La Opinión a Coruña

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El emblema del traidor está en Galicia

Texto: Salvador Rodríguez
Manuel González Pereira (primero por la izquierda entre los que están agachados) junto a sus compañeros españoles, buscadores de oro en Bolivia en la década de los 50.

La misteriosa insignia que el gallego Manuel González Pereira recibió de manos de un alemán —que podría ser un antiguo alto cargo del gobierno de la Alemania nazional socialista refugiado en América del Sur— sirvió de inspiración para la novela de Juan Gómez Jurado ‘El emblema del traidor’

Manuel González Pereira falleció hace poco más de dos años sin alcanzar a conocer el nombre de un alemán cuyo recuerdo perduró hasta su muerte y al que, paradójicamente, sólo vio en dos ocasiones: en la primera le salvó la vida y, en la segunda, accedió al préstamo de cien dólares a cambio de una extraña insignia de oro que hogaño conserva cual tesoro del capitán Flynt su hijo Juan Carlos, quien también anda empeñado en averiguar el verdadero origen de esa “misteriosa medalla” que ha servido al escritor Juan Gómez Jurado como motivo de inspiración de su última novela: El emblema del traidor.
Finalizada ya la II Guerra Mundial, en torno a los últimos años de la década de los 40 del siglo pasado, González Pereira, nacido en Celanova en 1926, cumplía el servicio militar a bordo de una de las patrulleras encargadas de la vigilancia del tráfico marítimo en el Estrecho de Gibraltar cuando, inmersa en un intenso oleaje, la tripulación divisó una especie de patera a la deriva en la que apenas era perceptible la presencia de unas siluetas que alguien identificó como seres humanos vivos. Desafiando el peligro de la marejada, Pereira convenció al capitán de que se acercase a la pequeña embarcación y merced a una arriesgadísima maniobra se consiguió hacer subir a bordo a los desesperados náufragos. Eran cuatro hombres altos, de tez muy clara, que hablaban en un idioma que uno de los marineros creyó entender como alemán. “Por señas y asustados —cuenta el propio Juan Gómez Jurado— pidieron al capitán que no les llevase a España, sino a algún puerto desde el que pudieran llegar a América. Finalmente, los cuatro individuos fueron desembarcados en el puerto de Ayamonte, muy cerca de la frontera con Portugal”.
Años después, Manuel González Pereira se había convertido en buscador de oro en las montañas de Bolivia, a donde había decidido emigrar en busca de fortuna y aventuras. El trabajo en la mina de González y el grupo de españoles con quienes compartía vivencias, causas y azares era duro pero tranquilo y, sobre todo, bastante productivo, aunque todavía no les proporcionase las ganancias suficientes como para hacerse millonarios. Todo iba razonablemente bien hasta que, en los primeros meses de 1952, la inminente subida al poder de Víctor Paz Estenssoro —para que nos entendamos, una especie de Hugo Chávez de la época— amenazaba los “privilegios” con los que hasta entonces se dejaba hacer a las compañías extranjeras en suelo boliviano. En los planes del gallego ya se pergeñaba una inmediata salida de Bolivia, pero lo que no podía imaginar es que, antes, iba a mantener un encuentro de lo más inesperado en una de las tabernas de Illimani en las que se reunían mineros, comerciantes y buscavidas. Gómez Jurado lo cuenta así: “Pereira, sentado en la barra, siente una mano en el hombro y se da la vuelta. Frente a él se encuentra un hombre alto y delgado, de pelo rubio y profundas arrugas en su rostro. Aunque no es mayor, se apoya con dificultad en un bastón con empuñadura de marfil, tal vez a causa de alguna herida:

El nazi Klaus Barbie y el gallego Gómez Pereira entre Vargas Llosa y García Márquez cuando era librero en Bogotá

