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El último refugio del hombre en estado puro |
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Texto: Santiago Romero
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El antropólogo coruñés Miguel Carid.
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El escritor Joseph Conrad inmortalizó en El corazón de las tinieblas la ascensión de un río que se adentra en el ignoto universo de la jungla como parábola de un viaje iniciático al mundo perdido de los sentidos. La herramienta literaria de Conrad, reutilizada por el cineasta Francis Ford Coppola en Apocalipsis now para explicar el horror de la guerra de Vietnam y por el escritor Mario Vargas Llosa en su próxima novela —aún sin título definitivo— para relatar el nunca contado genocidio del Congo en el siglo XIX, fue revivida como experiencia personal por el antropólogo coruñés Miguel Carid _—investigador del CNPO, el CSIC brasileño— para remontar la Amazonia río adentro y convivir durante un año con la etnia de los Yaminawa, a cuatro días de viaje por río del enclave civilizado más próximo, y dar testimonio científico de un mundo en riesgo de extinción.
La región en la que el investigador coruñés realizó su extraordinario trabajo de campo etnográfico —en la que confluyen varias cabeceras de ríos amazónicos— es la misma en la que recientemente fueron captadas imágenes aéreas de indígenas no contactados que dieron la vuelta al mundo.
“Lleva semanas llegar hasta esa región. Algunas de las familias de la aldea en la que viví como uno más acababan de ser contactados. En esa misma área fueron fotografiados desde un avión grupos no contactados que estaban pintados de negro, probablemente de yenipapo, una tintura natural. Es una zona muy apartada, de confluencia de ríos, que es adonde se han ido desplazando todos aquellos pueblos que no han querido, digamos, tener contacto con el hombre blanco. Es muy difícil hoy en día tener acceso a grupos de indígenas que no hayan tenido ningún contacto. Incluso aquellos que están escapando del hombre blanco, lo conocen. Llevan ahí siglos y son grandes observadores de la selva. Aunque nosotros no los veamos, ellos nos están viendo. Las relaciones en un primer contacto siempre oscilan entre dos puntos extremos: o el contacto es amistoso y se pasa a un intercambio de objetos y alimentos o el contacto es violento sin más diálogos. Los indígenas atacan porque se sienten amenazados o simplemente no quieren el contacto y una flecha es la manera de dejarlo claro. Algunos de los pueblos más salvajes, que aquí llaman indio bravo, sin contacto permanente con gente digamos civilizada, merodeaban por la región en la que yo trabajé. A veces se escuchaban ruidos en la aldea y se creía que podían ser ellos, había la idea de que estaban merodeando y daba un poco de temor no saber qué podría pasar si realmente hiciesen aparición”, cuenta Miguel Carid desde Curitiba, donde ocupa una plaza de profesor e investigador de Antropología Social en la Universidad Federal de Paraná, una de las más influyentes del mundo en esta esforzada disciplina académica.
“Yo podría decir que soy una persona diferente después de haber vivido esta experiencia con los indígenas, aunque algo de esa vivencia pueda resultar incómodo de contar en un contexto que nosotros llamamos civilizado”. El antropólogo coruñés deja caer esta advertencia en nuestra primera conversación, como precavido dique de contención ante la natural curiosidad del periodista por los detalles de una experiencia extrema a la que pocas personas se han enfrentado. Miguel teme una aproximación sensacionalista que deje de lado conclusiones fundamentales de su investigación etnográfica en el Amazonas.
“Nosotros, los llamados civilizados, medimos las relaciones con las personas a través de los objetos, que no tienen ese valor entre los indígenas. Para ellos lo importante son las relaciones entre las personas. Eso es algo que uno aprende en la práctica cuando se adentra tan lejos de la civilización y lo aprende en cierta medida hasta de una forma corporal, porque estás sometido a toda una serie de cambios de alimentación, de clima, de relaciones, de temporalidad. Todos esos cambios te predisponen a sentir lo que quizás tengas ya claro en tu cabeza, pero que sólo uno llega a entender a través del sentimiento. Cuando muestro las fotos de mi experiencia, las primeras observaciones que hacen las personas son: qué pobres son. Porque la observación siempre es económica. Sin embargo, cuando uno vive allí mucho tiempo, se da cuenta —de una manera sensitiva que la simple razón no es capaz de captar— de que la riqueza no pasa solamente por los bienes”.
