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Anatomía de un golpe de Estado

Armada se dirige al Congreso para negociar con los políticos secuestrados un gobierno de concentración presidido por él. Una columna de la Acorazada Brunete se suma en la noche del 23-F a los golpistas de Tejero. | La Opinión

La venia de la CIA

La elección de Reagan como presidente de EEUU en 1980 relanza la guerra fría. “Cuando en los meses previos al 23 de febrero la embajada estadounidense en Madrid y la estación de la CIA empiezan a recibir noticias de la inminencia de un golpe de timón en la democracia española, su reacción, más que favorable, es entusiasta, en particular la de su embajador Terence Todman, un diplomático ultraderechista implicado años atrás en el golpe de Pinochet, quien consigue que los dos únicos políticos españoles recibidos en la Casa Blanca antes del golpe sean dos políticos franquistas —Gonzalo Fernández de la Mora y Federico Silva Muñoz— y quien el 13 de febrero se reúne en una finca de Logroño con el general Armada. Hay hechos que demuestran que el gobierno de EEUU estuvo informado del golpe antes de que ocurriera: desde el día 20, las bases de Torrejón, Rota, Morón y Zaragoza estuvieron en alerta y a lo largo del día 23 un avión AWACS de inteligencia electrónica perteneciente a la base alemana de Ramstein sobrevoló la Península para controlar el espacio radioeléctrico español”.

Los errores del golpe

Armada, Miláns y Tejero fueron los tres protagonistas del golpe. Armada fue el jefe político, Milans el jefe militar y Tejero el jefe operativo del detonante del golpe, el asalto al Congreso de los Diputados. Tejero tenía órdenes de que la toma del Congreso fuera incruenta y discreta. Pero no cumplió lo segundo. “El violento tiroteo retransmitido en directo por la radio dotó de una escenografía de golpe duro lo que quería ser un golpe blando y dificultaba que el Rey, la clase política y la ciudadanía transigiesen de grado con él”. El otro error se cometió antes. El coronel San Martín mantiene cerca de Zaragoza al jefe de la División Acorazada Brunete, el general Juste, un hombre débil y maleable, mientras el comandante Pardo Zancada y el general Luis Torres Rojas, antiguo jefe de la Brunete, evadido el 23-F de su obligado destino en la gobernación militar de A Coruña por sus públicas manifestaciones golpistas, sublevan a la unidad acorazada y planean la toma de Madrid. “En ese momento, San Martín duda si volver o no a Madrid con Juste, pero no quiere excluirse de la gloria. Vuelven, y Juste, enfrentado a unos hechos consumados, aceptará la sublevación. Pero esta decisión acabará resultando fatal para el golpe”.

Dos llamadas que paran el golpe

La suerte del golpe se decidió en dos llamadas telefónicas. La primera la realizará el capitán general de Madrid, el ferrolano Guillermo Quintana Lacaci, “un militar franquista que, a diferencia de lo que harán casi todos los capitanes generales el 23-F, se pone sin titubeos a las órdenes del Rey. Para lo que ordene: parar el golpe o sacar los tanques”. Cuando se entera de que los tanques de la Brunete están saliendo hacia Madrid sin su autorización, llama al general Juste y monta en cólera. Juste, intimidado por la presencia de Torres Rojas, San Martín y Zancada, se resiste. “Así que es sobre todo Quintana Lacaci quien inicia un violento forcejeo telefónico, erizado de gritos, insultos y amenazas que hacen que Juste, amedrentado, acabe por acatar la orden y dé marcha atrás.” La otra llamada la hace el Rey al general Armada, que aguarda con su jefe Gabeiras el desenlace de los acontecimientos en el Cuartel General del Ejército. “Armada tranquiliza al Rey. ‘Cojo unos papeles y voy para la Zarzuela’. Quizás el Rey está a punto de decir que sí —considera Cercas— cuando entra en el despacho su secretario, Sabino Fernández Campos, que le pide el auricular. Es entonces cuando Fernández Campo pronuncia la frase final: ‘No, Alfonso. Quédate ahí. Si te necesitamos, te llamamos.” La posibilidad de que Armada convenza al Rey como única salida posible al golpe de un acuerdo con los políticos secuestrados en el Congreso para la formación de un gobierno presidido por él se evapora. El cerebro del golpe hará todavía una intentona desesperada para salvar su operación mientras el Rey pronunciaba a las 10 de la noche en televisión un discurso que condenaba la rebelión militar. Se presenta en el Congreso para negociar con los políticos secuestrados la formación de un gobierno de salvación con él al frente. Pero irónicamente Tejero se lo impide. A esas alturas, sólo transigía con un directorio puramente militar. “Este hombre está loco”, se le oyó decir a Armada al salir definitivamente derrotado.
Cesid: historias para no dormir.