–¿Qué quiere?— le pregunta Pereira.
–Tú no me recuerdas, pero yo a ti sí —dice el extraño en castellano vacilante—. Hace unos años me salvaste la vida, a mí y a mis amigos, en el Estrecho de Gibraltar. Quiero darte las gracias y al mismo tiempo pedirte otro favor. Necesito que me prestes cien dólares. Mañana te los devolveré. Como prenda, te dejaré esto.
Pereira, atónito, apenas acierta a tenderle al hombre los billetes y a tomar lo que se le ofrece como prenda.
–Cúidalo bien —le dice el extraño. Es mucho más valioso de que lo que te puedas imaginar.
Cuando Pereira reacciona, el otro ya ha desaparecido. Mira lo que tiene entre las manos: es un emblema de oro macizo con un diamante incrustado”.
Pereira y el alemán jamás volvieron a verse, y esa fue la historia que el hijo del ourensano, el vigués Juan Carlos González Febrero, le contó al escritor “por si le valía de idea para una de sus novelas”. Pero no. De hecho, Gómez Jurado casi se había olvidado de González Pereira y del emblema cuando, en procura de motivos de inspiración para su próxima novela, llegó a sus oídos una historia, que algunos derivan en leyenda no contrastada, según la cual, antes incluso de su ascenso al poder —dato que ya se puede confirmar en la lectura de Mein Kampf (1925)—, Adolf Hitler no sólo consideraba sus principales enemigos a judíos y comunistas, sino también a los masones. Porque, frente quienes han llegado a afirmar que el Führer fue o había sido masón, lo cierto es que los odiaba a tal punto que organizó una sanguinaria operación que culminó con más de ochenta mil masones asesinados o confinados en campos de concentración. Y eso, aclaremos, en un país, Alemania, en el que la masonería tenía la mayor implantación de toda Europa. Para realizar la operación, Hitler encomendó la tarea a uno de sus hombres de confianza, Reynhard Heydritch (segundo al mando de la SS) el cual, a su vez, utilizó como brazo ejecutor a un, en esa época, joven y prometedor valor austriaco del Partido Nazional Socialista llamado Adolf Eichmann que, hoy en día, es conocido no tanto por esta labor sino por haber sido el artífice de la denominada Solución Final, esto es, de la orden de exterminio total de la raza judía.
Eichmann consiguió, efectivamente, desmantelar toda la estructura de logias masónicas que en ese momento había en Alemania y, para ello, y aquí entran los acentos legendarios, se sirvió de uno de los masones de más alto rango que corrió con la ingrata misión de delatar a sus compañeros. Sería para ese traidor para quien, se especula, Hitler mandó tallar una insignia de tintes burlescos con la habitual simbología masónica en premio a los “servicios prestados” por el anónimo felón. Al conocer esta historia/leyenda, Gómez Jurado volvió a acordarse de la peripecia de González Pereira y, de paso, a preguntarse: ¿Sería el “emblema del traidor” la insignia con la que aquel alemán obsequió en Bolivia al gallego? Lejos de contestarse a sí mismo, el escritor contactó con su amigo Juan Carlos y, juntos o por separado, buscaron por todas partes expertos que pudiesen ofrecer algún tipo de explicación a las peculiares características de la insignia. Lo primero que descartaron fue que se tratase de una joya masónica puesto que, según varios especialistas, “los masones alemanes jamás utilizaban el oro para sus condecoraciones, sino otros materiales más baratos como el bronce o el cobre. Y del diamante, ni hablar”. Por otro lado, el emblema presenta unos rasgos muy singulares pues mientras el águila bicéfala y el triángulo invertido con el número 32 podrían asociarse efectivamente con la simbología masónica, la parte posterior ofrece un aspecto muy similar a las famosas cruces de hierro otorgadas por el ejército alemán a todos aquellos hombres que habían mostrado su valor en combate “más allá del deber”. Y otra rareza más: el yelmo del caballero no “ve” hacia adelante, sino hacia atrás, como si la cabeza de quien estuviese dentro diese la espalda a su interlocutor.

Hitler luce su Cruz de Hierro.

