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CARMEN VILLAR | SANTIAGO Ni siquiera pueden aspirar a hacerse con el favor del Apóstolo Santiago. Los centenares de ganaderos gallegos que permanecen atrincherados en la explanada del mercado de ganado de Salgueiriños, a dos pasos de la Xunta, intentaron ayer, sin éxito, franquear las puertas de la catedral para pedir al santo cabecera de Galicia y de España que intercediese por su causa. Agentes de la policía les impidieron el paso, a pesar de que su único objetivo era, según señaló uno de sus portavoces, José Agra, realizar una "visita turística". El medio centenar de compañeros de Asturias que vino a ofrecerles su apoyo moral capitaneados por el fundador de Gandeiros Unidos, Pedro Egocheaga, también tendrá que esperar a una mejor ocasión para entrar en la basílica compostelana.
Luis Ríos, otro de los portavoces del colectivo, pone esta situación como ejemplo del trato que sufren los productores de leche, a los que se les ha negado también la posibilidad de montar una carpa en la explanada a pesar, dice, de tener una licencia para ello. El único refugio en el que pueden guarecerse lo conforma el precario aislamiento de la cabina de sus tractores y el calor que les ofrece alguna que otra escapada a algún bar cercano.
Andrés Señarís, de Cerceda, confirma su impotencia con otras palabras: "No tenemos voz". Y es que al más de un millar de productores de leche vinculados en Galicia a la asociación Gandeiros Unidos el acuerdo que firmaron los sindicatos agrarios con la industria y la distribución en Madrid este verano les parece "papel mojado", humo, porque nada se ha cumplido.
Según afirma Ríos, lo de que se han firmado nuevos contratos homologados por millares es una falsedad, una afirmación que extendió al resto de las medidas supuestamente suscritas en Madrid, como la de garantizar el control de la trazabilidad del producto, para añadir que los precios de la leche han descendido todavía más desde entonces. Gandeiros Unidos, explicó, es la respuesta de los productores al monopolio de la negociación por parte de los sindicatos. Como afirma Antonio Madriñán, ellos quieren negociar sin intermediarios, aunque no les dejan, porque su objetivo no es hacer política, sino sobrevivir.
"La gente va a aguantar aquí porque no tenemos a quienes hagan política por el medio", explica Ríos, "porque ahora no están los sindicatos para mandarnos para casa". Los ganaderos le rodean y asienten. Ramón Ares, de Lousame, dice en voz alta: "Vamos a permanecer aquí hasta morir. Porque mejor morir aquí que morir de hambre".
Llamada de socorro
Su caso es prototípico. Su mujer y él se hacen cargo de una explotación mediana. "Lo que nos pagan por la leche es una miseria. Vamos a la bancarrota", explica. Su supervivencia tiene ahora un nombre: la libreta de ahorros, pero el flujo se detendrá algún día y todavía están pagando los plazos del tractor. "Y si tenemos que cerrar, ¿a dónde voy yo con 56 años? ¿Quién me va a dar trabajo?"
Sus compañeros de Tordoia y Ordes, de su misma generación, tampoco ven escapatoria, tras ironizar como ellos se quedan a cuatro cabezas de ser mileuristas: "Antes aún podías intentarlo en la construcción, pero ahora..."
Este pequeño grupo lanza un SOS al Gobierno: si no suben los precios, hacen falta más subvenciones. Porque, afirman, "tienen más ayudas los albergues del Camino que nosotros". Pero el caballo de batalla de estos productores es la competencia "desleal" de leche francesa. Para Ríos, la solución es cosa de "cinco minutos" y pasa porque el Gobierno obliga a los que importan la materia prima del país galo a abonar los mismos precios que allí. "Ellos allí la venden a 0,70 y aquí a 0,45 o a 0,50", remarcó.
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