La Opinión a Coruña

Volver a la Página Principal

Heroínas del silencio

Texto: J. A. Otero Ricart
Fotos: Familia Touza / J.Regal

“¿Que a cuántos judíos salvaron mi abuela y mis tías? Es difícil saberlo —explica Julio Touza— porque el éxito de aquellas operaciones se basaba precisamente en que nadie lo supiese. Algunos dicen que a más de cincuenta, pero no lo sabemos con certeza”
Lola Touza con sus padres y su hijo Julio.

Hay que tener en cuenta que los judíos llegaban a Ribadavia de uno en uno o en pequeños grupos, de tres o cuatro personas… Tal vez ahora, al conocerse el caso en todo el mundo, puedan salir a la luz nuevos datos e incluso testimonios de algún superviviente o de sus familiares”.
Las hermanas Lola, Amparo y Julia Touza Domínguez recibieron el pasado 7 de septiembre en su Ribadavia natal un emotivo homenaje póstumo en reconocimiento a su labor de ayuda desinteresada a judíos perseguidos por el nazismo durante la II Guerra Mundial. Las tres, con la colaboración de dos taxistas —José Rocha y Javier Míguez— y de un intérprete —Ricardo Pérez Parada— se encargaban de ocultar a los judíos y de llevarlos hasta la frontera con Portugal, país desde el que embarcaban más tarde hacia América o hacia el norte de África. Esta red clandestina de apoyo a los judíos debió funcionar entre los años 1943 y 1945.
Tras el homenaje, organizado por la Red Sefardí de España, el Centro de Estudios Medievales de Ribadavia acordó solicitar a Israel la declaración de Justas entre las Naciones para las hermanas Touza. Se trata del máximo reconocimiento oficial del Estado israelí a personas que ayudaron a los judíos durante el Holocausto.
Fueron dos judíos alemanes residentes en Nueva York, que querían hacer llegar su agradecimiento a las mujeres gallegas que les habían ayudado, los que desvelaron la actividad clandestina de las tres hermanas de Ribadavia. El asunto llegó a oídos del librero monfortino Antón Patiño, que se interesó por la historia y se reunió con ellas; poco antes de su muerte, en el año 2005, Patiño dio a conocer los hechos en su libro Memoria de ferro. “Antón Patiño conocía todos los detalles desde muchos años antes, desde que yo era un crío —apunta Julio Touza—, pero quiso mantener el silencio para evitar posibles represalias, y sólo al final de su vida dio a conocer aquellos hechos”.
Amparo Touza colaboraba con sus hermanas en las tareas de ayuda a los perseguidos.

Los hermanos Guillermo, Julio e Inés Touza guardan entrañables recuerdos de su abuela Lola y de sus tías Julia y Amparo, a las que de críos ayudaban en la cantina que tenían en la estación de ferrocarril de Ribadavia, donde vendían melindres y refrescos. “Recuerdo que siendo niño y también ya mocito les echaba una mano vendiendo refrescos cuando paraba el tren”, nos comenta Julio, hoy un prestigioso arquitecto en Madrid. También recuerda la casa donde vivían y por la que pasaron cientos y cientos de personas: un peculiar Casino en el que se jugaba a las cartas y había un salón de baile, pero también un local en el que se ayudaba a la gente que se veía obligada a emigrar. “Sí, por allí pasaba todo el mundo. Era un lugar de juego y de encuentro por el que pasó toda Ribadavia. En los años duros de la posguerra, mi abuela y mis tías daban de comer y ofrecían ropa a gente que se veía obligada a emigrar en busca de trabajo”.
La tradición judía de Ribadavia no tuvo nada que ver con la labor de las hermanas Touza de ayuda a judíos perseguidos durante la II Guerra Mundial.
Julia y Amparo (sentadas), en la boda de su sobrino nieto Guillermo Touza.

