La Opinión a Coruña

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Una gallega en el corazón herido de África

Texto: Salvador Rodríguez
Fotos: C. Varela / Efe

Cuando Candelas Varela decidió ejercer de enfermera en el Congo sabía que tendría que enfrentarse a situaciones difíciles como vivir en el centro de la miseria pero no podía sospechar que, de los once años que lleva allí, siete los pasaría en guerra
Candelas Varela, con una de sus alumnas de la escuela de enfermería.

Cómo es un día normal para usted? –La verdad es que no hago nada especial: trabajo, trabajo, trabajo... Por supuesto, rezo, y en mi escaso tiempo libre, una vez por semana o por mes me voy de excursión. También escucho algo de música, veo cine por televisión, procuro no perderme ni un partido de Rafa Nadal si lo emiten, intento aprender baile congoleño, voy a una fiesta... Aquí no existe eso de salir a la calle para dar una vuelta, ver escaparates, tomar un café... Son cosas que al principio echas de menos pero a las que te acostumbras con el paso del tiempo.
Cuando Candelas Varela decidió que su futuro sería ejercer su profesión de enfermera en la República Democrática del Congo sabía que tendría que afrontar situaciones difíciles, vivir de cerca la miseria, la falta de medios básicos y elementales para curar, tal vez la impotencia para ayudar a sus semejantes, pero lo que no podía seguramente sospechar es que, de los once años que lleva allí, siete de ellos los ha vivido en un país en guerra: “Soñaba con ir a África para aportar mi granito de arena para el desarrollo —cuenta—, poder conocer otras costumbres, otra cultura, otro medio diferente al mío, donde me necesitaran más y donde me sintiera más necesaria. Me propusieron el Congo y aquí vine, y no me arrepiento. En realidad son once años ya, pero han pasado como si fueran uno o dos y, a pesar de la guerra que parece interminable, volvería tomar la misma decisión”.
–La República Democrática del Congo es el país donde las cifras de niños soldado son más altas. ¿Conoce algún caso?
–Personalmente, no, pero sí a gente que lo vive de cerca. Les llaman kadogos. La cosa es simple: los soldados entran en las casas y se llevan a los niños a los makis, donde les dan drogas y alcohol y les enseñan a matar. Las madres lloran durante un tiempo pero luego, claro, no les queda más remedio que secarse las lágrimas porque hay que seguir viviendo.
Esta viguesa, directora de la Escuela de Enfermería del Hospital Monkole, nos habla desde Kinshasa, capital del país, una zona que aunque está geográficamente alejada del centro del área del conflicto, también sufre las consecuencias de la situación bélica: “Se nota en todos los órdenes porque esta guerra, aunque con períodos de calma, se ha convertido en una prioridad para el Gobierno, de forma que éste prefiere ocuparse por encima de todo de la defensa de su territorio en lugar de invertir en la mejora de las condiciones de vida de la población. A Kinshasa llegan constantemente gentes desplazadas procedentes del Este del país y eso ha hecho que esta ciudad, que ya de por sí era bastante caótica, crezca en total anarquía: se construye en zonas de erosión y, por lo tanto, susceptibles de derrumbarse a las primeras lluvias, y se levantan barriadas enteras carentes de toda condición sanitaria, de luz, de agua corriente... Las personas que llegan, al principio suelen alojarse en casas de familiares que ya residían aquí y que, si ya vivían en precarias condiciones económicas, imagínate ahora... No hay trabajo y, claro, no hay dinero para nada”
Pero ¿qué pasa en el Congo? Para responder a esta pregunta hay que partir de una premisa que a muchos incluso les costará creer y que nos proporciona el periodista José García Botía, miembro del Comité de Solidaridad con África Negra-Humoya: “El Congo es uno de los países más ricos del planeta en recursos naturales, especialmente mineros. Oro diamantes, cobre, cobalto, uranio... a los que hay que unir los que podríamos denominar minerales raros y estratégicos; el caso más conocido es el del coltán, necesario para la fabricación de teléfonos móviles, portátiles o naves espaciales”.
Policías enfermeros se manifiestan junto a Candelas Varela (en el centro) para pedir la paz en el Congo.