Una historia de amor y odio La fotografía del último encuentro entre el Rey y Suárez, cuando éste había perdido ya su lucidez mental, obtuvo este pasado viernes el premio Ortega y Gasset. Fue en 2008, cuando el Rey le entregó el Toisón de Oro. Cercas lo menciona en su libro con amargura: “El Rey se la ha concedido a otras figuras, pero al chisgarabís que le ayudó como nadie a conservar la Corona, sólo se la concedió hace poco más de un año”. La foto fue hecha por el hijo de Suárez.

El mayor interrogante sobre el 23-F sigue siendo si el servicio de inteligencia, el Cesid, participó en el golpe. El comandante José Luis Cortina, jefe de su departamento de élite —el AOME— fue acusado, pero resultó absuelto en el juicio a los golpistas. Sí está documentada la implicación de su subalterno, el capitán Gómez Iglesias, que ayudó a Tejero a convencer a los oficiales que participarán en el asalto al Congreso de que la operación tiene el beneplácito del Rey. Tras largas disquisiciones que salpican varios capítulos de su libro, Javier Cercas concluye que el comandante Cortina “fue una especie de ayudante de Armada, una especie de jefe de estado mayor del líder del golpe”. Su sentencia no es ajena a un comentario que le realizó el influyente periodista Javier Pradera al comunicarle que pretendía escribir una novela sobre el 23-F: “Es que el golpe de estado es una novela policiaca. Cortina monta el golpe y Cortina lo desmonta, Por lealtad al Rey”, le dijo el editorialista de El País. Es una tesis maquiavélica —“pensó que la monarquía saldría ganando tanto si el golpe triunfaba como si fracasaba”, aventura Cercas— a la medida de un personaje increíble. Martín Prieto, que cimentó su leyenda periodística en la cobertura del 23-F, afirma que la extraordinaria inteligencia de Cortina convirtió en una tortura el trabajo de sus interrogadores en el juicio del 23-F. Cercas revela en su libro dos episodios que harían palidecer al propio Le Carré. En la madrugada del 14 de junio de 1982, al mes de la primera sentencia del 23-F, que exculpaba al comandante Cortina, cuatro bombas hicieron saltar por los aires las cuatro sedes secretas del AOME. El atentado se adjudicó a ETA, que nunca lo reivindicó. Resulta inverosímil. Para Cercas, fue una venganza, “porque muchos militares y guardias civiles estaban furiosos con Cortina, que según ellos había lanzado a los golpistas a la aventura y después los había abandonado a mitad del recorrido”. El 27 de julio de 1983, poco después de que el Supremo doblase la condena inicial impuesta a los golpistas, el padre de Cortina murió calcinado en un extraño incendio en su domicilio. “El hecho de que fuese el mismo lugar donde según Tejero se celebró su entrevista con Cortina en los días previos al golpe reforzó la hipótesis de una venganza”. Cortina, que “asesoró a un vicepresidente de Aznar , posee en la actualidad una consultoría de asuntos de logística I2V”.

El papel del Rey

En cierta manera, viene a decir Cercas en su libro, el episodio del 23-F es también una historia de celos. Celos por la paternidad de la democracia que asombra al mundo entre Suárez y el Rey (una de las claves que abre las puertas al golpe), celos por el papel de hombre de confianza del monarca entre Armada y Fernández Campo (la clave que se las cierra). “Desde el mismo día 23 de febrero no ha cesado de acusarse al Rey de haber estado de algún modo implicado en el golpe —observa Cercas—. El Rey no organizó el golpe, sino que lo paró, por la sencilla razón de que era la única persona que podía pararlo. Pero esto no significa que su comportamiento fuera irreprochable; no lo fue, como no lo fue el de la mayoría de la clase política. No debió abandonar la estricta neutralidad de su papel constitucional. No debió alentar la sustitución de Suárez. No debió presionar hasta el límite al Gobierno para que aceptara a Armada como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. No debió permitir que ningún político empresario, pero sobre todo ningún militar, imaginase siquiera que podía apoyar maniobras forzadamente constitucionales que abrían la puerta a un ejército deseoso de terminar con la democracia. La imprudencia del Rey dio alas a los partidarios del golpe. Pero el 23 de febrero se las cortó.”

