ÁNXEL VENCE
Recuperado el gozo tras su reciente victoria, el partido conservador que ahora lidera Feijóo ha decidido restaurar -cuatro años después- la tradición de las grandes romerías anuales que en su día urdieron el monarca Don Manuel y su delfín, el tristemente desaparecido Cuiña. Ya no será en el Monte do Gozo, sino en Silleda, donde los seguidores del partido mayoritario en Galicia se reúnan en amor, compañía, pulpo y empanada; pero la esencia del acto sigue siendo la misma. Una especie de Alderdi Eguna (o Día del Partido) extrañamente similar al que los nacionalistas del PNV celebran cada año por las campas y montes de Euskadi.
Mucho más reciente que la vasca, la tradición se remonta aquí a la década de los noventa. La idea se le atribuye al entonces secretario general del partido, Xosé Cuiña, quien eligió las alturas del monte Faro como escenario de un happening entre político y gastronómico. Años después, la romería se trasladó al compostelano Monte do Gozo, santo lugar de peregrinación que en esta desprejuiciada Galicia sirve también de palco para que actúen Sus Satánicas Majestades los Rolling Stones o el brioso rockero Bruce Springsteen, que en su última aparición en esa escena desató un caos infernal: producto, sin duda, de la cólera divina. Más módicos en su proceder y acaso menos partidarios de echarse al monte, los nuevos líderes urbanos del PP han optado ahora por Silleda, lugar de grandes eventos feriales y de multitudinarias oposiciones a la Xunta. Lo que no cambia es el carácter populista del acontecimiento, que -siguiendo la tradición- pretende reunir a una muchedumbre de no menos de 15.000 devotos.
Parece lógico. El partido fraguista -tan pegado a Galicia como la Unión Social Cristiana de Strauss lo está a Baviera- es a día de hoy una organización de gentes mayoritariamente urbanas que representa en gran parte a las clases neocomerciales de las que hablaba con algo de zumba el maestro Blanco Amor. Eso explica tal vez su inesperado -por contundente- triunfo tan sólo tres años y medio después del derrocamiento del Gran Patrón en las urnas. Mucho mejor que sus competidores, el PP ha sabido adaptarse a los bruscos cambios sufridos por Galicia, que en las dos últimas décadas pasó de ser una sociedad básicamente rural a convertirse en otra de carácter urbano equiparable -con matices- a cualquier otra de Europa.
Poco se parecen el anterior partido fraguista de Cuiña y el nuevo PP del algo menos fraguiano Feijóo, lo que no obsta para que en el fondo sean el mismo. El suyo ha sido un lento pero constante proceso de adaptación a la clientela electoral, que tampoco se parece hoy gran cosa a la que hace veinte años dio su primer triunfo a Don Manuel. Con boina o con polo de marca, el partido conservador ha demostrado una camaleónica capacidad de acomodación para intuir en cada momento los deseos del elector galaico. O eso sugiere, cuando menos, el nada ambiguo pronunciamiento de los votantes.
Consciente tal vez de ello, el urbano Feijóo parece decidido a conservar la histórica vena populista que en cierto modo es la marca del PP en Galicia. Tal que si se hubiese calzado las botas de siete de leguas de Fraga, el nuevo presidente multiplica sus apariciones en público y apenas hay romería veraniega en la que no se deje ver confraternizando con el personal. Todavía no ha llegado al punto de conocer a cada gallego por su nombre, facultad que la leyenda atribuía a Don Manuel; pero eso es sólo cuestión de tiempo e hiperactividad.
Nada más natural, por tanto, que Feijóo haya rescatado en su primer año la vieja tradición manuelina del Alderdi Eguna a la gallega: una fórmula de probado éxito que consiste en adobar los discursos políticos con generosas raciones de pulpo. La actual oposición todavía no ha entendido este rasgo de nuestro carácter: y así les va.
anxel@arrakis.es