ÁNXEL VENCE
Como cualquier tienda o gran almacén, la compañía ETA ha vuelto a organizar su tradicional campaña de verano para la disuasión del turismo, dedicada esta vez a las Islas Baleares. Años atrás había lanzado su letal oferta en las costas de Levante e incluso en Galicia, cuando aprovechó la coincidencia con cierto año jacobeo para distribuir bombas por Santiago y otros puntos turísticos de este reino. Además de ser un sindicato del crimen, empieza a resultar evidente que los etarras tienen vocación de empresa comercial. Lo demuestra, obviamente, la actual campaña de verano organizada con la idea de estropearle el negocio del turismo a la competencia que para ellos representa el Estado (español, por supuesto). Saben que los veraneantes son una de las principales fuentes de ingresos de España y, como buenos comerciantes, su estrategia apunta a quitarle clientela al competidor.
Infelizmente, los procedimientos de la empresa no se ajustan al código de buenas prácticas mercantiles. Ahí es donde entra el departamento de marketing de ETA, que ha demostrado una extraordinaria habilidad para disfrazar con palabras unos métodos delictivos incompatibles con los habituales en el comercio.
Sociedad especialmente anónima, la ETA ha dependido -y depende- de los ingresos que percibe por extorsionar a empresarios y particulares; del cobro de secuestros y, en su día, de los asaltos a bancos. Unos beneficios a los que modernamente añadieron los derivados de la participación de sus marcas blancas -o "ramas políticas"- en las instituciones. Ahí rizaron el rizo, al conseguir que el Estado al que pretenden destruir subvencionase sus actividades.
Estas técnicas mercantiles suelen estar mal vistas, de modo que la sección de marketing de la ETA tuvo que emplearse a fondo para vender mejor el producto. No le costó mucho conseguirlo. La extorsión y el chantaje pasaron a ser conocidos popularmente con el mucho más tolerable nombre de "impuesto revolucionario", usado ya con soltura por la generalidad de la población. Igualmente, los asesinatos ascendieron a la categoría de "ejecuciones" y los secuestros a la de "arrestos". Las masacres con muertos a voleo se convirtieron gracias a su astucia lingüística en "acciones armadas".
El éxito de esta estrategia publicitaria fue tal que aún hoy son muchos los que usan involuntariamente el vocabulario comercial de la ETA y no dudan en hablar de ejecuciones, impuestos revolucionarios, organizaciones armadas y demás expresiones creadas en el laboratorio de ideas de la empresa. Incluso un presidente que fue víctima de cierto intento fallido de "ejecución" por la banda se refirió en cierta ocasión a su entramado como el Movimiento de Liberación Nacional Vasco. La batalla de las palabras la ha ganado, sin duda, el departamento de marketing de la ETA. Brillantez no puede negársele a los publicitarios de este moderno sindicato del crimen en la elaboración de su imagen de marca. No en todo, claro está. El logotipo del hacha y la serpiente es más bien arcaico y, por si fuera poco, recuerda vagamente al que lucen las farmacias; pero tampoco se puede estar en todo. El verdadero éxito comercial lo han obtenido en el campo del lenguaje. La marca ETA consiguió que los grandes medios internacionales se refieran a ella con el latiguillo de "organización separatista vasca", expresión por completo desprovista de las incómodas asociaciones de ideas que suelen acompañar a la palabra terrorismo. Y en el mercado interno ha popularizado las ejecuciones, los impuestos revolucionarios y hasta las "campañas de verano", que tanto evocan las típicas rebajas de temporada.
Cierto es que la competencia de Al Qaida y otras grandes multinacionales del terror ha dejado un tanto aislada a una compañía de alcance local como la ETA. Pero de momento el negocio sigue funcionando y, por desgracia, aún le queda clientela.
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