Texto: Salvador Rodríguez
Los tiempos cambian y ellos también, pero no están dispuestos a desaparecer ni se sienten un reducto del pasado. Alrededor de 140 de los títulos concedidos por la monarquía española son de origen gallego
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| De izquierda a derecha, Felipe Bárcena, Javier Albo y Javier Wegmüller. / La Opinión |
Hace poco más de un año se constituía el denominado Cuerpo de la Nobleza del Antiguo Reino de Galicia, una corporación de la que muy pocos tenían noticia hasta que hace dos semanas los medios de comunicación se hicieron eco del ingreso en ella de diecisiete personas que en su identificación lucen, además de sus nombres y apellidos, los títulos aristocráticos correspondientes. No pudo acudir al acto el que estaba previsto que fuese una de sus principales estrellas, Ignacio Medina y Fernández de Córdoba, conde de Ribadavia y duque de Segorbe, por culpa de un mal enlace del vuelo que le iba a trasladar a Santiago, pero allí estuvieron, entre otros, Cesáreo Novoa Alcaraz (marqués de Patiño), Lorenzo Piñeyro y Fernández (marqués de Bendaña), José Antonio de Autrán y Arias-Salgado (marqués de Esteva de las Delicias), Cristóbal Emilio Deza Gordo (marqués de Vilagarcía), Marta Mahou López Pousada (marquesa de Villaverde de Limia), Rafael Pérez-Blanco Pernas (marqués de Mos), Javier Albo Quiroga (conde de Villar de Fuentes) o Felipe Bárcena y Varela de Limia (conde de Torre Cedeira). La ceremonia contó, además, con invitados especiales en representación de órdenes como las de Malta o la Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén, así como de corporaciones hermanas de la gallega, ahora la más reciente de España, posición en la que ha relevado a la asturiana.
En el citado acto hicieron también su ingreso personas pertenecientes a linajes gallegos como Ignacio Autrán y Arias-Salgado, Ignacio Pérez-Blanco y Pernas, José Sánchez de la Rocha y Táboas, Camilo Rodríguez Alonso, Iñigo de Autrán-Pérez Cayetano y Jesús Barral-Guérin Rouco.
–¿Pero ustedes creen que, a estas alturas, la sociedad gallega demanda la existencia de una nobleza propia?
–No se trata de que nos hagamos eco de una demanda urgente de la sociedad gallega —nos responde uno de los nuevos miembros, Felipe Bárcena, Conde de Torre Cedeira—. Galicia no necesita demandar la existencia de una nobleza porque ya la tiene; estamos ahí, siempre hemos estado ahí, porque para eso estamos reconocidos por el Departamento de Gracia del Ministerio de Justicia y porque además pagamos nuestros impuestos. Simplemente, es la primera vez que intentamos reunirnos en una corporación.
–¿Qué objetivo tiene entonces la constitución de este cuerpo?
–Tenemos varios, pero por encima de todos está el de perpetuar la memoria de las personas que han hecho algo de importancia por su patria. En ese sentido, no estamos caducados en absoluto. Además, no olvides que el Rey continúa otorgando nuevos títulos aunque ya estemos en el siglo XXI. Es, pues, la historia lo que nos une pero también la que nos responsabiliza y obliga. A partir de ahí, uno de nuestros fines es conocernos entre nosotros y darnos a conocer a través de proyectos, sobre todo de ámbito cultural.
En los archivos de la Asociación de Empresarios Gallegos en Madrid, figura una ficha de contacto con Javier Wegmüller y Redondo, donde leemos: “Nacido en Caracas (Venezuela), es hijo de suizo y de gallega, y su residencia habitual está a caballo entre Madrid y Lugo”. Wegmüller, conde de San Javier y Casa Laredo, es el presidente y principal impulsor de este Cuerpo de la Nobleza del Antiguo Reino de Galicia, en cuyo proyecto, asesorado por otras entidades del mismo estilo ya existentes en España y Europa, lleva trabajando, junto a otros varios fundadores, desde 2002. Es Javier Wegmüller quien nos aclara de qué estamos hablando: “Nuestra corporación —dice— quiere integrar a la totalidad de la nobleza gallega, resida en la entidad autónoma de Galicia, en el Reino de España, o en la diáspora gallega, así como a la nobleza no gallega que resida en una o varias generaciones en Galicia”.
