
El anuncio de Ferran Adrià del cierre por dos años de El Bulli ha causado enorme conmoción. El local de Roses, en Girona, es, a día de hoy, el mejor restaurante del mundo. Sin embargo, en su origen fue un chiringuito de playa montado por un matrimonio alemán que se enamoró de la Costa Brava. Adrià llegó en 1983, cuando el establecimiento ya contaba con dos estrellas de la prestigiosa guía Michelin. El verdadero salto a la 'estratosfera' se produjo en 1996, cuando el local consiguió su tercera distinción.
Tres estrellas Michelin, cinco veces mejor restaurante del mundo, colas de años para conseguir mesa... El Bulli y Ferran Adrià son sinónimos de éxito, creatividad e innovación, pero no siempre fue así. Aunque parezca mentira, el prestigioso restaurante de Cala Montjoi (Roses) comenzó, en 1964, como un simple chiringuito de playa donde se instaló un grill para dar de comer a los submarinistas que frecuentaban la zona.
Los artífices de la iniciativa fueron el matrimonio Hans y Marketta Schilling, él alemán y ella checa, que en 1958 descubrieron la Costa Brava y compraron un terreno. Allí construyeron un minigolf llamado El Bulli, en honor a los dos perros de raza bulldog que tenían. Tres años más tarde decidieron instalar también una barbacoa para comidas sencillas.
En 1971, el fichaje del chef francés Jean-Louis Neichel supuso el impulso definitivo para convertirse en un restaurante gastronómico y de orientación francesa. Al cabo de cinco años obtiene la primera estrella Michelin. Cuando Neichel se va, es sustituido primero por Yves Kramer y después por Jean-Paul Vinay. En 1981, Juli Soler se convierte en director y con Vinay consiguen la segunda estrella.
En 1983, un joven Ferran Adrià, que está haciendo la mili en Cartagena, conoce al también cocinero Fermín Puig. Éste le habla de El Bulli y Adrià va a trabajar durante un mes en verano, durante un permiso. Al año siguiente ya es jefe de cocina.
Los primeros tiempos son difíciles. El restaurante pierde la segunda estrella Michelin. En 1990, Adrià y Soler compran el local a Marketta y a principios de los 90 han recuperado las dos estrellas.
El verdadero salto a la estratosfera se produce en 1996, con la tercera. A partir de entonces se suceden los reconocimientos.
El Bulli se convierte en un lugar exclusivo: sólo abre seis meses al año y atiende unas 50 personas al día. Pero la pasión de Adrià siempre ha sido la creación. Su ideal era convertir El Bulli en un lugar de investigación, donde la producción se haga diez veces al año para diez mesas. Ahora tendrá la oportunidad de hacer realidad este sueño.

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