Jaime González Chas

Memoria olímpica

El coruñés Jaime González Chas acumula seis participaciones en los Juegos: cuatro como deportista y dos como entrenador

María Varela
Como deportista en México, Múnich, Montreal y Moscú y como entrenador en Barcelona y Atlanta

Jaime González Chas (A Coruña, 1933) es un libro abierto en cuyas páginas está escrita la historia más reciente de los Juegos Olímpicos modernos. Acumula seis participaciones en la principal cita universal. Cuatro como tirador: México 68, Múnich 72, Montreal 76 y Moscú 80. Y dos como entrenador: Barcelona 92 y Atlanta 96. Su memoria esconde algunos de los momentos más gloriosos del deporte español, como el oro de Fermín Cacho en Montjuic o el desfile inaugural en la capital azteca. Se codeó con el histórico Dream Team y con el mito de Mark Spitz. Pero también le tocó vivir momentos más duros, como el atentado terrorista en territorio alemán. Por eso, cuando Jaime habla sólo se puede callar y escuchar.

"Los Juegos en México fueron muy bonitos. Después de la Guerra Civil era la primera vez que cruzábamos el charco y que iba una delegación tan completa. Además, allí había muchos exiliados españoles. En cada casa nos paraba alguien que mandaba saludos y nos preguntaba cómo estaban las cosas por España. Pero lo mejor fue que nos dejaron salir en el desfile inaugural en última posición y fuimos los más aplaudidos. Fue impresionante", recuerda Chas. Todo lo contrario le sucedió cuatro años más tarde: "En Múnich me tocó vivir el atentado. Además, yo había participado en una competición de la policía alemana, me habían dado una placa y tenía amigos allí, así que cuando me enteré de lo que había pasado, sentí mucho miedo por ellos".

Canadá y Rusia tampoco le dejaron muy buen recuerdo. De Montreal dice que "fue la más improvisada de todas" las que conoció, con "muy poco gasto, instalaciones precarias... un desastre", a lo que no ayudó "el clima" ni sus "problemas con las armas". De Moscú le decepcionó "el poco nivel", culpa del boicot de algunos países occidentales a los que fueron sus últimos Juegos como deportista, aunque estaba seleccionado para Los Ángeles y se quedó en casa porque le "hicieron una faena".

Por eso, capítulo aparte fue lo vivido en los Juegos Olímpicos españoles, "los más profesionales". "Barcelona fue fantástico. El ambiente que allí había era indescriptible y, encima, ganamos muchísimas medallas. La Villa Olímpica estaba dentro de la ciudad, podíamos ir a todas las competiciones que queríamos... Yo fui a ver el Dream Team, la gimnasia, y el memorable triunfo de Fermín Cacho", relata.

Cerró su participación olímpica en Atlanta. De la cita estadounidense se queda con las anécdotas de cocacolas y jamones: "Nos dieron una tarjeta y nos regalaban la bebida en todos los puestos de la ciudad, todas cuantas se nos antojasen. Y lo del jamón es que cada vez que se abría uno, había delante un inspector de sanidad, que cogía el hueso y se lo llevaba para quemar, así que teníamos que comérnoslo siempre entero".

¿Y ahora qué? "Todo tiene su época y no hay que tener añoranzas. Ahora tengo un pequeño club en Carral, con 20 chicos, y además, por internet, doy consejos y facilito entrenamientos", responde. Es un tema que le duele. Cree que el problema del deporte español es la falta de entrenadores cualificados. "La mayoría no tiene la preparación adecuada. Para llevar a alguien a la elite hay que conocer el deporte desde dentro y saber lo que se siente cuando se compite a alto nivel. Se necesitan entrenadores que te enseñen a competir, a no ponerte nervioso y a ganar. No todo es la forma física", critica.

Para demostrarlo, narra un encuentro con el nadador Mark Spitz, ganador se siete medallas de oro en Múnich 72: "Coincidí con él en el comedor de la Villa Olímpica y le pregunté cuántas horas al día entrenaba. Él respondió que todo el día. Dijo que desayunaba, comía y bebía en la piscina, que sólo salía para hacer sus necesidades y volvía rápido al agua. Buscaba la flotabilidad, eso de lo que tanto se habló ahora con los polémicos bañadores. De aquellas, él ya trabajaba en ello. Quería estar en el agua como si estuviera en el aire".

La mentalidad también ayuda mucho. "Yo me creía que era capaz de ganarle al campeón del mundo", reconoce. "Es como los americanos, que se creen mejores y salen a ganar, no con miedo a perder, como nuestros deportistas. Para conseguirlo estudié sofrología, que me ayudaba a que la mente pensara sólo lo que yo le mandaba. Y yoga, para controlar la respiración y las pulsaciones. Así me impuse en cincuenta y pico Campeonatos de España, porque llegaba y sabía que iba a ganar, veía inferiores a los demás", añade. "Cuando perdí fue por mi culpa, por hacer cosas que no debía la noche anterior como irme por ahí de juega", bromea.

La vida de los atletas, sin embargo, no es fácil. "La gente no tiene noción de todas las necesidades que tienen, pero eso sí, después les exigen medallas" apunta, al igual que los problemas al terminar la carrera deportiva: "El deporte implica muchos sacrificios personales y algunos, cuando acaban a los 35 años, no saben a dónde ir y no están preparados para seguir con su vida, incluso sienten rechazo. Acostumbrados a una vida de viajes, contratos... de repente se ven sin nada. Yo no tuve esos problemas porque siempre trabajé, así que tenía ese respaldo y también el de la Hípica".

¿No ayudan las Federaciones? "Lo de las Federaciones es cosa aparte". Habla alto y claro: "Los presidentes llegan, cogen el cargo y ya no lo dejan en la vida. La Gallega funciona fatal. Y la Española, peor todavía. Esta empeñada y su presidente es un vividor. Pero también el COE. Alejandro Blanco hizo una campaña para boicotear a la familia real y lo primero que hizo cuando llegó fue ponerse un sueldo y otro a sus amiguitos, como Odriozola, el de atletismo. Así, no hay quien los eche de ahí".

Otro ejemplo: "A María Quintanal, plata en Atenas, la echaron de España y tuvo que fichar por la República Dominicana. Pretendían que las becas que recibía pasaran por la Federación e imponerle un entrenador. Como ella se negó, no le dieron ficha. Y al marido, Sergio Piñero, igual. Además, en Atenas, después de la medalla, la apuraron tanto para que consiguiera otra medalla en trap que la presión le hizo competir mal, y encima, le montaron un follón".

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