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De Soutelo, al cielo |
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Texto: J. A. Otero Ricart
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Alexia con sus padres y sus hermanos Alfredo y Francisco, las abuelas y Manuel Cacheira junto al cruceiro que llevaron a Gerona.
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Pero si es la hija de Moncha…”. Javier Darriba apenas daba crédito a las palabras de su madre, que en la panadería familiar le aseguraba una y otra vez que la niña protagonista de aquel libro era hija de un matrimonio de allí mismo, de Soutelo de Montes. Javier se había traído de Pamplona el libro Alexia, escrito por la religiosa María Victoria Molins. “En 1986, mientras estaba haciendo el servicio militar en Pamplona —recuerda Javier— conocí el Opus Dei y alguien me dejó el libro con la historia de Alexia González-Barros, que me impactó, hasta el punto de traerlo a casa durante un permiso. Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que Alexia era la nieta del vecino de Soutelo que había costeado los gastos de la nueva iglesia y de la traída de agua, y también recordé que unos meses antes se había celebrado en el pueblo una misa pidiendo por la salud de la niña”.
Alexia falleció en Pamplona, rodeada del cariño de su familia, el 5 de diciembre de 1985. Tenía 14 años. Unos meses antes, el 4 de febrero, se le había diagnosticado un tumor maligno que la dejó paralítica en muy poco tiempo. Su entereza ante la enfermedad y su profunda vida de piedad hicieron que pronto se extendiese su fama de santidad. En la actualidad se encuentra en proceso de beatificación, impulsado por un religioso claretiano.
Toda la familia de Alexia tiene sus raíces en Soutelo de Montes (Forcarei), donde los González-Barros son tan conocidos como queridos. La que fuera casa familiar —conocida en la zona como “el chalé”— todavía se alza como referente de un pasado de prosperidad y modernidad. Se trata de un edificio tardomodernista construido en 1931 por Manuel González-Barros; tiene una llamativa cúpula y azulejos elaborados a mano por artesanos portugueses. Además de construir la nueva iglesia, Alfredo González-Barros, el abuelo de Alexia, fue todo un mecenas para el pueblo y, entre otras cosas, se encargó de financiar la construcción de la traída del agua. Los padres de Alexia, Francisco y Ramona, pasaron su juventud en el pueblo y después emigraron a Madrid. Eran primos hermanos “y tuvieron que pedir dispensa para poder casarse”, nos dice don Manuel Cacheda, párroco de Soutelo de Montes entre 1951 y 1964. Don Manuel guarda muy gratos recuerdos de la familia González-Barros, con la que le unió una gran amistad, hasta el punto de pasar algunos veranos con ellos en su casa de Gerona. También recuerda algunas estancias de la pequeña Alexia con sus padres en Soutelo.
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| A la izquierda, la pequeña Alexia con sus padres. A la derecha, Alexia con unos años más. | |
Fue don Manuel quien propuso al abuelo de Alexia la construcción de la nueva iglesia, inaugurada en 1964, “y en la que el padre de Alexia trabajó como aparejador”. A sus 85 años, Cacheda recuerda cómo se gestó la construcción de la iglesia, sufragada por el abuelo materno de Alexia, Alfredo González Barros: “La madre de don Alfredo era una señora muy buena, y como la iglesia que había antes estaba algo alejada del pueblo, deseaba que alguno de sus hijos hiciera una iglesia nueva. Yo le propuse a don Alfredo, que era contratista, buscar un solar para el templo, y después de poner de acuerdo a unos diez vecinos, él mismo me dio el dinero para comprar las fincas. Después encargamos un primer proyecto, que no nos convenció, y uno nuevo en Madrid, que fue el que realizamos. Don Alfredo no sólo pagó el solar, sino también las obras de la iglesia, en la que trabajó como aparejador su yerno Francisco, el padre de Alexia”. En la parte posterior de la iglesia se ha erigido un busto de agradecimiento a Alfredo González-Barros. Las obras de construcción de la nueva iglesia se prolongaron durante cuatro años y el templo “fue inaugurado el 22 de julio de 1964”, recuerda con precisión don Manuel Cacheda.
vacaciones en gerona
La relación del sacerdote con la familia González-Barros se hizo más intensa si cabe con el matrimonio formado por Francisco y Ramona, “con los que pasé cuatro o cinco veranos en su casa de Gerona, cerca de Palamós, con Alexia y otros de sus hijos. Otras veces eran ellos los que venían a Soutelo y en alguna ocasión estuvieron en mi casa. ¿Que si llegó a venir Alexia con ellos? Sí, sí, también pasó aquí algunas vacaciones con el resto de la familia”.
Don Manuel recuerda que a cuatro de los hijos del matrimonio los bautizó él en Soutelo, y además de pasar algunos veranos juntos en Gerona, acompañó también a los González-Barros en un viaje por Francia. De la convivencia con la familia, el sacerdote destaca su cordialidad y también su vida de piedad —“iban a misa y comulgaban todos los días”— y su alegría. “Era una familia íntegra, piadosa y abierta a los demás”, añade.
