Texto: Santiago Romero
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Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado se enfrentan a los golpistas en el Congreso mientras el resto de los diputados, salvo Carrillo, se esconden tras los escaños. | Manuel Pérez Barriopedro |
La definitiva reconstrucción del laberinto de intrigas que condujeron al golpe que el 23 de febrero de 1981 amenazó con ahogar la incipiente democracia española
El coruñés Ángel Loureiro, catedrático en la Universidad de Princeton y uno de los grandes especialistas en la historia contemporánea española, decía recientemente en este periódico que sobre la Guerra Civil queda mucho que decir, pero “no se dirá hasta que pasen un par de generaciones”. El fallido golpe de estado del 23 de febrero de 1981 no es la Guerra Civil —aunque haya sido quizás su carpetazo final—, pero han sido necesarios casi 30 años para que podamos contemplar por fin una panorámica completa de su laberinto de conjuras en el libro Anatomía de un instante que el escritor Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina, acaba de publicar. Literatura e historia se unen en esta crónica integral del momento más oscuro —y en cierto sentido fundacional— de la democracia española, que Cercas, en palabras del historiador Santos Juliá, “rescata del mito, la mentira y la desmemoria”. Anatomía de un instante no condesciende con esa imagen idílica que ha transmutado la memoria del golpe en un ilusorio episodio ejemplar de la sociedad española para vender al mundo. Buena parte de la responsabilidad de ese trance histórico, según Cercas, va más allá de los militares golpistas e inunda todos los recovecos de la vida española, desde los partidos políticos a la propia Corona. Estás páginas son la última reconstrucción de un drama en el que la mayoría de los actores son gallegos.
El chico de los recados del Rey
“Joder, Majestad, creí que no ibas a pedírmelo nunca”. Esta es según Cercas la frase textual con que Adolfo Suárez recibe del Rey el encargo de pilotar la transición del franquismo a la democracia. Suárez nunca fue tomado en serio por la clase dirigente española por su pasado arribista propio de una película de Berlanga. Conocía como nadie las corruptelas y flaquezas del franquismo. El escritor Gregorio Morán las ha descrito con detalle: en 1965, para congeniar mejor con su jefe en RTVE, el áspero gallego Juan José Rosón a quien le caía mal, se mudó a vivir al mismo edificio. En 1969 fue nombrado director general de RTVE. Al filo de los 70, alquiló durante tres veranos consecutivos un chalé en Alicante colindante con el del influyente ministro de la Gobernación Camilo Alonso Vega. Acabó nombrado gobernador de Segovia. Dice Cercas que quien mejor le caló entonces fue Franco. Tras conocerlo en El Pardo en su etapa de director de la televisión, comentó a su médico: “Este hombre es de una ambición peligrosa. No tiene escrúpulos”. Cuando tocó al Rey decidir quién iba a ser el timonel de la Transición, había candidatos mucho más evidentes. Pero el monarca, aconsejado por Fernández Miranda, calculó que los dos caballos ganadores, Manuel Fraga y José María de Areilza, tenían una personalidad y proyectos políticos propios. “Un gobierno de Suárez, que carecía de todo proyecto, sería un gobierno del Rey”, señala Cercas. Adolfo Suárez sería ninguneado por la clase política de la incipiente democracia española como el chico de los recados del Rey.
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| El cerebro del golpe de Estado se refugió en su pazo coruñés |
“No es para contar, claro, pero cuando vino su majestad a Galicia por primera vez, quería decir algo en gallego y me pidió que se lo preparase. Yo no supe traducirlo y le pasé el encargo a Fraga, que tampoco se atrevió. Al final lo hizo Otero Novas”. Esta anécdota fue referida por Alfonso Armada al autor de este reportaje y al periodista Xosé Manuel Pereiro durante un encuentro con el cerebro del golpe en 1993, más de una década después del 23-F, en el pazo familiar de Santa Cruz de Rivadulla, en el municipio coruñés de Vedra, donde el militar se refugió tras el indulto que le permitió salir de prisión para dedicarse al cultivo de flores para la exportación.
Obviamente, costaba hacerle hablar de su participación en las conjuras del 23-F: “A nadie le gusta reconocer o comentar lo que le fastidia. Miren, yo nunca opinaré sobre lo que diga el Rey”. En los 90, realmente nadie quería volver a revolver un tema demasiado espinoso.
