ÁNXEL VENCE
Una vez más -y van ya varios años- la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico ha vuelto a situar a Galicia por encima de la media de competencias educativas del mundo mundial. Se conoce que la OCDE no cree gran cosa en los chistes de gallegos y menos aún en el diccionario de la Academia que hasta hace poco recogía la acepción de "gallego" como sinónimo de "tonto".
En realidad, este último análisis comparativo difundido ayer no aporta novedad alguna. Ya en el año 2006 y en los anteriores, el informe PISA con el que la organización examina el rendimiento de la educación en decenas de países venía a concluir que los chavales gallegos descuellan entre los más avispados de España y gran parte del extranjero. Galicia superaba entonces en cinco puntos la media de la OCDE y en 18 la española, hasta situarse más o menos al mismo nivel que Suecia, Dinamarca, Bélgica, Irlanda o Francia.
Lo que no está nada mal, si se tienen en cuenta las enormes diferencias de riqueza que nos separan de esas prósperas pero no por ello más instruidas naciones.
Los escolares de este viejo pero todavía agudo reino destacan mayormente en el dominio de las matemáticas y las ciencias, lo que no deja de resultar paradójico en un país de tanta tradición literaria. No obstante, también exceden en varios puntos la media de España por lo que toca a lectura y comprensión de textos. Imparcialmente inspirados por Rosalía y el matemático Rodríguez -que sentó cátedra en Lalín- los estudiantes gallegos parecen defenderse con pareja competencia así en el ramo de las letras como en el mucho más árido de los números.
Las buenas notas que Galicia obtiene año tras año en los exámenes de la OCDE tienen particular mérito, habida cuenta de que los chavales gallegos -al igual que los del resto de España- padecen los efectos de una constante mudanza de leyes docentes, cada una de ellas peor que la anterior.
Con un sistema educativo como el español, aparentemente orientado a dilatar hasta el infinito los límites de la ignorancia, el excelente desempeño de los escolares alcanza aquí proporciones de gesta.
Contrastan estos resultados con el tópico del gallego corto de entendederas, cuando no decididamente tosco, que tan arraigado está todavía por esos mundos de Dios. Sabido es, por ejemplo, que los chistes de gallegos constituyen en Latinoamérica todo un género equiparable, punto por punto, a los de polacos en Estados Unidos o a los de Lepe en España. Nuestra imagen arquetípica por aquellas tierras es, después de todo, la que ofrece el personaje de Manolito Goreiro -un bruto sin paliativos- en las divertidas páginas de Mafalda. Aunque ninguna culpa tenga de ello el genial dibujante Quino, que se limitó a recrear un estereotipo de gran popularidad al otro lado del Océano.
Todo tiene su explicación, naturalmente. La más verídica consistiría tal vez en que los cientos de miles de gallegos emigrados a América durante los dos últimos siglos procedían en su mayor parte de la Galicia rural de entonces, o lo que es lo mismo: de una sociedad financieramente deprimida y con escasas o nulas posibilidades de acceso a la instrucción. Poco importa que muchos de ellos superasen a golpe de ingenio esas carencias educativas o que sus descendientes escalasen los más altos puestos de aquellas repúblicas. Los tópicos son como el chicle: una vez que se le pegan a uno en la ropa, resulta casi imposible quitárselos de encima.
Bien pudiera ocurrir, por tanto, que algunos interpreten las felices calificaciones otorgadas a Galicia por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo como el último chiste de gallegos. Lejos de irritarse, los gallegos propiamente dichos se lo tomarán con humor: ese rasgo inconfundible de inteligencia que viene siendo además la marca de fábrica de este país. No hacía falta que lo confirmase la OCDE.
anxel@arrakis.es