ÁNXEL VENCE
Temerosa de que Portugal pueda convertirse en una provincia española, la candidata de la derecha lusitana a las próximas elecciones amenaza con cargarse el enlace ferroviario de Galicia y el Norte portugués (o viceversa). Manuela Ferreira Leite tal vez no lo sepa, pero lo cierto es que esa decisión entraría directamente en el terreno del realismo fantástico que con tanta profusión y brillantez practicaron aquí los maestros Cunqueiro y Torrente.
Fabuloso resultaría, desde luego, que se suprimiese un proyecto del todo inexistente que, por no tener, no tiene siquiera planos de obra, ni trazado, ni desde luego financiación alguna con la que pagar la cuenta. El tren-foguete galaicoportugués no ha pasado de ser hasta ahora otra cosa que un ente imaginario o a lo sumo flotante en el aire, como aquel pueblo de Castroforte ideado por Torrente Ballester que levitaba secretamente a la caída del día.
Para ser justos, no le falta alguna que otra razón a la candidata Ferreira cuando recela de un hipotético afán de conquista de los españoles, aunque sea por la curiosa vía del ferrocarril. Por más que lo hagamos inconscientemente y sin propósito imperialista alguno, lo cierto es que aquí todavía usamos las siglas AVE para referirnos a un tren que habrá de circular en su integridad por tierras portuguesas. AVE es la abreviatura de Alta Velocidad Española y, lógicamente, nuestros vecinos y amigos prefieren utilizar la mucha más neutra denominación de Tren de Alta Velocidad (o TAV).
Puede que Ferreira exagere un poco -o mucho-, pero no por ello es menos verdad que el temor a las invasiones por vía ferroviaria es asunto que viene de antiguo en la Península. También las autoridades españolas adoptaron en su momento un ancho de vía diferente al europeo para dificultar una posible irrupción de los franceses en España. Otros historiadores niegan veracidad a esa leyenda y sugieren que la distinta anchura de la vía española obedeció más bien a razones de orden técnico e incluso a un error de medición de los ingenieros de la época. Pero siempre queda la duda, claro.
Como quiera que sea, las modernas invasiones ya no se producen -salvo casos excepcionales- por vía militar y mucho menos ferroviaria. En una economía abierta como la actual, lo que cuentan son las estrategias para colocar el mayor número de productos en el mercado de otros países: ya sean vecinos como Portugal, ya tan remotos como China o Japón, donde últimamente se vende muy bien el albariño.
Tal vez por eso la candidata Ferreira debiera valorar lo mucho que se han beneficiado recíprocamente Galicia y el Norte portugués de la pionera Eurorregión de Portugalicia: un espacio económico natural en el que día a día se multiplica el trasiego de empresarios, profesionales, trabajadores, mercancías y hasta centros de producción con evidente provecho para las dos partes asociadas.
Sobra decir que el tren de alta velocidad (o TAV, para evitar malentendidos) contribuiría a soldar por vía férrea los destinos económicos de quienes vivimos a uno y otro lado del Miño. Ninguna razón habría, además, para la desconfianza. Las únicas -y gozosas- invasiones que puede temer la candidata Ferreira son las que protagonizan cada miércoles los gallegos en la feria de Valença y las que, en justa represalia, lanzan los portugueses sobre El Corte Inglés y la playa viguesa de Samil.
Es de esperar que estas y otras razones -como las de la UE, que considera "prioritario" el tren-bala entre Galicia y Portugal- inviten a cambiar de opinión a la aspirante a primera ministra de la vecina República. Después, ya sólo quedaría que los gobiernos de España y Portugal dejasen de prometernos el TAV/AVE cada cuatro años y se pusieran manos a la obra y a los raíles. Quizá entonces los gallegos llegásemos a creer que el fabuloso tren-foguete es algo más que una fábula. Como hasta ahora.
anxel@arrakis.es