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| Sobre estas líneas, la iglesia de Soutelo de Montes costeada por el abuelo de Alexia. |
Del padre de Alexia destaca que era “un hombre muy listo. Paco hizo la carrera de aparejador y después fue constructor, con unos conocimientos enormes, hasta el punto de corregir cosas a los ingenieros... incluso patentó un sistema para deshacer las olas en los puertos”.
Clarisa Blanco, que se encarga de cuidar la iglesia de Soutelo y de atender al actual párroco de Soutelo, don José Pérez, nos muestra el busto de Alfredo González-Barros situado detrás del templo en agradecimiento a su labor en la parroquia y nos habla de la figura de este benefactor. Clarisa, viuda y sin hijos, conoció a los padres de Alexia, “sobre todo a Moncha; era mayor que yo y no coincidimos de pequeñas, pero sí después, cuando venían a veranear a Soutelo. Era una familia muy buena”.
El padre de Alexia, Francisco González-Barros Albardonedo, nació en Soutelo de Montes el 19 de octubre de 1924 y falleció el 30 de diciembre de 2001 a consecuencia de un proceso canceroso. Pasó su último verano en Galicia. Era un hombre de sólidas convicciones cristianas, que acompañó a su hija en su lecho de muerte y más tarde pidió la admisión en el Opus Dei. La madre, Ramona (Moncha) González —asimismo supernumeraria de la Obra— nació el 21 de septiembre de 1931, también en Soutelo, y falleció hace dos años, el 3 de febrero de 2006. Ambos fallecieron en Madrid, pero están enterrados en el pueblo que les vio nacer, como era su deseo. En palabras de Ninfa Watt, periodista y amiga de la familia, “Moncha era una mujer culta, sumamente amable y educada, cariñosa, decidida a que sus hijos conociesen mundo, aprendiesen idiomas y tomasen decisiones por sí mismos después de estar bien informados”.
El sentido religioso, la fe, y la aceptación serena de los acontecimientos formaban parte de los valores que vivía con naturalidad en su ambiente familiar.
El propio Francisco González-Barros dejó escrito en su testimonio sobre Alexia (recogido en www.alexiagb.org) que tanto a su esposa como a él les importaba “mucho su formación humana e intelectual, para que sin uniformidad y según el carácter de cada uno, pudieran ejercer la libertad personal y ejercitarla con plena responsabilidad. Ni con Alexia ni con sus hermanos los padres hemos tomado determinación alguna que pudiera afectarles sin que les fuese previamente razonada, con ello tratábamos de que fueran adquiriendo criterio. Así Alexia lo adquirió con cierta rapidez y sabía ponerlo de manifiesto cuando llegaba el momento de tomar alguna decisión sobre cualquier tema familiar.
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| El sacerdote Manuel Cacheda, anterior párroco de Soutelo y amigo de la familia, con fotos de los González-Barros. |
Y, junto con la formación humana, la visión sobrenatural porque, como señalaba el padre de Alexia, “tanto mi esposa como yo teníamos una meta muy clara: lograr un hogar luminoso y alegre, recogiendo una frase del fundador del Opus Dei, donde nuestros futuros hijos pudieran crecer felices para un fin muy determinado: alcanzar el cielo, entendiendo como felicidad vivir la paz y la alegría de un hogar cristiano a pesar de las dificultades, preocupaciones y problemas que la propia vida conlleva”.
Tanto Francisco como Moncha procuraron en todo momento que Alexia no fuese una niña mimada. Así lo relataba su padre: “A pesar de la diferencia de edad con sus hermanos —José Damián tenía 10 años, Francisco 14, Alfredo 15 y María José 16— y además por ser niña y la más pequeña, he de resaltar que procurábamos que no fuese una niña mimada. Lógicamente, fue muy querida, pero se le exigió mucho;por eso nunca fue una niña consentida. ‘Realmente me habéis breado’, decía con buen humor cuando era mayorcita”.
El primer libro sobre Alexia tras su fallecimiento lo escribió la religiosa teresiana María Victoria Molins. “Conocí a Alexia en el colegio Jesús Maestro, cuando tenía 5 o 6 años. Y ya entonces me había impresionado su vida de oración. Recuerdo que se acercaba con frecuencia a la capilla, a rezar ante el Sagrario. En una ocasión le pregunté: “¿Y qué le dices a Jesús?”. “Siempre le digo lo mismo —me respondió—: Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras”.
Su libro se centra en la enfermedad de Alexia y se basa “en las conversaciones que mantuve con su madre para que recordara todo lo que había vivido junto a ella. Mi intención era hacer un pequeño folleto para las niñas del colegio, pero al final acabó siendo un libro que tuvo mucho éxito”.
“¿Que qué destacaría de Alexia?... Su serenidad, su alegría. Sin duda aprendió esas virtudes de sus padres. A su madre la traté mucho más. Se había formado con las Teresianas y después fue supernumeraria del Opus Dei. Destacaba por su piedad y, por supuesto, esa fortaleza que tuvo para estar al lado de Alexia en su enfermedad, animándola cuando también ella sufría tremendamente... Nada que tenga que ver con la figura que refleja la película. Me ha sorprendido y me ha dolido la imagen que se da de ella. Moncha educó siempre a sus hijos para que actuasen con libertad, para que supiesen decidir por sí mismos”, añade Molins.