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| Miembros del Cuerpo de la Nobleza de Galicia junto a varios invitados a la ceremonia de ingreso. / La Opinión |
TÍTULOS Y CARTAS
El Cuerpo de la Nobleza gallego cuenta en la actualidad con unos cuarenta miembros, pero potencialmente podrían llegar a ser en torno a veinte o veinticinco mil las personas que cumplan los requisitos para
formar parte de él. “En las cifras que nosotros manejamos —refiere Wegmüller— calculamos que hay unas veintincinco personas con título nobiliario gallego y residentes habitualmente en Galicia; a ellos hay que sumar unos ochenta y tantos que tienen fijada su residencia vacacional en territorio gallego. Por lo tanto, podemos decir que gente con título nobiliario que tengan que ver con Galicia podrían ser unos 140. A estos, habría que añadir también aquellas personas a quienes el rey les otorgó las denominadas Cartas de Hidalguía, las cuales les confieren también condición de nobles”.
–¿No resulta exagerado cifrar en 25.000 sus miembros potenciales?
–En absoluto. En Galicia hay mucha gente, más de lo que la gente se piensa, que se halla en posesión de la Carta de Hidalguía.
Las celebraciones de ingreso, como las oficiadas el pasado sábado 11 en la iglesia del monasterio de San Paio de Antealtares, “configuran en esta primera etapa nuestros actos más relevantes. Hemos decidido realizarlas periódicamente, unas dos veces al año, atendiendo a las solicitudes que recibimos y que cumplan los requisitos legales de ingreso, que deben pasar por varias instancias antes de ser aprobadas. Y, la verdad, este proceso está funcionando muy bien. De hecho, para el próximo 1 de marzo, día de nuestro patrón, San Rosendo, celebraremos otro ceremonial similar de ingreso de otros veinte o treinta nobles gallegos más”.
Profundos conocedores de los vericuetos históricos de la aristocracia española, tanto Felipe Bárcena como Javier Wegmüller se indignan, como es lógico, ante aquellos que opinan que en realidad la nobleza gallega propiamente dicha no existe desde la derrota de los irmandiños. “Esa es una interpretación que felizmente cada vez está más en desuso —sostiene Bárcena—. Si acaso, cuando, efectivamente, la nobleza gallega se convirtió en cortesana fue con los Reyes Católicos, que nombraron un gobernador para Galicia que se ocupó de “poner orden”, entre las diferentes facciones enfrentadas entre sí, favoreciendo lógicamente a las más proclives a la Corona, pero eso ha venido ocurriendo con las sucesivas dinastías. Los gallegos, por si fuera poco, tenemos además el privilegio de poder presumir de ostentar el título nobiliario más antiguo de España, el del Condado de Trastámara (Tras Tamara: Tras —el río— Tambre), que data del siglo XIII”.
Varios historiadores defienden que el primer “Estado bárbaro de la Europa medieval” fue precisamente el Reino Suevo de Galicia, si bien es cierto que su territorio no se limitaba únicamente al de la comunidad autónoma gallega, sino que se extendía por todo el norte de Portugal (hasta el río Douro) y las actuales Asturias y León. Los defensores de la tesis que apunta a que hablar de nobleza gallega es prácticamente remontarse a los años anteriores a las guerras irmandiñas (1467-69) o, si acaso, a los de la limpieza efectuada por los Reyes Católicos a partir de 1474, destacan las figuras de Pedro Álvarez de Soutomaior y del Mariscal Pardo de Cela como últimos baluartes de la resistencia gallega frente al poder absoluto y centralizador de los Reyes Católicos. Con sus ejecuciones, cayeron también, simbólicamente o no, los sueños de un reino gallego independiente de la poderosa Castilla.
La nobleza gallega de hoy en día se declara apolítica y, por lo tanto, se niega a entrar en estas disquisiciones “porque no estamos aquí —tal y como afirma Javier Albo Quiroga, conde de Villar de Fuentes— para volver atrás sino para mirar hacia adelante”. Y la mejor prueba de ello es que no tienen reparo alguno en recurrir a las nuevas tecnologías: cuentan con una página web —noblezadegalicia.org— y un blog, y preparan una intranet de acceso a todos sus miembros.
Nobleza de Galicia manifiesta, no obstante, su total apoyo
al Rey “sin menoscabo de que —matiza Wegmüller— ésta no es una condición sin la cual no se pueda ingresar en el Cuerpo de la Nobleza. Entre nuestros miembros tenemos personas a las que unió una gran amistad con don Juan, el ya fallecido padre de don Juan Carlos. Y, aunque no se ha dado la tesitura, tampoco pondríamos ningún obstáculo a alguien que presentase un título, por ejemplo, carlista, puesto que la mayor parte de los títulos carlistas están reconocidos por nuestra casa real”.