“Nunca imaginé que Alfonso fuese un traidor” fue la única frase suprimida en la biografía del Rey escrita por José Luis de Vilallonga. Es comprensible, porque Alfonso Armada Comyn, actual marqués de Santa Cruz de Rivadulla, es heredero de seis siglos al servicio de distintas coronas y fue jefe de estudios y secretario del Rey. Paradójicamente, tras la llegada de los socialistas al poder en 1982, Armada desde prisión, aconsejaba “tranquilidad” a su admirado amigo Manuel Fraga —“uno de los hombres más valioso del siglo XX”—. Y Fraga asumió el consejo, hasta el punto de convertirse en un presidente autonómico.
El primer antepasado conocido de Alfonso Armada, el señor de Llanera, llegó a Galicia hace seis siglos desterrado de Asturias. “Por ser fiel a su rey, Pedro I el Justiciero”, matiza el marqués. Su familia se vio envuelta en líos tempranamente: el pazo lo construyó el hijo de un noble partidario de la legitimidad de la Beltraneja, que acabó desmochado de la torre del edificio por orden de los Reyes Católicos.
“A que no imaginan cuántos plantones hay en esa columna. Exactamente 4.800”, nos decía Armada mientras recorríamos las plantaciones de su pazo. Es probable que el coronel Armada que mandó el Batallón Literario de los estudiantes gallegos en la Guerra de la Independencia contra los franceses no diese crédito a que su sucesor apuntase con el bastón a una formación de macetas en lugar de a las fuerzas enemigas. Pero lo cierto es que a mitad de los 90 el ex general había cambiado las liasons dangeureses con Milans del Bosch por la Semana Verde de Silleda. No era un mero capricho. En los años 30, estudió en la Escuela de Ingenieros agrónomos y en 1959 publicó un artículo sobre el cultivo español de la camelia en una revista estadounidense.
Al despedirnos, le preguntamos si añoraba los tiempos en los que frecuentaba el núcleo decisorio del país.
“De verdad que me encuentro feliz con este género de vida, como fray Luis de León cuando salió de la cárcel de Salamanca.Todos tenemos una misión. La mía, por formación y convicción y deseo personal, es servir a Dios y a los hombres para alcanzar la Gloria. Los resultados, Él los valorará”, respondió. |
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Un país a la deriva
Tres días antes del golpe, el corresponsal de París Match en España escribe: “La situación económica de España roza la catástrofe, el terrorismo aumenta, el Estado se desmorona bajo los excesos autonómicos y la política exterior española es un fiasco. En el aire se huele el golpe de Estado”. En 1978, año en que se aprobó la Constitución, el 77% de los españoles se definían como demócratas incondicionales; en las fechas que preceden al golpe, una encuesta de Metroscopia rebaja esa cifra al 50%.
El Rey abandona a su escudero
“Durante el idilio de sus primeros años en el Gobierno —dice Cercas— Suárez había acostumbrado al Rey a convertir sus deseos en órdenes”. Pero a partir de 1980 “se creyó su papel de presidente”. Chocaron en el tema de la OTAN (Suárez no quería entrar) y en los nombramientos militares: Suárez no acepta la sugerencia de apartar del Gobierno al general Gutiérrez Mellado y considera “peligroso” nombrar a Alfonso Armada —quien sería el cerebro del golpe y quien había perdido el puesto de secretario del Rey por presiones de Suárez— segundo jefe de Estado mayor, sólo por debajo en el escalafón militar de otro gallego: el general José Gabeiras. “El Rey encajó mal la insubordinación o la independencia de Suárez, a las que atribuía la mala marcha del país. Así que arrimó el hombro a las conspiraciones contra Suárez que formaron el caldo de cultivo del 23-F. Probablemente se creyó en la obligación de hacerlo, aún no había asimilado su nuevo papel de figura simbólica sin poder político efectivo. O no quiso hacerlo. Como si conservara la facultad de poner y quitar presidentes que había heredado de Franco y a la que había renunciado en la Constitución de 1978”, escribe Cercas, que afirma que el Rey insinuó a Suárez el 4 de enero en su refugio de montaña que dimitiese y éste se negó. “A ver si me quitáis a éste de encima”, le oyeron comentar en la Zarzuela.
