El futuro de la alta velocidad gallega

27-S, el referéndum del AVE a Portugal

Las elecciones portuguesas del 27 de septiembre demuestran que ya no hay fronteras, y menos a un lado y otro del Miño. Por eso, el futuro de la conexión entre Vigo y Oporto se ha convertido en una baza electoral para los dos principales candidatos a presidir Portugal

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Puente del ferrocarril sobre el río Miño que une Galicia con Portugal. / la opinión
Puente del ferrocarril sobre el río Miño que une Galicia con Portugal. / la opinión  

En una campaña electoral se dicen muchas cosas. Es cierto. Sobre todo cuando los sondeos avanzan el final de una legislatura de mayoría absoluta y abren la puerta a un empate técnico entre los dos principales candidatos. Portugal decide el próximo 27 de septiembre el futuro de su Ejecutivo. Los socialistas o los conservadores. José Sócrates o Manuela Ferreira Leite. Con la grave crisis económica como telón de fondo -eterna en el caso de las finanzas lusas, aunque en el segundo semestre de este año haya logrado salir de la senda de las caídas-, en la cita hay mucho más en juego. La promesa de Ferreira Leite de paralizar todas las conexiones de la alta velocidad con España ha levantado una polvareda política y una enorme preocupación para el Gobierno central y la Xunta, que ven cómo también son ellos los que se la juegan el 27 de septiembre

JULIO PÉREZ | VIGO Hay realmente muy pocos ingredientes del menú televisivo que logren competir en España con un suculento partido de fútbol. En el vecino Portugal ocurre lo mismo, otra semejanza más entre ambos países. Allí es también el deporte rey, mueve multitudinarias pasiones y en la pequeña pantalla no tiene enemigo que se le resista. Con una curiosísima excepción. Entre los tres programas más vistos el pasado jueves al otro lado del Miño estaban los encuentros de UEFA del Sporting Lisboa con el holandés Heerneven y del Benfica con los bielorrusos del BATE Borisov. Ni la victoria de los dos equipos lusos sirvió para hincarle el diente al exitoso Gato Fedorento, un espacio de la cadena SIC, líder en Portugal, que está aprovechando la campaña electoral para barrer las audiencias. Ese día entrevistaba a Francisco Louça, máximo responsable del Bloque de Izquierdas. Un 44,4% de los televidentes lo siguieron.

El porcentaje es muy similar al que en jornadas anteriores consiguieron los dos grandes oponentes en la cita con las urnas del próximo 27 de septiembre, el socialista José Sócrates y la cabeza de lista conservadora, Manuela Ferreira Leite. Los candidatos se desnudan en conversaciones plagadas de humor, en línea con los grandes late nights americanos de Jay Leno o Jon Stewart, y muchas críticas. Algo insólito en la historia de la democracia portuguesa, quizás porque a los políticos no les queda otro remedio que adaptarse a cualquier escenario con tal de agarrar un voto que acabe con el empate técnico que los sondeos pronostican. Por eso también en la contienda entraron, sin que se les esperara, el futuro de las relaciones con España y las conexiones del AVE con Galicia y Madrid.

Ni la reforma de la Seguridad Social ni cualquiera de las otras patatas calientes que el Ejecutivo luso tiene entre manos y que pasan, como en el mundo entero, por la salida de la crisis económica. Del debate entre Sócrates y Ferreira Leite que dio el pistoletazo de salida a la carrera electoral hace justo una semana lo que más dio que hablar fue el enfrentamiento por la alta velocidad, el TGV en portugués. Ferreira Leite dijo con suma claridad lo que llevaba insinuando durante toda la precampaña. Que si llega a primera ministra, los tramos Oporto-Vigo y Lisboa-Badajoz se caen de la lista de prioridades. Se paralizan. La candidata del Partido Social Demócrata (PSD) tiene la teoría de que al Gobierno español sólo le interesan los proyectos para captar fondos comunitarios -con más dotación por ser transfronterizos- y no está dispuesta a dejarse influir por "extranjeros". "No me gustan los españoles metidos en la política portuguesa -le soltó Ferreira Leite a Sócrates-, estoy defendiendo los intereses de Portugal, que no es una provincia de España". Su rival le recordó que fue ella, en 2003, con la cartera de Finanzas de Durão Barroso, la que firmó el acuerdo para ambos tramos y la que avaló en una resolución del Consejo de Ministros su importancia para el empleo y la economía del país. "No comprendo -respondió Sócrates, con los documentos en cuestión entre las manos- por qué su partido cuando estaba en el Gobierno consideró que la conexión con España era una prioridad y ahora cambia de opinión".

