ÁNXEL VENCE
Bandidos sin escrúpulos pero a la vez generosos, los piratas del Índico promueven imparcialmente el capitalismo y la solidaridad en tierras de Somalia si hemos de dar crédito a las últimas informaciones llegadas de ese país. Cuenta efectivamente un despacho noticioso de la agencia Reuters que la piratería ha generado una Bolsa de valores a cuenta de los rescates, lo que no obsta para que al mismo tiempo actúe como una clásica Organización no Gubernamental dedicada a proveer servicios a los más desfavorecidos.
Cuesta creer que el botín obtenido por los secuestradores del pesquero Alakrana se destine en parte a la construcción de hospitales y escuelas; pero eso sostienen las autoridades de Haradhere, pueblo que sirve de base a la próspera industria de la piratería en la costa norte de Somalia. Así lo afirma sin complejos Mohamed Adam, representante de la nebulosa autoridad local que en un país sin Estado ni apenas Gobierno acaso sea la única realmente existente. Asegura Adam que la actividad pirática es la principal fuente de ingresos de la zona; pero, lejos de considerarlo una anomalía y mucho menos un delito, valora el hecho de que una parte de los rescates vaya a parar a las arcas municipales. Con ese presupuesto se financiarían, según él, las obras de las que tan necesitado está el país, incluyendo hospitales y escuelas públicas. Creerle o no ya es cuestión de fe.
Los piratas son por su propia naturaleza una organización no gubernamental, pero nadie hubiera sospechado que también ejerciesen labores benéficas propias de una ONG. Más sorprendente aún que eso resulta aún el hecho de que la piratería haya alumbrado un mercado de valores -a su manera, una Bolsa- en un país situado en medio de la nada y de la devastación como Somalia.
Así parece ser, sin embargo. Del mismo modo que las bolsas occidentales especulan en el mercado de futuros, los pobladores de la costa somalí han descubierto el discreto encanto del capitalismo mediante la creación de un fondo cooperativo con el que se financian los asaltos a los pesqueros, mercantes, petroleros y cualquier otro buque que se arriesgue a navegar por aguas del Índico o del Golfo de Adén. Abierta 24 horas al día, la Bolsa de Haradhere permite a cualquier inversor comprar acciones y retirar los correspondientes beneficios una vez que el secuestro concluye con éxito.
Prueba gráfica de ello es la fotografía difundida estos días por la antes mentada agencia noticiera en la que se observa a un grupo de accionistas -digámoslo así- a la espera de recoger los beneficios derivados del rescate del Alakrana. La imagen recuerda extraordinariamente a un tradicional corrillo de la Bolsa, si bien las transacciones se realizan allí al aire libre y a la puerta de un antiguo banco.
Naturalmente, el negocio va viento en popa y a toda vela, como en la célebre canción de Espronceda. La Bolsa de la Piratería que abrió sus puertas con sólo quince bandas operando en el parqué ha multiplicado en muy corto tiempo el número de empresas cotizadas, que ahora suman ya más de setenta. Cierto es que estos ásperos tratos comerciales no dejan de quitar romanticismo a la imagen de los piratas, pero a cambio les dan una cierta pátina de seriedad a su negocio en la medida que tratan de tú a tú -y a menudo exitosamente- con algunos de los Estados más poderosos del mundo. Por si ello fuera poco, se han ganado las simpatías de la población al crear un cuantioso número de accionistas en Bolsa, con lo que se socializa en cierto modo la distribución del botín. Algo similar, salvadas las insalvables distancias, a lo que ocurrió en su día con los contrabandistas gallegos.
Mitad ONG y mitad empresas situadas en el mercado de valores, las bandas de piratas cotizan cada día más al alza en la Bolsa del delito. Quizá sea necesario algo más que una operación Atalanta para acabar con ellas.
anxel@arrakis.es