La redención de un chisgarabís

“Hay un momento en el que todo hombre sabe para siempre quién es”. Cercas elige esta cita de Borges para redimir a un Suárez al que confiesa que despreciaba hasta que, para escribir este libro, pidió ver la grabación completa de lo que ocurrió el 23 de febrero de 1981 en el Congreso. Y queda fascinado por el gesto de un presidente que permanece impasible sentado en su escaño mientras las balas zumban a su alrededor y los demás parlamentarios, con la salvedad de Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, se esconden humillados bajo sus escaños. Hasta el punto que Calvo Sotelo dirá: “Fue el último gesto de Suárez para legitimarse. El falangistilla arribista, el chisgarabís de provincias sin formación, demostró ese día a la clase política y al país que aunque tenía el pedigrí más sucio de la gran cloaca madrileña, el sí estaba dispuesto a jugarse el tipo por la democracia. Adolfo Suárez fue muchas cosas, pero no un cobarde. Cuando en 1976 el general De Santiago le recuerda, al pedirle Suárez su dimisión como vicepresidente, que en este país hubo más de un golpe de Estado, Suárez le recuerda también que existe la pena de muerte. Al día siguiente del golpe, en la Zarzuela, Suárez ordenó a Gabeiras que arrestara a Armada. El general miró al Rey buscando una ratificación o un desmentido, pero Suárez lo fulminó con dos frases furiosas: ‘No mire al Rey. Míreme a mí”. Antes de empezar a escribir su libro, cuando Suárez había sido ya borrado por la tragedia familiar y el alzheimer, Javier Cercas visitó a Carrillo, su gran rival. “Habiendo trabajado en la universidad, habrá conocido usted a muchos tontos cultos ¿verdad?”, le dijo el ex dirigente comunista. “Pues Suárez era todo lo contrario”.

UN DRAMA CON ACTORES GALLEGOS

Alfonso Armada

Leopoldo Calvo Sotelo

Guillermo Quintana Lacaci

José Gabeiras

Manuel Fraga
Heredero de una saga de la hidalguía gallega que se remonta a seis siglos, fue el cerebro del golpe. Armada conspiraba en principio para conseguir un gobierno de concentración presidido por él mismo, con aquiescencia de la Corona. Tras la dimisión de Suárez, se decanta por una operación militar que lleve a idéntica conclusión. Los errores del golpe y la obcecación final de Tejero en nombrar un directorio puramente militar sin civiles termina con su sueño de dirigir el país. Segundo presidente de la democracia española, el fallido golpe se desata precisamente en su sesión de investidura en el Congreso de los Diputados, tras la dimisión de un acorralado Adolfo Suárez a finales de enero. Tras su llegada a la Presidencia, Calvo Sotelo apartó a los suaristas de la dirección de UCD, lo que precipitó la marcha de Adolfo Suárez, que crearía otro partido denominado Centro Democrático Social , que desaparecería tras un efímero éxito en unas elecciones municipales. Murió en mayo de 2008 , a los 82 años. Capitán general de Madrid el 23-F, su intervención fue decisiva para frenar el golpe de estado. Ideológicamente franquista pero leal y profesional, fue el único capitán general que desde el primer momento se puso sin reservas a las órdenes del Rey. Su enérgica llamada al jefe de la División Acorazada Brunete, en la que no escatimó gritos, insultos y amenazas, logró evitar que los tanques ocupasen Madrid. Guillermo Quintana , cuyo protagonismo fue reconocido por el Rey, murió poco después asesinado en un atentado de ETA. Era el número uno del ejército cuando se desató el intento de golpe de estado. Su nombramiento por Gutiérrez Mellado provocó el rechazo de los militares franquistas. El jefe del estado mayor siguió los acontecimientos desde el Cuartel General del Ejército, donde se encontraba su número dos, Armada. Dice Cercas en su libro: “Gabeiras demostró ser, si no el jefe contundente que un ejército democrático hubiera necesitado para afrontar el golpe, sí al menos un militar leal”. Falleció en enero de 2005 a los 88 años. El político al que se consideraba como el dirigente natural de la transición del franquismo a la democracia siempre tuvo a Suárez como un usurpador. Le unía una gran amistad a Alfonso Armada, el cerebro del golpe, y era el referente civil de muchos generales para un golpe de timón al gobierno de Suárez, consistente en un gobierno fuerte presidido por un militar. En la supuesta lista del gobierno que Armada llevó para negociar al Congreso secuestrado —cuya existencia nunca se probó— figuraría como ministro de Defensa.