Lejos de intimidarle el salto de la polémica más allá de la frontera, con el ministro de Fomento y los presidentes de la Xunta y de la Junta de Extremadura haciendo piña para defender la importancia de la unión de las dos redes de alta velocidad, Ferreira Leite sigue sin morderse la lengua. Dice que José Blanco tiene motivos de sobra para estar preocupado. Que no hay vuelta atrás en su propósito porque en juego está el endeudamiento de las arcas públicas portuguesas. "Es una hipocresía", asegura Nuno de Almeida, ingeniero, residente en Lisboa, que recuerda cómo la candidata salió de la política para trabajar en el banco español Santander. "Con el TGV, aquí siempre ha existido la idea de que si los españoles lo tienen, nosotros también", argumenta.

La negativa de la líder del PSD con los enlaces a Galicia y Madrid se ha convertido en la enésima burla que muchos analistas dedican estos días a la ex ministra por las supuestas carencias de su programa electoral, "que cabe en una hoja". Pero su popularidad está disparada gracias a las perlas del debate y de los días siguientes. Casi dos millones de portugueses vieron a la Margaret Thatcher lusa enfrentarse en Gato Fedorento a diez minutos de vídeos recopilatorios con sus errores de concordancia gramatical en sus discursos públicos.

La capital, el centro y el sur del país, nunca le dejaron a los conservadores portugueses muy buen sabor de boca. El voto fiel del PSD está en el norte, por donde precisamente circulará la conexión de la alta velocidad hacia Vigo. "Evidentemente -explica Anxo Guerreiro, analista político- que la conexión entre Lisboa y Madrid canaliza parte del debate, pero la de Oporto hacia Galicia es tan o más importante porque la zona se ha convertido en uno de los polos económicos más importantes del país y en ella se han asentado muchas empresas gallegas".

"Yo no comparto la posición de Ferreira Leite -indica Xosé Luis Barreiro Rivas, profesor de Ciencias Políticas-, pero no es del todo absurda". Ante una evidente necesidad, antes o después, de que los gobiernos cierren el grifo a la inversión pública para contener su deuda, "habrá que revisar proyectos en función de quién los paga y no de las necesidades del de al lado". "El problema -subraya el politólogo gallego y ex vicepresidente de la Xunta- es que quizás nadie haya estudiado a fondo la importancia de los proyectos para explicarlo".

A diferencia de España, en Portugal no existen autonomías. No existen demandas como la de la Xunta para exigir a Moncloa que ponga plazos realistas a la llegada de la alta velocidad. La voz la llevan las provincias y los concellos bajo la batuta del centralismo asentado en Lisboa, donde se mira a Madrid con cierto temor. La connotación de rechazo que Ferreira Leite le da a sus referencias al país vecino plantea dos preguntas. ¿Hay un resurgir del sentimiento antiespañol? ¿El nacionalismo entra la puja política portuguesa? "No existe ese pensamiento hacia España -cuenta Nuno de Almeida--. Forma parte del discurso del debate electoral, pero lo cierto es que ningún Gobierno portugués de izquierdas o derechas ha cambiado su política con el Gobierno español". "No creo que exista eso", opina también Barreiro Rivas, que recuerda que todo lo que se diga estos días hay que tomarlo "en clave de campaña". "Hay claves que se interpretarán al alza y claves para interpretar a la baja", insiste. "Eso estuvo muy presente históricamente, hasta costó arrancar una cooperación en materia cultural -indica Anxo Guerreiro-, pero ahora no; responde a lo ajustados que están en las encuestas y la candidata de la derecha hace lo posible por movilizar hasta el último voto".

Santiago Amorín es un conocido empresario portugués asentado en Vigo desde hace muchísimos años. Votante del PSD, esta vez esta "segurísimo" de que Ferreira Leite no se llevará su papeleta. "Es vergonzoso", se queja. "¿Cómo una persona que pretende dirigir un país puede referirse así a España?". Él, como el resto, está convencido de que la conexión del AVE es tan importante para un país, como para el otro. "Portugal no puede quedar fuera de la red ferroviaria europea", recuerda. Inversiones, turismo, captación de empresas... Sólo se le ocurren ventajas. "¿Sabes? Me acuerdo de cuando estudiaba en Santiago y me tenía que levantar a las seis de la mañana para llegar a las doce de la noche a Oporto -cuenta-. Portugal debe avanzar".

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