníamos siete personas trabajando —cuenta— e incluso llegamos a tener una pelea con los de seguridad de Jesús Gil. Y ganamos”.
Las cajas que hacían podían llegar al medio millón de pesetas en una noche, unas cantidades que en la actualidad, con el consiguiente encarecimiento de la vida, no son tan fáciles de conseguir.
La oportunidad de negocio hizo que muchos se animasen a invertir en el sector del ocio nocturno pero no todos tuvieron suerte. “Vino mucha gente de fuera de
A Coruña que no conocía la ciudad ni las modas que empezaron a invertir en pubs y los abrían todos iguales; la calle de Cristal, en Laracha, fue otro de aquellos intentos que también salió mal”, argumenta el ex discjokey.
Para Toni Rodríguez sería necesario que los empresarios se planteasen una inversión importante en locales con un cierto nivel “al igual que pasa en todas las ciudades grandes”. “Hacía falta que invirtiesen pero parece que ningún local está dispuesto —se lamenta—; Oleiros tenía que ser el Sanxenxo coruñés pero se prima la construcción, los centros comerciales... Otras cosas”.
Pero no todo es negativo. Hubo varias apariciones fugaces de locales en los últimos años, como fueron la sala Zine, que se abrió en el local que ocupaba el Valle Inclán, o la discoteca Models, en los bajos del Casino del Atlántico, pero también hay muchos que fueron capaces de aguantar los cambios.
Es el caso del Playa Club, a pesar de las reformas y los distintos propietarios; Ola Green, Chaston, Fox Trot, Oh Coruña y Punto 3 (antiguo La Granja), considerada hoy como la sala “más viva” por los profesionales del sector.
Local donde estaba Class, en la parte superior del restaurante, hoy convertida en vivienda. / Fran Martínez
La sala de fiestas El Seijal, que lleva años abandonada. / Casteleiro

También siguen dando guerra históricos como Pazos, en Laracha, fundada en 1966; A Vieira, en Ponteceso, también de la década de los sesenta, o LP-45, en Ordes, que este año celebra su mayoría de edad (ya son 18 años de marcha) con citas como las fiestas de Miss Camiseta Mojada o Mister Paquete Mojado.
Pirámide, en Juan Flórez, ha vuelto a abrir, aunque de forma limitada, al igual que Chanteclair, en Pontecesures, o Chevalier, en Santa Cristina, que cerró sus puertas en el mes de febrero para volver a abrirlas. Al menos, durante la época estival.
También hay quien decidió reinventarse y buscar otro hueco de mercado. Zeus, en Pontedeume, cambió totalmente de estilo y hoy en día vuelve a funcionar como sala con ritmos latinos. Lo mismo sucede con Bambina, en Santa Cristina, que ahora es El mundo del baile.
Las actuaciones del Campeonato Nacional de Salsa o de los ganadores de Mira quién baila han sustituido a otros ritmos en estas discotecas, que tratan de subsistir en los nuevos tiempos, con otros servicios como los autobuses en las salas más aisladas de los núcleos de población, que ayudan a los clientes a no estar pendientes de los controles de alcoholemia. Antes, la intención de los autocares era la de atraer a los que no tenían coche y, hoy en día, pasa exactamente lo contrario.
El panorama no es el mejor, según admiten los propietarios de los locales, pero las pistas de baile parecen haber experimentado
una relativa mejoría en los últimos tiempos.
El presidente de los empresarios de discotecas de Galicia asegura que, “desde hace uno o dos años”, el sector experimenta una cierta recuperación. “Muchos clientes se dan cuenta de que nuestros locales ofrecen seguridad y calidad y deciden apostar por nosotros”, dice. “Hemos pedido una Ley General de Espectáculos, que en Galicia no está aprobada, y que sería algo que nos ayudaría mucho”, considera Samuel Pousada.
El futuro de las discotecas pasa por “locales grandes, con todos los servicios y varias pistas”, opina el representante de los empresarios. “En cuanto a la música, hay un poco de todo: se vuelve bastante a la música de antes, de los años 80 y 90, que fueron realmente fabulosos”.
Los propietarios de las salas de baile dudan de que vuelva la época dorada de las discotecas pero se atreven a desear que la moda les vuelva a llenar las pistas. “Ojalá volvieran ese tipo de de establecimientos”, añoran.