El experimento amazónico de Miguel Carid fue apoyado por las universidades brasileña y peruana y por la Unión Europea, pero para llevarlo a cabo era preciso algo más que un acreditado conocimiento académico. Uno tiene que plantearse si está personalmente capacitado para afrontar esa experiencia al límite. Y ser perfectamente consciente de lo que arriesga.
“Hay gente que no lo soporta y abandona a mitad de camino —revela Miguel—. Por la dureza del trabajo o por las enfermedades. Hay bastantes etnólogos que cogieron hasta ocho malarias. Yo cogí sólo una. Pero hace poco hablaba con uno que me preguntaba si pensaba volver. Le dije que sí. Él me dijo que se lo estaba pensando, por motivos de salud. Normalmente, en este tipo de experiencias, incluso en las zonas más aisladas, suele haber un sistema de radio. Pero cuando estuve con los Yaminawa se estropeó y me pasé meses sin contacto. En el caso de que pasase algo, tendría que intentar llegar a algún campamento maderero lejano. En una etapa en la que me encontraba ya muy deteriorado por enfermedades de tipo intestinal, con diarreas que me habían hecho adelgazar mucho, empecé a sentir fiebre. Me bajaba de día y subía de noche. Hasta que pasó de 41 grados. Era malaria. Hubo un momento en el que me encontraba tan debilitado que sólo me concentraba en respirar. Afortunadamente, me quedaba un poco de un medicamento llamado Primaquina. Empecé a sudar y lo fui superando. Hay dos tipos de malaria: la Vivax —más leve— y la Falsiparum que puede provocar coma cerebral. Tuve la suerte de haber contraído la más benigna. Durante un trabajo de campo anterior, en la región amazónica de El Acre, me encontraba por la tarde jugando con un muchacho que a las 08.00 de la mañana estaba muerto. Varias personas enfermaron y se provocó una situación de pánico, iban cayendo uno tras otro, con vómitos y diarreas. Al final, con bastante esfuerzo, conseguimos pedir ayuda a través de la radio, y un equipo médico se desplazó a la aldea. Esa epidemia mató a muchas personas”.
Dado que está casado, pregunto a Miguel Carid si los riesgos que afronta no debe discutirlos previamente con su esposa. “Mi mujer también es antropóloga. Laura compartió esta experiencia conmigo todo el tiempo”. Cabe pensar, entonces, que la presencia de Laura sea una responsabilidad más apremiante para Miguel. “Yo diría que es una responsabilidad mutua. Esto es lo que queremos hacer y somos conscientes de lo que implica”.
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Niños Yam inawa.
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La necesidad de procurarse alimento obligó a Miguel Carid a integrarse en una sociedad que caza para procurarse el sustento. “Es muy difícil cazar en la Amazonia, ya solamente acompañar el ritmo de caminar en un medio asfixiante es tremendo. A veces pasaba cerca de la aldea una manada de jabalíes y salían de pronto todos los hombres en una cacería improvisada. Alguna vez los he acompañado, pero solía acabar cuidado por un niño de 8 o 9 años, porque no era capaz de aguantar su ritmo. Donde yo estuve, en una confluencia de ríos amazónicos, es un área rica en caza, porque los animales se van desplazando también a esos lugares más aislados. Allí había de todo, desde tapires a monos aulladores, guacamayos, cocodrilos, jaguares y todo tipo de serpientes. A veces te los encontrabas en la misma aldea. Esos animales no respetan los espacios. En una ocasión, al tratar de atravesar un puente sobre un río hecho con dos troncos tendidos, me tropecé con una enorme serpiente enroscada. Agarré un palo largo y conseguí echarla al río. Pero cuando lo conté en la aldea, se rieron de mí. Al parecer, era inofensiva”.
Todo el mundo legendario de los indígenas amazónicos, lo que nosotros llamamos mitos, gira alrededor de los animales. Miguel Carid aprovechó su estancia con los Yaminawa para recoger una colección de narraciones tradicionales.
“Los animales comparten para ellos la noción de espíritu o alma. La relación con ese mundo espiritual está muy pautada en la posibilidad de que los animales pueden transformarse en personas. El jaguar y la boa son los dos animales que están dotados de un poder chamánico especial. La boa, más que la anaconda, porque tiene unos diseños más coloridos. La boa es usada por ejemplo en los rituales de iniciación, que suponen ingerir sustancias de la boa, y en los de agresión chamánica en los que digamos que uno de los aspectos fundamentales es expulsar el alma de otra persona, para lo que ponen una boa a cantar sobre restos de esa persona que se quiere agredir. Capturan y golpean a la boa y su sonido es interpretado como el canto del animal y eso tiene un efecto sobre el espíritu de la persona que se quiere agredir. Yo he asistido a algunos rituales, aunque no a los de agresión, porque es parte del mundo secreto. Sí asistí a curas chamánicas, en las que utilizan una bebida alucinógena llamada ayahuasca”.
