ÁNXEL VENCE
Pobre, fané y descangallada como un tango, Galicia tenía hace un par de años a un 14 y pico por ciento de su población al borde de la penuria: o eso sostiene al menos un estudio sobre nuestras desventuras difundido ayer por el Instituto Galego de Estatística. Si en ese momento de prosperidad general andábamos tan malamente, forzoso será deducir que el porcentaje de menesterosos se habrá disparado como poco hasta el doble en este bienio negro de la crisis que ha dejado sin trabajo a millones de españoles y a más de cien mil vecinos de este reino.
Sorprendentemente, los números no parecen casar del todo con las apariencias. No se ven, desde luego, legiones de pedigüeños por las calles ni la delincuencia ha crecido exponencialmente como suele ocurrir en casos extremos de quiebra de la economía. Tampoco son estos -ni de lejos- los tiempos de franca escasez que empujaba a los gallegos a abarrotar los barcos con destino a América en un éxodo de más de siglo y medio de duración cuyas consecuencias está pagando aún este pequeño país tan maltratado por la Historia. Por el contrario, Galicia sigue atrayendo un cierto flujo de inmigrantes que, si bien módico en número, no deja de certificar la relativa capacidad de empleo que todavía sigue generando su maltrecha economía.
Verdad es que los efectos de la recesión se notan, y no poco, en las enflaquecidas cajas del comercio y en los apuros que sufren imparcialmente las empresas y los particulares para llegar a fin de mes. También en las crecientes cifras de paro que, aun siendo algo menores que la media de España, han de resultar por fuerza agobiantes para la economía de quien pierde su trabajo y con ello sus ingresos.
Nada de eso invita a pensar, sin embargo, que la tradicionalmente pobre Galicia se esté hundiendo ahora mismo en la miseria. No se trata de que los datos del instituto encargado de contar los pobres o de quienes sufren riesgo de serlo estén equivocados, naturalmente. Tal vez ocurra, sin más, que la pobreza es un concepto relativo por su propia naturaleza. Todo depende de con qué o con quién nos comparemos. Pobres de pedir, por ejemplo, son los ciudadanos de la mayor parte de África y -en general- los de los países del llamado Tercer Mundo, donde lo que se ventila cada día es la mera supervivencia. Para esas desdichadas gentes habría de resultar sin duda cómica, cuando no ofensiva, la comparación con cualquier miembro del club de naciones desarrolladas de este planeta, incluso si pertenece -como Galicia- a la periferia menos rica de Europa. Más que nada porque, aun en las épocas de mayores privaciones, los vecinos de este reino zarpaban de aquí en trasatlántico y no en patera.
Extraña pobreza parece, en todo caso, la de una tierra oficialmente pobre como la que alberga a la improbable tribu de Breogán. Proclaman las estadísticas que este es un país menesteroso o cuando menos, necesitado; pero esos números no se condicen gran cosa con el dato de que un 80% de la población disfrute de casa en propiedad. Y menos aún explican que Galicia pueda permitirse el lujo de tener desocupada una de cada tres viviendas. De tan sorprendente dato, desvelado hace apenas unos meses por el Consello de Contas, resulta fácil deducir que una parte no desdeñable de la población dispone aquí de más de una y hasta de dos casas además de su residencia habitual. Bien pudiera ocurrir -y seguramente ocurra- que la riqueza esté mal repartida como en todas partes, de tal modo que unos pocos o unos muchos acumulen la mayoría de las propiedades. Pero aun si así fuese, las preocupantes cifras de pobreza que arroja en Galicia el informe elaborado con anterioridad a la crisis no acaban de concordar con las apariencias: ni las este reino, ni las de cualquier otro de España. Pobres de nosotros, eso sí, si las estadísticas fuesen a misa.
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