La placenta del golpe
Todos estamos conspirando es el título de un artículo de Pilar Urbano en ABC sobre las maquinaciones de periodistas, empresarios , políticos y diplomáticos contra Suárez. Esta es la tesis central de Anatomía de un instante: la obsesión por socavar la presidencia de Suárez —lo que Cercas denomina “la placenta del golpe”—, en la que se implican desde los principales dirigentes de los partidos políticos hasta la Corona, “acaba por abrir irresponsablemente la puerta al golpe militar”. Una anécdota ilustra la tensión del momento: “Quienes visitaban a Suárez en la Moncloa aseguran que llevaba tiempo preparándose para un final violento, desde hacía varios meses cargaba con una pequeña pistola en el bolsillo. Más de una vez se lo oyó decir: de aquí sólo van a sacarme con los pies por delante”.
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| El Rey se dirige por televisión al país la noche del 23-F para condenar la rebelión militar.| La Opinión |
A Coruña fue uno de los epicentros del golpismo |
| La ciudad coruñesa tiene una singular vinculación con el golpismo que se remonta a 1936, cuando los servicios de seguridad de la República desarticulan aquí en abril de ese año, pocos meses antes de la rebelión de Franco, una trama pregolpista en la que participaban militares y falangistas. Fueron detenidos el coronel Benito Haro y y el teniente José Rañal, pero el resto de la red se sumará al general Mola para planear el golpe militar que finalmente estallaría el 18 de julio. Algo similar ocurrió en los prolegómenos del 23-F, cuando el destino forzoso del jefe de la División Acorazada Brunete, Luis Torres Rojas, al Gobierno Militar de A Coruña, convierte a la ciudad en meta de peregrinaje para numerosos personajes implicados en las diversas tramas golpistas en marcha. El semanario Cambio 16, entonces la fundamental referencia periodística en España, alerta de que militares y civiles de extrema derecha implicados por los servicios de inteligencia en conjuras contra el orden democrático se reúnen periódicamente en A Coruña bajo la tutela de Torres Rojas. Torres Rojas desobedecerá las órdenes y abandonará su destino forzoso en A Coruña el día del golpe para intentar sublevar la División Acorazada Brunete, pero volverá esa misma noche a la ciudad herculina cuando considera que la trama ha fracasado. En A Coruña se produce en esos momentos un hecho insólito en democracia que tendrá secuelas que llegan a la actualidad. El entonces capitán Lorenzo Fernández Navarro fue arrestado poco antes del golpe por ordenar una carga de la Policía Militar contra una manifestación civil que protestaba de forma legal contra el ingreso de España en la OTAN. El militar Fernández Navarro ocupó las primeras páginas de los periódicos cuando el 23 de febrero de 2008 fue destituido por el Gobierno de Zapatero de su cargo de comandante militar de A Coruña por criticar la ley de memoria histórica en un incendiario informe con inusuales contenidos políticos que habría elaborado el militar sancionado. |
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Manuel Fraga, entonces líder de Alianza Popular, considera a Suárez un usurpador. El político gallego se sabía el hombre elegido por la historia para conducir el posfranquismo. Fiel aliado del general Alfonso Armada en sus años en la Casa del Rey, es en 1981 el candidato de empresarios y financieros . “Con ellos planea el mejor modo de derribar al Gobierno y colocar en su sitio cualquier fórmula que excluya a Suárez. Cualquier cosa incluye un gobierno de concentración presidido por un militar. Y si ese militar es su amigo Alfonso Armada, mejor”, señala Cercas. Armada se vio obligado a dejar su cargo de mano derecha del Rey tras 17 años precisamente por enviar en las elecciones de 1977 cartas con membrete de la Casa del Rey pidiendo el voto para Alianza Popular. “Fraga es consciente esos días de ser el punto de referencia político de muchos militares con querencias golpistas y sopesa esa posibilidad. Fraga duda. Cuatro días antes del golpe, advierte: ‘Si se quiere dar el golpe de timón, se nos encontrará dispuestos a colaborar’. Golpe de timón. Golpe de bisturí. Esa fue la terminología de la placenta del golpe”. Fraga anota el 5 de febrero en su diario: “Todo son rumores. Una vidente menciona un golpe para el día 24”.
También conspiran los socialistas de Felipe González, pero “a diferencia de Fraga carecen de experiencia y operan con una torpeza de novatos que los vuelve fácilmente manejables para quienes traman el golpe. “Aguijoneados por la codicia de poder, empiezan a explorar los límites de la democracia recién estrenada”. Enrique Múgica, número tres del partido, se encuentra con Armada el 22 de octubre en Lérida, en una reunión a la que asiste también el líder de los socialistas catalanes, Joan Raventós. “Múgica y Armada parecen congeniar. Acuerdan que la salida de Suárez del poder es la única solución posible”. Armada sugiere un gobierno presidido por un militar y “Múgica no dice que no”. “Raventós le pregunta si él será ese militar y Armada tampoco dice que no. Creyendo maniobrar contra Suárez, acabaron maniobrando sin saberlo a favor de los enemigos de la democracia”, sentencia el autor de Anatomía de un instante.
