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Fulgor y muerte de Raimundo Ibáñez

Texto: Salvador Rodríguez
Antigua fábrica de Sargadelos. / La Opinión.

El primer empresario moderno que introdujo el capitalismo en Galicia fue un marqués culto que cayó asesinado por una oscura trama originada en envidias

Se sabía odiado por sus numerosos enemigos y él era perfectamente consciente de ello. Aún así, Antonio Raimundo Ibáñez no tenía, objetivamente, razones políticas para huir aquel 2 de febrero de 1809 cuando el batallón asturiano comandado por el general José Worster entró en Ribadeo tras que sus anteriores fuerzas de ocupación, las tropas francesas de Fournier, hubiesen desalojado la villa luguesa y emprendido la retirada hacia Mondoñedo. Miembro de la Junta de Ribadeo y, lo que es más importante, todavía suministrador de armamento y municiones para el ejército español, Ibáñez no ignoraba que, paradójicamente, la retirada de las tropas francesas, al fin y al cabo sus enemigas, también iba a significar su propio fin.
“Raimundo Ibáñez era un industrial, pero también un hombre culto, ilustrado —nos dice Isaac Díaz Pardo, fundador y artífice del Sargadelos moderno— . Y la Historia nos demuestra con no escasos ejemplos que a veces al hombre culto no se le perdona su cultura y, si encima, con su actividad empresarial toca los intereses de aquellos grandes señores de la comarca, como era el caso... pues date por sentenciado”.
“Aunque supuestamente lo mataron por afrancesado —opina José Luis Díaz, presidente de la asociación Amigos del Marqués de Sargadelos— fueron las envidias las que urdieron una trama contra él. El capitalismo que introdujo en la zona no gustaba a la nobleza y al clero, era un sistema económico nuevo que dio lugar a la burguesía y a la clase trabajadora. Fueron cambios demasiado fuertes que acabaron injustamente con su vida”.
Del comportamiento de Antonio Ibáñez durante la ocupación francesa se ha escrito de todo y especulado no poco. Cuando los soldados de Fournier entraron en Ribadeo y proclamaron rey a José Bonarte, la Junta de Ribadeo adoptó una actitud más bien sumisa, pero que muy bien puede interpretarse como una maniobra inteligente cuyo esencial objetivo era evitar muertes porque, en aquel momento, enfrentarse a los franceses significaba el suicidio seguro. Se trataría así pues más de una táctica que de un posicionamiento político “afrancesado”.
Claro que quienes lo ejecutaron no se pararon en estas puntillosas disquisiciones. Reconquistada Ribadeo, “las reacciones y represalias —escribe el historiador Antonio Prado Gómez— no tardan en manifestarse contra los supuestos colaboracionistas, y el más significado de estos afrancesados era Ibáñez, quien trata de huir cuando ya era demasiado tarde. En el mismo centro del pueblo es asaltado, golpeado y brutalmente asesinado por una turba en la que probablemente junto a sus paisanos más recalcitrantes figuraban también soldados de Worster”. La escena bien pudiera servir de motivo de inspiración de uno de los cuadros de los Desastres de la guerra, de Francisco de Goya, de quien se dice fue íntimo amigo y a la sazón autor del retrato más famoso del marqués.
Después de aquella ejemplar ejecución, la multitud saqueó el pazo de los Ibáñez y detuvo a su familia. Su esposa, Josefa López Acevedo, falleció a los pocos días, y cuentan que una de sus hijas se volvió loca. El cadáver del marqués permaneció varias horas, desnudo y destrozado, en el lugar del linchamiento, hasta que fue levantado por Marcos Fernández y Francisco Castro, “quienes lo entregaron a los frailes del convento de San Francisco, que lo enterrarían clandestinamente en la propia iglesia”.

Cenador y palomar del Pazo de Sargadelos en 1956. / La Opinión.