Es tan sólo una casualidad. Así lo entiende José Luis Chao, presidente del Centro de Estudios Medievales de Ribadavia. “El motivo principal —apunta— se encuentra más bien en que la red clandestina funcionaba a través del ferrocarril y las hermanas Touza Domínguez regentaban la cantina de la estación; sin olvidar la cercanía de Ribadavia con Portugal”. La misma opinión sostiene Julio Touza, que sin embargo cree que “esa tradición histórica de Ribadavia ligada al judaísmo pudo haber pesado sin embargo a la hora de no rechazar a los judíos como unos apestados”, como sucedía en otros lugares.
En los años de la posguerra española eran frecuentes en Galicia los casos de contrabandistas que conseguían determinados artículos en Portugal, y Ribadavia no era una excepción. A Julio Touza le viene a la memoria aquel Café Sical de contrabando que algunos vecinos iban a guardar en un zulo que había en la cantina que regentaban su abuela y sus tías.
La cantina de la estación de ferrocarril de Ribadavia que regentaban las hermanas Touza.

La red clandestina

La red de ayuda a los judíos en España, como señala el propio Julio, se iniciaba en Gerona, en la frontera con Francia, y en un primer tramo llegaba hasta Medina del Campo. Desde allí continuaba hasta Monforte y Ribadavia, a donde solían llegar los judíos perseguidos al anochecer. En una fase final, los huidos eran llevados hasta la frontera portuguesa, y desde el país vecino embarcaban luego rumbo a América, o a puertos del norte de África. “El Cantábrico era más peligroso porque estaba muy controlado por los alemanes”, añade Julio Touza.
En esa labor clandestina de ayuda a los judíos, las hermanas Touza contaban con la colaboración de dos taxistas, su pariente Xosé Rocha Freijedo, y Javier Míguez, conocido como el Calavera; y también con Ricardo Pérez Parada, un tonelero que había estado como emigrante en Estados Unidos y que hacía las veces de intérprete.
En los años cincuenta Lola, Amparo y Julia dejaron la actividad del casino y se dedicaron sólo a atender la cantina de la estación. “Tras el cierre del casino, ellas dormían en la antigua timba, un salón enorme, y recuerdo cómo en ocasiones se callaban de pronto cuando nosotros, sus nietos, estábamos escuchando hablar de ciertos asuntos”, apunta Julio
De la vieja casa guarda “recuerdos muy frescos” su hermano mayor Guillermo Touza, docente en Vigo, donde entrena al Valery Karpin de voleibol. “En la primera planta —señala— había una lareira muy grande, una sala comedor, otra que llamábamos la timba y el salón —enorme— que mi hermano y yo utilizábamos cuando ya no existía el Casino para jugar al fútbol con los amigos”. La lareira de la casa era un lugar de tertulia, sobre todo de mujeres, “y un lugar de acogida en invierno, porque allí se estaba caliente; recuerdo que muchos vecinos venían a dejar allí los chorizos para que se curasen”, añade Guillermo.
Imagen actual del lugar que ocupaba el quiosco.

De la personalidad de su abuela, Julio destaca que “siempre fue muy arriesgada. Más de una vez la acompañé por el puente de hierro, saltando entre las traviesas, con el peligro de caer al vacío unos 30 metros, porque era el camino más corto entre la casa y la cantina”. Lola era la mayor de las tres hermanas —en realidad fueron siete los hermanos— y también la que tenía más carácter, como apunta Guillermo: “Murió en 1966, de un ataque al corazón, con las botas puestas, trabajando en la cantina”.
Ninguna de las tres hermanas se casó. Lola tuvo un hijo de soltera al que dio sus apellidos: Julio Touza Domínguez, el padre de Guillermo, Julio e Inés, fallecido hace cinco años y enterrado en Ribadavia en el mismo panteón que su madre y sus tías. “A ellas les decían las madres, porque criaron a mi padre entre las tres; eran conocidas así por todo el mundo”, nos comenta Julio.
También sus nietos se criaron en su casa. Y ahora, hilando cabos, encuentran sentido a algunas conversaciones que entonces no entendían, como las alusiones a Antón Patiño y unos judíos que escuchó Julio en cierta ocasión, o aquel magnetófono que vio por primera vez en su vida Guillermo y en el que posiblemente estaban escuchando algún mensaje. Ahora se explica también Guillermo el sentido de “aquella cama que descubrí un día en el faiado de la casa, siempre oscuro, escondida entre las enormes vigas”. A partir de los años 60 fueron conociendo que en la casa se habían refugiado varias personas después de la Guerra Civil, entre ellas un cuñado que estuvo cuatro años escondido.
Familiares de las hermanas Touza.

