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El Sempre en Galiza de Ernesto Sábato |
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Texto: Salvador Rodríguez
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Saludo entre Ernesto Sábato y Díaz Pardo. / LOC |
La reciente publicación de un texto inédito de Sábato, titulado ‘Palabras para Galicia’, desvela su poco conocida relación con la intelectualidad gallega
Palabras para Galicia ha sido incluido dentro de uno de los volúmenes que constituyen la serie Miradas Alleas editada por la Xunta de Galicia, pero el que probablemente mejor conoce este texto —“lo he tenido todos estos años entre mis manos”, asegura— es el presidente del PEN Club gallego, Luis González Tosar, quien nos revela que se trata en origen de la conferencia que el literato latinoamericano pronunció en Santiago el 2 de mayo del año 2002 con motivo del recibimiento del Premio Rosalía de Castro, un galardón concedido por el propio PEN de Galicia.
Meses antes, Sábato había anunciado que visitaría España para recibir la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, institución que a aquellas alturas estaba dirigida por el actual ministro de Cultura, el también gallego César Antonio Molina, a la sazón gran amigo suyo. “En cuanto nos enteramos de que iba a venir a España, nos pusimos en marcha para tratar de conseguir que estuviese en Galicia —relata González Tosar—, puesto que nosotros sabíamos ya de su devoción por esta tierra y conocíamos de su trato en Buenos Aires con exiliados gallegos”.
El caso es que Sábato no sólo aceptó la invitación de Tosar —que, de paso, sería aprovechada por la Universidad compostelana para otorgarle su Medalla de Oro—, sino que “preparó con todo el cariño el texto de su intervención, al punto de que pedía consejos y se mostraba muy puntilloso con cada palabra, con cada expresión que iba a emplear”. Ernesto se percató en el mismo avión que lo traía desde Argentina de que, entre las ciudades que iba a visitar durante su estancia de dos meses en España, se encontraba Santiago de Compostela cuando su compañera, Elvira González Fraga, le abrió el mapa y le señaló el punto exacto: el centro de Galicia. En ese momento, y esto lo confiesa el propio Sábato, la emblemática ciudad despertó sus recuerdos: “Aquellos gallegos que conocí, siendo niño, en mi pueblo pampeano, gentes sencillas y respetuosas de sus tradiciones que se reunían para celebrar romerías al son de la gaita y los panderos. Gallegos que llegaron a la Argentina para engrandecerla, que trabajaron duro, que formaron nuevos hogares y que hoy sufren la misma angustia de todos los hombres y mujeres de mi patria; hundida en la miseria, arrasada por los explotadores y los corruptos”.
Con una evocación a su infancia se inicia precisamente este texto que incide en la historia, en la cultura, en el idioma de Galicia y repara con especial énfasis en el exilio y la emigración: “El exilio —escribe— es, sin duda, una de esas experiencias desgarradoras que a lo largo de su historia ha moldeado el espíritu de este pueblo. Cuánta tristeza, cuánta desolación perdura en quienes se vieron empujados, unas veces por el hambre, otras por persecuciones políticas, las injusticias y las guerras. Para tantos miles, ha tenido consecuencias devastadoras. Todo cielo cuando no es el nuestro ahonda el sentimiento de desamparo. Y se requiere de un coraje inusual, de una decisión heroica, para ir hallando, a ciegas y sin horizonte la revelación del propio destino”. Tal es su identificación con el sentir gallego que el escritor argentino no duda en insertar los “dolorosos” versos de nuestra poeta mayor, Rosalía de Castro:
Miña Terra, miña terra
Terra onde me eu criei
Terriña que quero tanto
Figueiriñas que plantei
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Sábato junto a un grupo de gaiteros en Santiago (mayo de 2002). / LOC |
Y es que no deja de resultar curioso, tal y como resalta Gregorio Ferreiro Fente, que la profunda crisis existencial que experimentó Ernesto Sábato durante los años inmediatamente posteriores a 1940 —y que le llevó al abandono de la investigación científica y de la docencia universitaria para dedicarse única y exclusivamente a la literatura— coincidiese en el tiempo con el periodo en el que un nutrido número de intelectuales republicanos gallegos llegaron y se asentaron en Buenos Aires, una parte de los cuales constituyó el Grupo del Café Tortoni, “denominado así —explica Ferreiro— por ser esa famosa cafetería de Buenos Aires donde tuvo lugar durante años la tertulia alrededor de la cual este grupo de exiliados se reunía diariamente después de la comida para, además de llorar derrotas pasadas y nostalgias presentes, proyectar la Galicia del futuro”. Formaban parte de esa tertulia los Luís Seoane, Lorenzo Varela, Rafael Dieste, Xosé Otero Espasandín, Arturo Cuadrado, Manuel Colmeiro y Antonio Baltar, a los que hay que añadir a los médicos Xosé Núñez Búa y Gumersindo Sánchez Guisando, entre otros.
De todas estas personalidades, se hace preciso destacar a Lorenzo Varela, que a la postre sería el hombre de contacto con Sábato: “Se desconoce cuándo y dónde, exactamente, Lorenzo Varela y Ernesto Sábato se conocieron personalmente —escribe Gregorio Ferreiro Fente—, aunque no resulta arriesgado afirmar que el encuentro entre el escritor argentino que andaba, por aquellas fechas (entre finales de 1943 y principios de 1944), a la búsqueda de un espacio en el universo literario argentino y el inquieto intelectual gallego tendría, tarde o temprano, que producirse”. Sábato publicó, efectivamente, un artículo titulado Las dos inmortalidades del surrealismo en el número 5 de Correo Literario con fecha del 15 de enero de 1944... Y Correo Literario era, ni más ni menos, una revista que editaban Varela y otros dos egregios gallegos más, Luís Seoane y Arturo Cuadrado, todos ellos procedentes de las tertulias del Café Tortoni, quienes estaban dando cancha a jóvenes autores argentinos, entre ellos, además de a Ernesto Sábato, a Julio Cortázar, otro escritor suramericano de estrechísimas vinculaciones con Galicia.