Diez años antes, Raimundo Ibáñez ya había tenido que enfrentarse a una revuelta popular contra su persona y sus posesiones cuando, el 30 de abril de 1798, más de cuatro mil personas asaltaron e incendiaron las instalaciones de la fábrica principal de Sargadelos y amenazaron su propia vida: “Los privilegios fiscales concedidos a Ibáñez —cuenta Antonio Prado Gómez— y la masiva tala de bosques que precisaba el mantenimiento de las fábricas serán los principales factores explicativos del levantamiento”. Ese año había corrido un rumor por la comarca según el cual la fábrica no iba a pagar los derechos de la leña, un rumor que fue explotado por los hacendados y los párrocos del lugar que, en opinión de Prado, estaban “poco interesados por el desarrollo industrial de la zona”. Joam Carmona García que, en Sargadelos en la historia de la siderurgia española (Universidad de Santiago de Compostela) se remonta a aquellos sucesos de abril de 1798, escribe, en una de las escasas biografías severamente críticas con respecto a la figura del marqués, que “es posible que, como alegaron siempre Ibáñez y sus representantes, los curas y los caciques locales azuzaran las revueltas, pero no debía ir descaminado un testigo en una de las causas consecuencia de ellas cuando, después de calificar de detestable el asalto, apostillaba que: igualmente fue un suceso bien extraño, si se mira bajo el aspecto de que unos 4.000 aldeanos, labradores, de un clima templado, suave y benigno como Galicia, gente sobria, pacífica, sufrida y laboriosa se unieran y congregaran en un viernes día de trabajo para dirigirse a la casa de Ibáñez. Sólo un interés propio, un interés seguro, un interés grande y un interés común pudo ser capaz de sacar, propiamente hablando, de sus casillas y de sus heredades aquella multitud de gente pacífica y aplicada”. Y es que, señala Carmona, “Ibáñez luchó por conseguir todos los privilegios señoriales posibles, y los llevó a efecto de forma coactiva, posiblemente excediéndose en alguno de ellos. Resulta pues difícil sostener la interpretación según la cual sus problemas en Sargadelos fueron los de un adalid en lucha contra el oscurantismo de un Antiguo Régimen representado por curas e hidalgos, cuando él era en la comarca el principal beneficiario de unos privilegios que poco tendrían que ver con el liberalismo. Situar a Ibáñez en su sitio implica afirmar su progresismo, pero también olvidar el hálito de combatiente liberal y antiseñorial del que le dotaron sus biógrafos. Los únicos resueltamente antiseñoriales en los conflictos de Sargadelos fueron probablemente los campesinos, que en varias ocasiones defendieron sus comunes y su libertad personal contra los privilegios de corte señorial otorgados por la monarquía absoluta”. “En este sentido —concluye Joam Carmona— el modelo de empresa de Ibáñez no era en su época en absoluto original. En España era heredero de la tradición de las fábricas militares que le precedieron. En un ámbito global, los hornos de Sargadelos se parecían mucho menos a los británicos que a los de Europa del este del Elba”.
Antonio Meijide Pardo incluye en Documentos para la historia de las Reales Fábricas de Sargadelos uno de los escritos del proceso judicial que siguió a la revuelta de abril de 1798 —concretamente el titulado Nueva exposición de Ibáñez al Capitán General de Galicia sobre los sucesos acaecidos en sus fábricas— del que, recogiendo palabras del propio Ibáñez, extraemos algunos de sus párrafos, hogaño de tan histórico interés: “El atentado no nace de motivos culpables por parte de la fábrica. Los edictos que se han publicado, a mi instancia, por el Oidor que entienda en la comisión para que dedujesen los pueblos sus agravios, justificará en todos tiempos mi conducta, denigrada por los sediciosos para disculpar sus conductas. No, Exmo. Señor. Las causas se eslabonan de otro principio y tienen diferente origen. Vienen de una irreconciliable envidia arraigada en los corazones de los curas y hacendados de la circunferencia, en despique de la oposición que hicieron al progreso de las fábricas, cuando SM se dignó expedirme la Real Célula del 5 de febrero de 1791 en el que se declaran apócrifas y falsas sus diligencias y al Cabildo de Mondoñedo como no parte legítima. Este es el verdadero motivo de atentado en que unos y otros son sospechosos (...) Tengo probado ante el Oidor , por más de 40 testigos, los principales actores de la conspiración. Con todo, necesito de la protección decidida de SM contra las intrigas de mis enemigos para que se castiguen con el rigor de las leyes a fin de poner en seguridad el establecimiento, expidiendo al efecto las órdenes necesarias a la Audiencia de Galicia”. Con la delación de algunos de los nombres contenidos en este escrito, tal vez Ibáñez hubiese firmado su propia sentencia de muerte, aunque ella no se consumase hasta la siguiente década, cuando ya no podía contar con los poderosos apoyos de la Corte de Carlos IV.

