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Las ‘encerradas’ nos abren las puertas |
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Texto: Eva González
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| Las religiosas rezan en su iglesia, abierta al culto y donde se turnan para adorar al Santísimo. |
Las rejas del convento nos hacen hasta ilusión, pero no nos apartan del mundo. De hecho, como dijo uno de los obreros que trabajaron en los últimos arreglos, nos conocen como ‘encerradas’ pero estamos más abiertas al mundo que nadie”, nos comenta la madre abadesa Elena Rodríguez mostrando los jardines, huertas y ventanas desde las que pueden admirarse vistas privilegiadas de Tui, del río Miño y de la ribera portuguesa.
El día a día de estas religiosas clarisas de clausura de Tui, conocidas como las “encerradas” y muy queridas en la ciudad, se ha visto alterada por un hecho insólito que recogerá el libro de actas donde reflejan lo más señalado de su historia. Este diario ha logrado entrar en el monasterio de Nuestra Señora de la Concepción para conocer su realidad, con motivo de los cinco siglos de existencia de la fundación del convento. Quinientos años han pasado desde que diez mujeres tudenses decidieron vivir en comunidad su vocación religiosa en 1508.
“Vivimos la conmemoración de estos quinientos años con esperanza. Estamos seguras de que en Galicia, en otras partes del mundo, incluso en Tui, existen mujeres jóvenes que no conocen nuestra existencia y que serían felices, al igual que nosotras, al abrazar esta opción de vida en los tiempos de hoy. Es ora et labora, sin subterfugios y con total libertad”, manifiestan en grupo.
La comunidad de las clarisas de Tui la forman en la actualidad siete religiosas, con edades que oscilan entre los 61 y los 84 años: la madre abadesa Elena Rodríguez Pombo, nacida en San Estevo do Sil, se encarga de los trabajos de escritorio; María Dolores Jaso Ramírez, o madre Ángela, natural de Tui, se encuentra impedida en silla de ruedas; la viguesa Marina Vázquez Fernández, vicaria, es la directora de repostería; María del Carmen Rodríguez Teijeira, de A Cañiza, cuida actualmente a su hermana dependiente; María del Rosario Álvarez Domínguez, nacida en Celanova, es la organista y la cuidadora de sor Ángela, así como autora de dos publicaciones; Herminia López Andrade, natural de Melide, es la sacristana; y Concepción Varela Segade, también de Melide, es la tornera y portera, y se encuentra asimismo al cargo de la cocina y de la lavandería. Todas ellas, menos la impedida, realizan labores diversas en su enorme casa. La jornada en el monasterio comienza a las 06.30 horas y termina a las once de la noche. Su principal misión es el rezo, al que dedican gran parte del día, siempre rogando por los bienhechores y por los difuntos.
¿Qué hay detrás de la pesada puerta de madera que da acceso al interior? Pues una sencilla portería con el mobiliario indispensable. Unas escaleras conducen a pasillos y estancias. Proliferan las imágenes de la Virgen, de Jesús crucificado y de algunos santos. Hay sillas de coro y muebles de diversas épocas y un antiguo reloj de pie. Tras una sala donde se reúnen se encuentra el acceso privado a su iglesia, que está abierta al culto. Allí es donde se turnan para rezar ante el Santísimo Sacramento, que permanece expuesto desde las 09.00 a las 13.00 horas.
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| Las clarisas dedican gran parte de la jornada a la oración comunitaria e individual. |
Cumplen sus reglas y, en procesión, orando salmos en alto, llegan al refectorio. Es una estancia austera, con mesa corrida en forma de U, donde almuerzan y cenan en comunidad. Dos aparadores guardan vasos y vajillas. Dos cestas de manzanas aromatizan la estancia. Un púlpito que ya no se utiliza es uno de los vestigios que se conserva de tiempos ya pasados, cuando una de las religiosas subía a él para leer a sus hermanas de comunidad.
Hasta el torno del monasterio, como ocurría cientos de años atrás, llegan personas que hacen sus ofrendas para el rezo de misas. Otras encargan dulces que elaboran las monjas artesanalmente. Sobre todo los famosos pececitos de almendra. También hacen tartas, almendrados y bizcochos. Eso las ayuda a mantenerse y a cubrir gastos, sin olvidar los donativos, en gran parte anónimos, que las sacan muchas veces de apuros.
Tareas domésticas como la limpieza de la cocina y de la vajilla y el arreglo de la casa y cuidado de ropas ocupan el resto del tiempo de sus jornadas. No les faltan achaques a consecuencia de la edad, aunque la sonrisa sea la expresión más habitual en sus caras.
Siempre según sus reglas, tienen tiempos de recreo en los que “hablamos de las cosas del día. Después del almuerzo es cuando colocamos sobre la mesa las limosnas que recibimos en especie o en dinero y las comentamos. Al acabar el almuerzo damos gracias y rezamos de nuevo por los bienhechores”, cuentan.
En esas pausas de trabajo “leemos también el periódico que nos regalan, aunque con algunos días de retraso”. Es uno de los medios por los que están al día. También tienen televisión en la celda que ocupa sor Ángela, la religiosa impedida a la que miman como uno de los tesoros de la casa. Eligen los programas informativos para saber lo que ocurre afuera. “Rezamos por las víctimas de la violencia de género, pedimos por nuestro gobierno y por los del mundo; rezamos por la crisis de fe que origina la crisis de vocaciones en todos los países”, explican.