Y es que la película Camino, de Javier Fesser, desfigura no pocos aspectos de la vida de Alexia y de su entorno familiar.
Como señala Ninfa Watt, la película contiene “numerosas invenciones que deforman la realidad de la historia y le dan un carácter caricaturesco e insultante para la familia de Alexia González-Barros, que vivió en su momento una experiencia muy dolorosa ante la enfermedad y muerte de una hija, o una hermana, adolescente”.
Los hermanos de Alexia ya salieron al paso de esas inexactitudes en su momento y ahora prefieren mantenerse en el anonimato, como han hecho siempre. Porque, más allá de la ficción, la realidad es que durante estos últimos años la devoción a Alexia se ha extendido por todo el mundo, se han editado 9 biografías, traducidas a 11 idiomas, y se han recibido más de 100.000 cartas agradeciendo diversos favores.
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| La pequeña Alexia, un verano, en Soutelo. | Alexia con su abuela Rosalía en 1982. | Alexia, tras la primera operación, en 1985. |
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| Alexia, a la derecha, con Juan Pablo II. |
“Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras”
Alexia González-Barros y González nació en Madrid el 7 de marzo de 1971. Era la hija menor de siete hermanos —dos de ellos habían fallecido antes de que ella naciera—. Sus padres, Francisco y Moncha, la educaron desde pequeña en un clima de libertad, cariño y alegría. Fue una niña normal, a la que cuidaban con cariño sus cuatro hermanos mayores: tres chicos y una chica, María José, con la que estaba especialmente unida.
Estudió desde los cuatro años en el colegio Jesús Maestro, de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Hizo su Primera Comunión el 8 de mayo de 1979 en Roma, en la iglesia donde reposan los restos mortales de san Jose María Escrivá, fundador del Opus Dei, al que tenía una gran devoción. Al día siguiente de su Primera Comunión se acercó a Juan Pablo II durante una audiencia pública en el Vaticano y tuvo la alegría de que el Papa le hiciera la señal de la cruz y le diera un beso en la frente. Más adelante, durante un viaje familiar a Tierra Santa, vio cumplida una de sus grandes ilusiones: besar el lugar donde nació Jesús.
Su vida transcurrió como la de cualquier otra chica de su edad hasta el 4 de febrero de 1985, cuando dio un cambio inesperado: se le declaró un tumor maligno que la dejó paralítica en muy poco tiempo. Sufrió cuatro largas operaciones y una ininterrumpida cadena de dolorosos tratamientos que convirtieron los diez meses de su enfermedad, antes de su muerte, en un calvario, que se supo afrontar con paz y con alegría. Como se recoge en la página www.alexiagb.org, Alexia “aceptó plenamente su dolorosa enfermedad desde el primer momento, ofreciendo el intenso sufrimiento y las numerosas limitaciones físicas que padecía por la Iglesia, por el Papa y por los demás. Muy unida a la Cruz de Jesús, le decía con frecuencia en su oración: Jesús, yo quiero ponerme buena, quiero curarme; pero si Tú no quieres, yo quiero lo que Tú quieras”.
Falleció en en la Clínica Universitaria de Pamplona, rodeada del cariño de su familia, el 5 de diciembre de 1985. Sus últimas palabras fueron: más y sí. “Más” porque deseaba que siguieran hablándole de Dios. Con su “sí” reiteraba el deseo que había manifestado constantemente desde que era niña: “Jesús, que yo haga siempre lo que Tú quieras”.
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| Clarisa Blanco, ante el busto de Alfredo González-Barros situado en la nueva iglesia de Soutelo. |
Su fama de santidad se extendió muy pronto entre personas de todo tipo. La Causa de Beatificación de Alexia fue introducida en la diócesis de Madrid el 14 de abril de 1993 y fue clausurada solemnemente el 1 de junio de 1994. Uno de los grandes impulsores de su causa fue un religioso claretiano. Su causa fue abierta en Roma el 30 de junio. El 11 de noviembre de ese mismo año se otorgó el Decreto de validez por la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, ante la cual se presentó la Positio el día 8 de mayo del Año Jubilar 2000.
Un ángel llamado Hugo
Alexia tenía una gran devoción a los ángeles custodios; al suyo lo “bautizó” con el nombre de Hugo y acudía a él con frecuencia. La anécdota de la infancia la recoge en su libro María Victoria Molins:
“Un día, poco antes de hacer su Primera Comunión, le dijo a su madre:
–Yo quiero que mi ángel custodio tenga un nombre. Eso de llamarle custodio como todo el mundo no me gusta.
–Me parece bien. Y ¿cómo quieres llamarle?
–Hugo–, respondió sin titubear.
–¿Hugo? —se extrañó su madre— Es un nombre muy poco corriente. ¿Por qué Hugo?
–Porque es un nombre perfecto para un custodio”.
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| La antigua casa de los González-Barros en Soutelo de Montes, construida en 1931 y de estilo tardomodernista. |