También ellas habían sido encarceladas durante la contienda civil por socorrer a presos. La casa de las hermanas Touza estaba separada tan sólo unos metros de las ventanas de las celdas del propio Ayuntamiento de la villa, donde encerraban en un primer momento a los detenidos. Lola, Amparo y Julia ayudaban también desde la cantina de la estación que regentaban “tanto a los presos que eran transportados en convoyes hacía las cárceles de Vigo como a los soldados (muchos casi niños) que se apretaban en vagones de madera camino del frente”, refiere Julio Touza. “En su casa —continúa— fueron acogidos siempre cuantos sufrían necesidad”.
“El 7 de septiembre —relata Guillermo Touza—, durante el homenaje se me acercó una persona, hijo de un ferroviario, y me contó que mi abuela le llevaba comida a su padre cuando estaba en la cárcel en los años cuarenta. Fue algo que me emocionó”.
La relación de las hermanas Touza con los ferroviarios de la zona venía de antiguo, desde que en los años 30 se pusieron al frente de la cantina de la estación. “Abrían muy temprano, sobre las 7 o 07.30 de la mañana —recuerda su nieto Guillermo—. Hay que tener en cuenta que los trenes a vapor paraban en Ribadavia entre 15 y 20 minutos para cargar agua y la gente se bajaba del tren para tomarse un vino, un refresco o un licor café”.
El lugar de la vieja cantina lo ocupa ahora una jardinera. Tal vez sea un buen sitio para perpetuar la memoria de las hermanas Touza.

Un árbol las recuerda en Israel

Hace tres meses, el Centro Peres por la Paz plantó en las colinas de Jerusalén un árbol con el nombre de Lola Touza que recuerda la gesta de las tres hermanas. Sus nietos, que recibieron un diploma acreditativo, esperan ahora que el Gobierno israelí las nombre Justas entre las Naciones, el máximo reconocimiento oficial para aquellas personas que ayudaron a los judíos durante el Holocausto.
El título de Justos entre las Naciones, como nos explica Julio Touza, debe cumplir tres requisitos, y los tres se dan en el caso de su abuela Lola y de sus tías Amparo y Julia: 1) Que hayan salvado a un judío; 2) que lo hayan salvado arriesgando sus vidas; 3) que lo hayan salvado sin ánimo de lucro.
“El árbol plantado en las colinas de Jerusalén
—nos dice Julio Touza— significa que la vida continúa, y viene a ser algo así como una beatificación. Entrar en el Libro de Justo entre las Naciones sería ya una canonización”. La petición formal al Gobierno israelí para la inclusión en ese libro de las heroínas gallegas la llevará a cabo el Centro de Estudios Medievales de Ribadavia.
La familia de las hermanas Touza ha recibido felicitaciones en nombre del presidente de Israel y de altas instancias del mundo judío, entre otras Efi Stenzler, presidente del Directorio Mundial Karen Kayemeth L’eisrael; Ron Pundak, director General del The Peres Center for Peace en Israel, e Isaac Siboni, Presidente de la Asamblea Universal Sefardí. Para José Luis Chao, presidente del Centro de Estudios Medievales, el homenaje del 7 de septiembre “superó todas las previsiones y la noticia dio la vuelta al mundo. Para nosotros es un caso emblemático, porque en esta época en que hay tan poca solidaridad la hermanas Touza son todo un ejemplo de cómo gente humilde arriesgó su vida para ayudar a otras personas de forma desinteresada”.

Más Imagenes