El dilema militar
En 1962, Franco pronunció ante una reunión de ex combatientes una frase que los militares consideraron su testamento político: “Todo está atado bajo la guardia fiel de nuestro ejército”. Pero antes de morir, dio otra orden contradictoria: que obedecieran al Rey con la misma lealtad que a él. En la Transición, al considerar que la Corona desertaba del franquismo, muchos jefes militares dudaban entre obedecer la primera orden de Franco, impidiendo la democracia por la fuerza, u obedecer la segunda, que anulaba la primera. Esta vacilación fue una de las claves del 23-F. Valga como paradoja una frase pronunciada años después del golpe por Gutiérrez Mellado, al responder a un periodista sobre su gallardo enfrentamiento a Tejero en el Congreso: “Sólo hice lo que me enseñaron en la Academia”. Olvidó aclarar que el director de la Academia Militar donde le enseñaron estaba dirigida por Franco.
Los golpes del golpe
Un informe habitualmente atribuido al Cesid titulado Panorama de las operaciones en marcha, con informaciones fidedignas de las diversas conspiraciones y tramas militares en marcha, fue enviado al Rey, Suárez y Gutiérrez Mellado a finales de 1980. Sólo que, como revela Anatomía de un instante, “no fue elaborado por el Cesid, sino por el teniente coronel Manuel Fernández-Monzón Altolaguirre, jefe de prensa del Ministerio de Defensa, antiguo miembro de los servicios de inteligencia, aunque contenía información procedente del Cesid. Las previsiones del informe resultarían exactas. “La primera parte del informe describe cuatro operaciones políticas y concede máxima importancia a una de ellas, articulada en torno al Partido Socialista. Debería ponerse en marcha en enero o febrero de 1981, mediante una moción de censura a Suárez planteada por el PSOE, previo pacto con un grupo disidente de UCD, que se resolvería con la expulsión de Suárez del poder y la instauración de un gobierno de concentración presidido por un militar y bien visto por la Corona”. La segunda parte del informe advierte de tres conjuras militares: la de los tenientes generales, la de los coroneles y la de un grupo que denomina los espontáneos. Las tres son autónomas aunque tienen puntos de conexión. Y son peligrosamente viables.
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| Dirigentes de los principales partidos políticos firman en 1977 los Pactos de la Moncloa, el primer acuerdo político, social y económico de la democracia. | La Opinión |
“La operación de los tenientes generales, cuyo civil de referencia es Manuel Fraga, es un golpe a la turca mediante un pronunciamiento de las capitanías generales. La de los coroneles, la más profesional y organizada, desdeña la Corona y propone una república presidencialista. También aquí el personaje civil de referencia es Fraga. La tercera es considerada la más peligrosa por inminente y violenta, ya que no excluye ejecuciones. Aunque los nombres de los referentes militares de las tres operaciones se omiten en el informe, son respectivamente: Milans del Bosch, capitán general de Valencia; el coronel José Ignacio San Martín, jefe de estado mayor de la división acorazada Brunete, y el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero”.
La dimisión que desencadena el 23-F
El 29 de enero de 1981, un Suárez políticamente arrinconado y abandonado por la Corona tira la toalla. “Su dimisión echa por tierra la operación del general Armada consensuada con los partidos y la Corona para presidir un gobierno de concentración”. El militar juega su última baza y “en una cena a a solas con el Rey le pide sin subterfugios que no acepte la candidatura de Calvo Sotelo como sucesor de Suárez y le ofrezca a él la presidencia del Gobierno”. “Un motivo para no descartar que el Rey dudó —señala Cercas— es que tardó 11 días en sancionar la candidatura de Calvo Sotelo. Pudo pensar que un gobierno presidido por un general y apoyado por los partidos calmaría al ejército y fortalecería la Corona. Pero lo cierto es que, tal vez porque comprendió que poner en peligro la Constitución suponía poner en peligro la Corona, acabó por aceptar la candidatura de Calvo Sotelo. A partir de ese momento, Armada supo que ya no podría alcanzar su objetivo por el cauce parlamentario”.
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