Sus preocupaciones se centran también en la gran casa que deben conservar: “La queremos mucho, pero cuesta tanto dinero mantenerla... Empezamos por arreglar el tejado, para otras obras tuvimos ayuda de la Dirección Xeral de Patrimonio, hace años. Ahora hicimos doce celdas nuevas y estamos endeudadas”, apuntan. “Además la portería está con pilares, esperando su arreglo, que depende de una ayuda ya confirmada. De todas formas, queda pendiente el arreglo de otra parte de la casa por no haber fondos para ello. Pero confiamos en Dios y en los bienhechores”, dicen.
Muestran con orgullo el pasillo al que dan las doce nuevas celdas, con cuarto de baño individual y calefacción, necesidades para los tiempos que corren y para las edades avanzadas que tienen. Su ilusión es que nuevas vocaciones vinieran a ocupar las celdas que están vacías. Sobre la almohada de una de las camas, un crucifijo. En esta zona, el suelo de granito o de madera cubierto con sintasol, da paso a otro de madera nueva, clara y barnizada.
Respetan vestigios del pasado, como una gran bala de granito y otra de hierro, disparadas desde cañones de los portugueses y de los franceses durante las guerras del siglo XVII y la invasión francesa de 1809, que obligó a la exclaustración de la comunidad de entonces. Una de las religiosas enseña las antiguas municiones, mientras dos perrillos, Tobi y Tide, rondan a su alrededor. En una de las estancias de la parte antigua guardan el gran facistol en el que apoyaban los libros de canto sus antecesoras siglos atrás.
La vida y la muerte comparten el mismo lugar. En una de las huertas están los nichos preparados, junto al suelo donde sus predecesoras yacen bajo tierra.
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Las seis religiosas presentes quieren dar su testimonio, explicar cómo llegaron al monasterio. La madre Elena Rodríguez Pombo, que vive su segunda etapa de varios años como abadesa, relata: “Mi vocación nació en el seno de la familia, donde se rezaba el Rosario a diario. Aprendí mucho en Acción Católica”.
Al terminar el Bachillerato, su director espiritual la trajo al monasterio de Tui. “Me gustó, me sentí muy bien y doy gracias a Dios por haber acertado”.
María Dolores Jaso, o sor Ángela, que apenas puede darse a entender, tiene traductora que recuerda sus inicios, con las franciscanas misioneras (blanquitas) como alumna y ayudante en la educación de los parvulitos. Ingresó como clarisa a los 20 años. Siempre tuvo una salud delicada, hasta quedar en una silla de ruedas hace 14 años, a pesar de lo cual ha cumplido con sus oficios y cargas mientras le ha sido posible. Durante muchos años fue abadesa y organista de la comunidad, destacando por su alegría, educación y caridad “sin excluir a nadie”, precisan. Un ejemplo de su generosidad: regaló a una joven la máquina de escribir que ella utilizaba porque su mano estaba rota.
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Sor María del Rosario Álvarez Domínguez recuerda el día en que descubrió su vocación. “Fue un Jueves Santo de 1958, cuando tenía 17 años”. Estaba adorando al Santísimo en la parroquia de Ramiráns: “Me sentí muy feliz y me quedé sola en la iglesia. Supe que esa era mi vida”. Pesó más su vocación “para consagrarme al servicio de Dios y para pedir por los demás” que la expectativa de residir en Estados Unidos, con su padre. Eran 10 hermanos y tuvo que luchar para que su familia aceptase. “No me cambiaría por ninguno de mis hermano”, afirma. Sor Marina Vázquez explica que siempre le gustó la vida de piedad. “Me enamoré de Cristo, pero mi madre no me dejó venir hasta los 21 años. Desde ese momento estoy aquí, después de preferir esta vida a los amigos que tenía”.
Sor Concepción Varela tenía 16 años cuando quiso consagrarse a Dios. “Se lo venía diciendo a mi madre un año antes. Quería pedir por los pecadores. Creo que la vocación es un don muy grande”, asegura.
Salimos del monasterio de Tui con la sensación de haber tocado con las manos un mundo diferente, donde la realidad de la vida diaria tiene otro tono, suena a campanas, huele a incienso, a flores, a manzanas y a madera vieja y nueva. Y a mucha fraternidad y amor de Dios.
El cronista oficial de la Ciudad de Tui, Ernesto Iglesias Almeida, en su libro El monasterio de las Hermanas Clarisas de Tui, hace constar los datos que aporta el historiador Ávila y La Cueva sobre la fundación en 1508 de este convento con unas señoras devotas que vivieron en comunidad en una casa situada enfrente de la iglesia monasterial, para lo cual habían juntado sus propios bienes y posesiones. Los nombres de las diez primeras fundadoras son: María Suárez Sarmientos (vicaria de la comunidad), Ana de la Cruz, Leonor de Cristo, María Francisca, Inés Pérez, María González, Blanca de Cristo, Isabel Agustina, Ana de los Santos y María Vázquez, como también cita el historiador y responsable del Archivo Municipal Rafael Sánchez Bargiela, en su reciente artículo Cincocentos anos das ‘Encerradas’ tudenses.
Después de unos años el grupo de religiosas tomó la regla de San Francisco de Asís, para cuyo fin obtuvieron del papa León X, el 13 de noviembre de 1515, una bula por la que se les concede seguir en la Orden Tercera de Penitencia Claustral del mismo santo, sujetándose a la obediencia y jurisdicción de los obispos de Tui.
Un documento trascendental es la donación de la iglesia de Santa María de Oliveira con los terrenos anejos, para la creación del nuevo monasterio, realizada por el obispo Miguel Muñoz, el 20 de agosto de 1540. Cuatro años después, el mismo obispo accede, en un documento, a que las monjas ocupen los terrenos para edificar la casa dormitorio y refectorio. Hasta el año 1605 no se realizó la primera obra de envergadura de lo que sería la base del actual monasterio que, junto a su comunidad, sufrió las guerras con Portugal y la invasión francesa.