Culturalmente, todos aquellos contactos entre escritores gallegos y suramericanos resultan, a la luz de hoy, acaso una irrefutable prueba de lo que, aunque fuere inconscientemente, mucho ha tenido que ver la literatura gallega en el posterior boom suramericano de los años 70.
En este sentido, Víctor Freixanes se hace eco de una anécdota, contada por Eduardo Blanco Amor, en la que, admirados por el buen hacer del autor de A Esmorga, Sábato y sus amigos se extrañaban de que el narrador ourensano se “enredase” tanto con un idioma que sólo podía ser leído por muy pocas personas cuando, a su juicio, si optase por escribir en castellano, se convertiría no dudar en toda una figura de las letras hispánicas.
En aquel año 1944 los exiliados gallegos aún mantenían viva la esperanza de que, con la que semejaba inminente derrota de Hitler en la II Guerra Mundial, podrían muy pronto regresar a España, pero esos deseos no tardarían en truncarse: los aliados ganarían la guerra, sí, pero Franco continuaba en el poder. Este hecho movió a un serie de intelectuales y artistas argentinos a promover una carta dirigida a los asistentes a la Conferencia de San Francisco, celebrada en los meses de mayo y junio de 1945, en la que les solicitaban “el apoyo al restablecimiento de la soberanía democrática y popular de España”.
Entre los firmantes figuraba, por supuesto, un Ernesto Sábato que ya aparece como colaborador habitual en el nuevo y ambicioso proyecto editorial de Lorenzo Varela y Luís Seoane: la revista Cabalgata.
Lorenzo Varela y Ernesto Sábato mantendrían su amistad hasta la muerte del primero, acaecida el 25 de noviembre de 1978. Lorenzo había regresado a Galicia en marzo de 1976 —por cierto, portando una carta de recomendación firmada por su amigo Ernesto enviada al director de un periódico madrileño— y, desde aquí, mantuvo una interesantísima correspondencia con Sábato de la que se han seleccionado cinco cartas “impregnadas de amistad” para publicarlas en el citado volumen de Miradas Alleas al que nos estamos refiriendo. De una de ellas, extractamos las siguientes líneas, al cabo otro inédito de Sábato:
“Hermano:
Para mí la literatura ha sido menos importante que la vida; quiero decir que yo escribo para vivir, como forma de vivir (o de sobrevivir), no como adorno de la vida, como agregado, como actividad lúdica o parasitaria o divertida. Escribo porque si no me muero”.
Extractos de ‘Palabras para Galicia’
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Ernesto Sábato sostiene una pieza de Sargadelos. / LOC |
“El pueblo gallego posee una de las personalidades más fuertes y emblemáticas de la península Ibérica. La herencia misteriosa del paisaje, la gravedad de su belleza, parece provenir de otro mundo, quizá, irradiada de los vestigios de su pasado ancestral, conservado con una fidelidad tal que se impone como un enigma, pero del cual irradia una verdad que nos deslumbra. Poseídos por el enigma de esa terra meiga, encantada, se dice que la hondura que le es propia proviene de ese duende con que los andaluces se liberan al cantar de todo sentimiento”.
l “Aún hoy, cada vez que me encuentro con viejos gallegos, en su amor a la tierra, en su religiosidad, en su abnegación, me asombra su capacidad para sostener la alegría, aún en el sufrimiento. Como si en sus gestos se revelasen vestigios de un mandato inmemorial que dice: ‘Aquello que somos, basta para llenar nuestras vidas”.
l “Las amargas y tristes vicisitudes que rodearon su infancia pesarían para siempre sobre la existencia de Rosalía de Castro. Sin embargo, y por eso mismo, aquel ser sensibilísimo pudo conocer y comprender el sufrimiento de los pobres y desamparados, para llegar a convertirse en su más insigne defensora, a través de su propio y relegado idioma. Sin olvidar su origen, sin silenciar su lengua, con una expresión tan única, singular e individual, su poesía revela una verdad que trasciende la patria campesina para nombrar, así, las tristezas y esperanzas de todos los hombres y mujeres, por lejanos que estuviesen. Como sucede, en definitiva, con todo gran arte, que siempre nace del sufrimiento”.
l “A lo largo de mi vida, una y otra vez, he sido testigo de los numerosos traumas vividos por pueblos que han visto menguar su idioma original, obligados a renunciar a sus ritos y tradiciones. Incluso niños y niñas que sentían la necesidad de ocultar sus orígenes, en escuelas que hacían todo lo posible para que se olviden de su expresión milenaria. Situación más grave aún en estos tiempos de globalización, donde los genocidios culturales se multiplican a diario. El mundo está cayendo en una globalización que no tiende a unir culturas, sino a imponer sobre ellas el único patrón que les permita quedar dentro del sistema mundial”.
l “Acostumbrados a los movimientos migratorios y a los amargos sentimientos que éstos conllevan, haciendo lo imposible por conservar vigentes su lengua y sus tradiciones en medio de situaciones adversas, por todo eso, considero que el pueblo gallego es un ejemplo admirable de resistencia. Con estoicismo, con valor, ha sabido mantener ese sentido profundo de comunión que rescata la amarga sensación del destierro, manteniendo a veces en silencio, la significación de una vivencia personal de patria, pueblo, hogar, paisaje, cielo”.