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| Escudos nobiliarios sobre un sarcófago de la colegiata de A Coruña. / La Opinión |
LA IMAGEN
Desde el Cuerpo de Nobleza se es muy consciente de que una de las tareas en las que acaso deberán insistir más es en la de “limpiar” la imagen que entre la sociedad se tiene de la aristocracia, bien fuere por su pasado, o bien por el propio presente en la prensa del corazón. No son estos aristócratas, al menos de mo-mento, unos personajes habituales de las revistas de papel couché, mas tampoco manifiestan interés alguno en serlo: “Nuestro trabajo va por otro lado —nos cuenta el conde de Villar de Fuentes— Es más, lo que queremos que se sepa es que nosotros somos gente de lo más normal. Unos son empresarios, profesores universitarios, juristas, otros gestionan y cuidan de sus fincas, otros tienen sus negocios... A estas horas, por ejemplo, mi mujer está trabajando... Claro, somos muy diversos, habrá quien tenga más o menos dinero, quien se pueda permitir el lujo de levantarse a las 12 del mediodía y pasarse la tarde jugando al golf, pero de raros y especiales no tenemos absolutamente nada. Yo soy conde y estoy muy orgulloso de ello. Pero, por lo demás, soy un ciudadano como otro cualquiera”.
“Tampoco es que haya que limpiar nada —interviene el conde de Torrecedeira, que accedió a este título porque se lo concedieron a su bisabuelo por crear la Caja de Ahorros de Vigo—. La Historia ha sido como ha sido y, en cuanto al pasado, no veo yo que tengamos que limpiar imagen alguna. La nobleza cumplió con su papel lo mismo que el clero y el pueblo llano con el suyo. A la nobleza le tocaba el de guerrear, y no creas tú que le resultó fácil ni cómodo que mientras ellos estaban en el campo de batalla otros permanecían muy tranquilitos en sus casas”.
–En resumidas cuentas, ¿cuál es la imagen que quieren transmitir a la sociedad gallega?
–Pues ni más ni menos que la de una gente a la que, además de todo lo dicho, sólo le mueve un interés: Galicia. Porque Galicia es al fin y al cabo lo que nos mueve a todos nosotros, y es a su servicio, y al de la sociedad gallega, al que todos nos ponemos unánimemente.
Tasas y compra ventas
Es Felipe Bárcena y Varela de Limia quien, de entre nuestros entrevistados, primero se ofrece a desmentir esa “leyenda negra” que ha hecho creer a muchos que los nobles reciben cuantiosas cantidades de dinero procedentes de las arcas del Estado por el mero hecho de serlo. “Eso no sólo es absolutamente falso —nos dice— sino que que es más bien al revés”. “Como es lógico suponer
—explica el conde de Torre Cedeira— la mayoría de los nobles españoles de ahora mismo lo somos por transmisión hereditaria, pero para ello hay estipuladas unas tarifas, una especie de impuestos, de manera que heredar un título te puede costar entre 600 y 12.000 euros, dependiendo del grado de parentesco y de que el título sea o bien normalillo o bien de Grande de España”. “También es preciso señalar
—prosigue— que en 1832 se aprobaron las leyes desamortizadoras por las que se suprimieron las jurisdicciones señoriales y los vínculos del mayoral. No sólo es que hayan transcurrido ya casi 200 años, es que, además, resulta que las jurisdicciones eran todas regidas por nobles, sí, pero no todos los nobles tenían jurisdicciones”.
¿Y qué alegar acerca de otra leyenda que se refiere al tráfico de títulos, es decir, a su compra y a su venta? “Esa es una práctica que —quien interviene es Javier Wegmüller— en España muy difícilmente puede llegar a ocurrir, salvo que el que participe de este tráfico sea un ignorante”. “Los títulos —prosigue el presidente del Cuerpo de la Nobleza del Antiguo Reino de Galicia— no se pueden transferir entre individuos de distinta familia. Ahora bien, lo que sí puede darse es que un pariente, que no tiene preferencia en la sucesión, puede sucederlo porque a su titular o porque al tercero de mejor derecho no le interese por cualquier tipo de motivo la posesión de dicho título”.
La ley española penaliza la usurpación de títulos nobiliarios, aunque curiosamente cualquier ciudadano puede inscribir en su tarjeta de visita un título de su propia invención: corre el riesgo de que ese título exista (y en ese caso puede ser denunciado) pero si no es así, no tendrá ningún problema legal. “Lo que sí se produjo durante una época —aporta Bárcena— fue la compra de condecoraciones al Estado. Se trató de una práctica destinada a surtir las arcas de la nación, pero ya fue desechada”. “Y lo que es verdad —finaliza— es que todavía existe un mercado negro de tráfico de títulos, pero hay que saber y enterarse de que todos esos títulos son falsos, sea cual sea la documentación que se le presente al interesado”.
Leer: La condesa de Lemos y otros gallegos
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