El coltán posee tantalio y su principal zona de extracción en todo el mundo es precisamente el este de la República Democrática del Congo. Este territorio se ha convertido en zona de guerra por el conflicto de intereses entre potencias extranjeras: la decisión del actual presidente, Joseph Kabila, de llegar a un acuerdo comercial con China provocó una fuerte presión de los países occidentales ante las que el presidente no está dispuesto a ceder. A este “caldo de cultivo” se deben añadir como condimento las inestables relaciones, en parte de raíz tribal, entre la república congoleña y la nación con la que limita al este: Rwanda. Y no resulta casual que sea en Rwanda donde mantienen su base central de operaciones las tropas del opositor Laurent Nkunda.
Candelas Varela denuncia que, desde el interior del Congo, “ya nadie se fía de lo que dicen la prensa extranjera ni de la versión oficial”, y admite que “la desconfianza y desprestigio de la misión de la ONU crece cada día pues, como dicen los congoleños, y yo estoy de acuerdo, en lugar de defender a la población los cascos azules se dedican a proteger el saqueo de las riquezas del país. La MONUC está intentando cambiar de imagen, pero la población ya no se fía de ellos. Los congoleños están hartos de tanta manipulación y sólo quieren que los occidentales les dejen vivir en paz para poder reconstruir el país”.
Imagen reciente del conflicto: desplazados por la guerra contemplan el paso de un tanque.

–Este sentimiento, al parecer no muy favorable a los occidentales ¿les ha causado problemas a ustedes, los que trabajan en misiones humanitarias?
–Los voluntarios, los que trabajamos para ONG en general, somos respetados aunque, claro, esto que te contaba del MONUC no nos ha hecho mucho bien que digamos y nos hace que, por una parte, nosotros nos sintamos incómodos y, por otra, haya gente que te mire mal por la calle. Y en estos momentos la verdad es que nos están metiendo a todos, es decir, a los soldados de la ONU y a nosotros, en el mismo saco. Personalmente, yo hasta ahora no he tenido ningún problema serio, pero sé que tengo que ser prudente. Por eso eso procuro ir con el seguro cuando voy en coche conduciendo o con la ventana sólo medio abierta, porque a veces te dan algún susto, aunque sea sólo para llamar tu atención. De todas formas, el pueblo congoleño es muy tranquilo y se mezcla y se adapta fácilmente; saben vivir con muy poco o con nada, les gusta más bailar que trabajar, aunque son muy manitas y lanzados. De la nada, siempre sacan algo; es un pueblo que sabe acoger, ser alegre y sobrevivir donde otros han muerto. Quizás es por eso por lo que siguen ahí, porque muchas veces te preguntas cómo van a hacer para salir adelante, para continuar, pero ahí están, día a día intentando sobrevivir”.
La presencia china en el Congo, producto del acuerdo que antes mencionábamos, ya se deja sentir, y hasta esta gallega lo ha notado en sí misma: “Sí, a mí antes todo el mundo me llamaba mundele, que significa mujer blanca en la lengua local, pero últimamente me llaman chinois. En teoría, a cambio de que explotasen las minas durante un tiempo, los chinos se iban a encargar de construir hospitales, colegios, universidades, carreteras, talleres, institutos. Pero se ve que a Occidente, a Bélgica sobre todo, no le gustó la salida congoleña, y aquí estamos, con la guerra de nuevo a cuestas”.
Candelas Varela y otras enfermeras, rodeadas de niños.

La Escuela de Enfermería que Candelas Varela dirige no se ha librado tampoco, lógicamente, de las consecuencias de la guerra pero, por si fuera poco, la enfermera gallega se ha topado con una dificultad que no esperaba: “Cada vez contamos con menos chicas porque resulta que el trabajo de enfermera no está bien visto en el país, se considera como de segunda clase. Es toda una mentalidad a cambiar y no sólo en el Congo. Nuestra asociación, CECFOR, cree en el desarrollo a través de la formación, del intercambio de experiencias. Es un trabajo muy a largo plazo para el que es esencial tener paciencia. Pero, claro, cuando hay inestabilidad política es muy difícil poder trabajar”. Aún así, no faltan proyectos: “Entre los proyectos que estamos desarrollando —refiere— hay uno financiado por la cooperación española para la formación de 2.300 enfermeros en salud infantil, higiene hospitalaria y educación para la salud. También tenemos otro que sería financiado por la Unión Europea, e incluso contemplamos la construcción de un nuevo hospital, ya que el actual se nos ha quedado pequeñísimo, y si hay algo que verdaderamente hace falta aquí son hospitales”.
–Es que la situación sanitaria del Congo debe ser como para echarse a temblar.
–Pues sí, al punto de que prácticamente todos los hospitales de Kinshasa deberían cerrarse. No hay medicamentos, cada enfermo, antes de cualquier acto médico o de enfermería, tiene que pagar, ya vengas en urgencias o en ambulatorio; la Seguridad Social no existe... y, la higiene, para qué contar: no hay esterilizadores de material que funcionen correctamente, las infecciones son un proceso normal en las curaciones de heridas y en algunas instalaciones clínicas mejor ni entrar porque coges una diarrea o el tétanos... No sé si merece la pena que siga describiendo... Kinshasa y el Congo necesitan hospitales como el comer, pero hospitales que sean eso ¡hospitales! Porque por ahora los congoleños e incluso el personal sanitario se han olvidado de lo que significa esta palabra.