Otras posibilidades
¿Sería el traidor de los masones o alguien que le conocía el hombre al que Manuel González Pereira salvó la vida y de quien recibió la insignia? Por esa tesis semeja decantarse, sin querer sostenerlo como un hecho cierto ante la inexistencia de pruebas, Gómez Jurado, pero las fechas de los acontecimientos pueden apuntar a otras teorías tan verosímiles (o no) como esa. A ellas vamos.
Tras el fin de la contienda bélica entre el Eje y los aliados, el obispo austriaco Alois Hudal (hombre clave de los servicios secretos del Vaticano) y la condesa Marguerite d’Andurain (que había trabajado para Reinhard Heyndrich) lideraron la articulación de las fugas de una serie de altos cargos del III Reich desde Italia. El lujoso yate de la condesa, el Djeilan, cruzaba constantemente desde Gibraltar a la ciudad de Tánger; las huidas a través del denominado Pasillo Vaticano recibían, en su conjunto, el calificativo de operación Convento; y la organización, el de Odessa. Mediante esa vía consiguieron llegar a América los Franz Stangl (comandante del campo de concentración de Treblinka), Erich Priebke (alto cargo de la Gestapo en Italia), Reinhard Kops (responsable de la deportación de judíos de Albania) y, pásmense, también Adolf Eichmann.
La de Eichmann fue, sin lugar a dudas, la fuga más complicada, todo un reto dada la fama del sujeto, pero logró finiquitarse con éxito. El país de destino del ideólogo de la Solución Final fue la Argentina de Perón, donde residió hasta que en mayo de 1960 fue secuestrado por el Mossad y enviado ante un tribunal israelí que lo condenó a muerte en sentencia ejecutada el 1 de junio de 1962. A pesar de que la residencia fija de Eichmann entre 1950 y 1960 fue Argentina, existen pistas según las cuales, con un pasaporte falso a nombre de Roberto Spee, viajó “una o varias veces” a Bolivia.
Otra vez nos hacemos las preguntas de antes pero con otro protagonista: ¿Y si, en lugar de al traidor masón, Hitler hubiese decidido condecorar con la insignia que protagoniza este reportaje al propio Adolf Eichmann? ¿Y si el tal Eichmann fuese el del bastón de marfil o alguien próximo a él...? Las respuestas... en el viento.
Uno de los más altos dirigentes nazis cuya residencia en Bolivia está confirmada a todos los niveles fue Klaus Barbie, jefe de la Gestapo en Francia y conocido como El carnicero de Lyon. Se ha comprobado que, tras la derrota sufrida por el nazismo, Barbie fue “protegido” por los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos y que, en 1951, se instaló en La Paz (Bolivia) donde, a pesar de las buenas relaciones que tenía con el presidente Hugo Bánzer, tampoco semeja que le hubiera ido mal con el nacionalista Víctor Paz Estenssoro.
Después de ser descubierto como criminal de guerra nazi, muchos de quienes le trataron de cerca en Bolivia no disimularon su asombro: “Pues parecía buena persona”. No obstante, Klaus Barbie estuvo metido en casi todos los fregados políticos que se sucedieron durante su estancia boliviana al punto de que se le atribuye la operación que culminó con el apresamiento y asesinato de Ernesto Che Guevara.
¿Sería Klaus Barbie o alguien de su entorno quien ofreció a cambio de cien dólares el “emblema del traidor”? A ver quién se atreve a decir que no. Y a todo esto: ¿De qué traidor estamos hablando?
Desde que se empeñó en averiguar el verdadero origen de esta insigina, Juan Carlos González Febrero ha recibido unas cuantas ofertas “muy generosas” por la venta de la joya. Ha respondido negativamente a todas ellas y además sostiene que no cejará en el intento hasta cerciorarse de toda la verdad posible. Mientras tanto, a él debemos que El emblema del traidor esté en Galicia.
Después de haber recorrido América buscando, como dijimos, fortuna y aventuras, Manuel González Pereira se asentó como librero durante unos años en Bogotá (Colombia). Allí conoció personalmente a extraordinarios escritores como Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.
Que sepa su hijo, a éstos no les contó nada de lo de los alemanes, y lo que es seguro, segurísimo, es que nunca pasó por su cabeza que un periodista le hiciese protagonizar un reportaje de título El último misterio de los nazis.

 

Del 'emblema del traidor' a la cruz de hierro

Las dos fotos de la arriba corresponden a la parte trasera del denominado emblema del traidor. En la segunda de ellas, apreciamos que la cruz se abre como si fuese una cajita y muestra unas letras que responden a un código secreto. La fotos de abajo son sendos modelos de Cruz de Hierro. La segunda de ellas es la Cruz de Caballero con Hojas de Roble en Oro, Espadas y Brillantes, distinción que únicamente obtuvieron doce personas durante el periodo de vigencia de la Alemania del III Reich.