Antes de emprender su extrema experiencia, Miguel había intercambiado impresiones con investigadores que ya habían pasado por ella. Algunos le confesaron abiertamente su intención de no repetirlo. Miguel reconoce que hubo momentos en los que estuvo cerca de tirar la toalla, pero está firmemente convencido de que repetirá la experiencia. “Ha habido momentos difíciles, yo pasé por episodios en los que hubo muertes, epidemias de cólera, son momentos en los que realmente te planteas que tu vida está en peligro. Pero claro, los lazos que se establecen en este trabajo son muy fuertes, uno es muy dependiente de los pueblos con los que trabaja, y viceversa. Eso genera una solidaridad muy fuerte , especialmente en esas situaciones límite. Nunca pensé realmente en abandonar aunque claro que hay muchas dificultades, se pasa hambre, los mosquitos son terribles, la malaria, el miedo; pero la experiencia, cuando te embebes de lo que está pasando a tu alrededor, acaba pesando más que el temor.
Confieso que en algún momento me pasó por la cabeza salir corriendo de la aldea, hubo gente que lo hizo. Pero la responsabilidad y el compromiso, ya llevaba varios meses allí, hizo que me controlase y me quedase y ayudara en aquello que yo sabía hacer.
Digamos que yo no doy aún mi experiencia con ellos por terminada, realmente la experiencia es tan fuerte que para mí siempre existe el reclamo de volver. Yo diría una cosa importante y es que yendo a esos lugares se aprende mucho. Tal vez el hombre occidental tiene una cierta prepotencia, tendemos a examinarlo todo a través del avance tecnológico.
Uno ve por ejemplo que los pueblos indígenas han sido sometidos a toda una serie de injusticias y crímenes históricos, esclavitud, expropiación de tierras, la injusticia en general de sociedades que se han aprovechado de su ventaja tecnológica; y sin embargo a pesar de todo eso se puede observar que son pueblos que han sabido construir y hacer perdurar su propio mundo conceptual y de prácticas. Eso es algo que impresiona.”
El antropólogo coruñés está lejos sin embargo de ver a estos pueblos con la idea preconcebida del buen salvaje. Estas etnias amazónicas que nosotros vemos como algo anclado en el tiempo tienen su propia y permanente evolución. “Son pueblos que aunque nosotros los veamos como estáticos en la historia, no lo son. Son pueblos que cuando ven que hay ventajas tecnológicas, quieren adoptarlas. Eso es muy legítimo, pero no hay que interpretar eso como algo que va contra su propia cultura, cuando muchas veces son decisiones propias que ellos escogen. La antropología hoy en día tiene una definición de cultura más dinámica que antes. Va mas allá de una idea rígida del indígena, que es una imagen que tiene Occidente. Ellos no la tienen sobre sí mismos”.
Algunos de los mayores peligros que arrostran los antropólogos que trabajan en la Amazonia no siempre proceden de la selva. La violencia de los que codician las tierras indígenas resulta más letal. Eduardo Viveiros de Castro, etnólogo brasileño con una gran reputación internacional —es profesor en Chicago y Manchester—, recibió el pasado diciembre amenazas de muerte firmadas sin ningún recato por un militar vinculado a movimientos de derecha ultranacionaolista por su apoyo a una reserva indígena en la zona de Raposa Serra do Sol. El siniestro mensaje le advierte literalmente de que “puede ser eliminado en cualquier momento, dentro o fuera del territorio nacional”.
“El proyecto de Serra do Sol ha dado la vuelta al mundo y se votará en breve. En el presente vivimos una lucha muy fuerte en Brasil por las tierras indígenas, que es parte fundamental de la supervivencia de esos pueblos. Hay intereses económicos y políticos que están presionado, pero hay un movimiento muy fuerte de apoyo en todo el mundo. En Brasil, los antropólogos siempre han estado muy comprometidos con esa lucha y los medios han contibuido a crear una conciencia sólida”. Ésa es quizás una de las razones fundamentales por las que Miguel pretende volver a vivir en la selva. “Estoy implicado en esos temas, como antropólogo y como persona”.
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