ÁNXEL VENCE
Nunca tal hiciera. Apenas 24 horas después de sugerir que todas las terminales aéreas podrían operar bajo el común nombre de "Galicia", el jefe del Gobierno gallego se ha encontrado con la rotunda oposición de los alcaldes de Vigo y A Coruña, celosos a la vez de su soberanía local y de la preservación de sus topónimos.
Poco importa que la idea parezca atinada desde el punto de vista del marketing, tan necesario para hacer frente a la muy hábil e ingeniosa competencia del aeropuerto de Oporto.
Esas son razones mercantiles que acaso carezcan del menor sentido en una Galicia que aún lleva tatuado en su ADN el mapa de la leira y el minifundio.
No sólo se trata del negociado de la aviación, naturalmente. En realidad, aquí tendemos a hacer todas las grandes obras por triplicado, como si echásemos de menos la vieja y felizmente abolida costumbre burocrática de presentar cualquier papel con original y dos copias. Émula del Espíritu Santo, Galicia es una y trina a la vez.
Tan curiosa estructura basada en la trinidad nos permite a los gallegos disponer de tres universidades, tres aeropuertos y quién sabe si también tres ferrocarriles de alta velocidad en un futuro más o menos próximo, ahora que tenemos a un paisano que está que lo tira en el ministerio de obras públicas. Cuestión distinta es que esta afición a triplicar las cosas resulte poco práctica para la gobernanza del país. Obsérvese el caso de las universidades, donde esa manía condujo a sus rectores a crear titulaciones duplicadas, triplicadas y hasta cuadruplicadas antes de averiguar si había alumnos suficientes para cursarlas.
Algo parecido podría ocurrir con los aeropuertos. Aunque su tamaño geográfico sea similar al de Holanda, la excéntrica Galicia no puede soñar ni de lejos con una terminal aérea como -un suponer- la de Schiphol, en Amsterdam, por donde transitan cada año cerca de 50 millones de pasajeros.
Sobra decir que el tráfico aéreo en Galicia es muy inferior a esa cifra, por razones fácilmente comprensibles. Ello no impide, sin embargo, que la oferta gallega incluya tres aeropuertos separados en algún caso por apenas cincuenta minutos de autopista. Todos ellos compiten entre sí, como es lógico, por la clientela; pero también se disputan las inversiones del Estado, los equipos antiniebla, las pistas de aterrizaje y cualquier mejora que pueda ponerlos en situación de ventaja frente a los otros.
Ningún reparo habría que oponer a eso, de no ser porque los tres aeropuertos gallegos han de hacer frente, cada uno por separado, a la competencia de otro situado en Oporto. La terminal Sa Carneiro no es precisamente la de Schiphol, pero aún así excede en número anual de pasajeros a la suma de sus tres teóricos competidores en Galicia, gracias -en parte- a los 500.000 viajeros galaicos que el aeropuerto del norte portugués logró captar el pasado año.
Lejos de disputarle su clientela, pongamos por caso, al de Lisboa, los gestores del aeropuerto de Oporto vieron un goloso mercado en la más próxima Galicia, donde llevan ya años desplegando hábiles técnicas de seducción. Transporte público, conexiones internacionales directas y hasta una sala VIP para los pasajeros gallegos son sólo algunas de las armas que explican el crecimiento de la terminal portuguesa y la paralela caída del tránsito aéreo en Galicia.
No es seguro que la unificación de los tres aeropuertos bajo el nombre común de Galicia (Calidade) bastase para revertir esta tendencia; pero sí se pueden cuantificar ya las pérdidas de tráfico que el actual sistema trinitario ha acarreado a todos ellos. Gajes de ser un reino donde todo se hace por triplicado y con póliza.
anxel@arrakis.es