Retrato del malogrado marqués de Sargadelos atribuido a Goya. / La Opinión.

En favor del indudable patriotismo español de Raimundo Ibáñez rompe una lanza en el cuaderno 24 de Sargadelos, el intelectual gallego Xosé Filgueira Valverde: “La Guerra de la Independencia y la caída de Godoy, su mejor apoyo —escribe Valverde— sorprendieron a Ibáñez en el apogeo de su actividad, pero su actitud fue, sin duda, la de los patriotas: formó parte de la Junta de Gobierno de Ribadeo, regaló los caballos de su berlina al Ejército, equipó soldados por su cuenta, dio subsidios para apoyar el levantamiento, buscó trigo para las tropas nacionales y evitó cuidadosamente el trato con los franceses”. “Pero la guerra fue —prosigue— al mismo tiempo la revolución de España, y él era el odiado señor de Ribadeo y el símbolo de una nueva etapa histórica. Se le acusaba de intimidad con el valido, se decía que ocultaba en casa a la esposa; se criticaba que la Junta de Ribadeo no hubiese querido cumplir la orden de La Coruña de entregar a la venganza del populacho a Mr. Vaugard, Edecán del Emperador, preso en San Damián: se corría la voz de que las fábricas (que en plena actividad, producían municiones para el Ejército nacional) fundían las cadenas con que los invasores prendían a a los españoles....”.
“Era, naturalmente, toda una sarta de calumnias infundadas —nos corrobora Isaac Díaz Pardo—. Los grandes señores querían que la gente viese en él a un monstruo, al mismísimo diablo. Incluso llegaron a inventarse que tenía un cepo con el que cortaba de cuajo la cabeza a todos aquellos trabajadores suyos que no se portasen bien. Toda una tontería, pero el hecho fue que mucha gente creía en esos infundios, de ahí posiblemente el especial ensañamiento con él”.

Un empresario audaz, despierto y perseverante

Antonio Raimundo Ibáñez Gascón de Isaba Llano y Valdés había nacido el 17 de octubre de 1749 en el concejo asturiano de Santa Eulalia de Oscos, lindante con Galicia (de hecho, hasta el siglo XII este territorio perteneció a Galicia y aún hasta mucho después dependió eclesiásticamente del obispado de Mondoñedo).
Ejerciendo como administrador, Raimundo Ibáñez inició sus primeras actividades mercantiles en el año 1773, cuando viaja a Cádiz e importa vinos, aceite y aguardientes que distribuye en Asturias y otros puertos del Cantábrico. Sus primeros beneficios le permiten independizarse y, establecido ya definitivamente en Ribadeo —su pazo es sede hoy de la casa consistorial de la villa— decide ampliar sus actividades comerciales con la importación de materias primas y manufacturas.
La demanda de municiones y pertrechos de hierro por parte de la Armada movió al, en definición de Xosé Filgueira Valverde, “despierto, audaz y perseverante” Ibáñez a realizar en 1778 las primeras gestiones para instalar en Sargadelos (Cervo, Lugo), una fábrica de manufacturas de hierro (altos hornos) que surtiese a la población civil y al estamento militar. El 15 de febrero de 1791, y seguramente con el asesoramiento de su amigo Godoy, el rey Carlos IV aprueba mediante Real Célula la construcción de la Real Fábrica de Sargadelos, que en el año 1793 ya dedica exclusivamente su producción a la provisión de material militar.
Los polémicos sucesos de abril de 1798 no habrían de minar el ánimo emprendedor de este audaz empresario que aún tendría tiempo para abrir sendas factorías más en el propio Sargadelos: la fábrica de porcelana (1806) y la de vidrios y botellas (1807).