ÁNXEL VENCE
Aunque el correspondiente decreto ley esté pendiente de publicación en el BOE, el presidente Zapatero adelantó ayer que la crisis ha quedado abolida en España. Ya pueden ir preparándose los parados para escoger entre los miles de puestos de trabajo que de aquí a nada saldrán a oferta en las oficinas del INEM tras este breve -si bien doloroso- período de recesión.
Asegura en efecto el jefe del Gobierno que la economía española volverá a crecer de manera "inminente" con la feliz consecuencia de una multitudinaria creación de empleos. Inminente es, según el diccionario de la Academia, aquello que va a suceder enseguida, de tal manera que estamos a punto de dejar atrás los apuros económicos y laborales en los que se metió este país por culpa del derrumbe de la construcción y sus secuelas en la banca.
Habrá quien opine que las crisis no se resuelven por decreto ni porque lo diga un presidente, pero eso es tanto como desdeñar las capacidades adivinatorias de Zapatero. Craso error. Cumple recordar que a finales de 2008 -el 28 de diciembre, para ser exactos- el primer ministro español ya había anunciado proféticamente el término de la crisis para la segunda mitad de este año. Ahora que el 2009 da sus últimos estertores, es natural que Zapatero considere "inminente" el retorno a los tiempos de bonanza. Y es que sólo quedan unos días para que se cumpla su feliz augurio.
Bien es verdad que el jefe del Gobierno no siempre ha acertado en sus pronósticos sobre la marcha de las finanzas. En febrero del pasado año, sin ir más lejos, Zapatero sostenía aún que España no corría el menor riesgo de caer en la crisis y a lo sumo estaríamos ante una suave desaceleración. Hablar entonces de crisis era en su opinión una "falacia" difundida por los apóstoles del "catastrofismo". Por el contrario, la economía de este país carburaba en aquel momento con tal intensidad que ya habíamos superado a Italia en renta per cápita y sólo era cuestión de tiempo -cinco años, como mucho- que dejásemos atrás a la mismísima Francia. Palabra de presidente.
Zapatero tardaría aún varios meses en admitir que España padeciese problemas económicos de algún tipo. Acuciado por una impertinente entrevistadora en cierto plató de televisión, acabó por conceder que tal vez existiera una crisis -"como ustedes quieren que la llamen"-, para garantizar acto seguido que aun en ese caso "la gente no va a pasar necesidad alguna".
A partir de entonces, la ingeniería lingüística del Gobierno se ocupó de idear ocurrentes nombres para no tener que mentar la bicha de la crisis. Así supimos que España estaba en "desaceleración" antes de entrar en una desconcertante "desaceleración acelerada" que finalmente desembocó en un no menos paradójico "crecimiento negativo". Al gabinete gubernamental de creación de frases ya sólo le faltó decir que llovía hacia el cielo.
Infelizmente, la realidad -siempre tan inoportuna- acabaría por imponerse a la fronda de palabras con las que el Gobierno intentaba disfrazarla. Víctima de ese desencuentro, el anterior ministro de finanzas Pedro Solbes perdió su cartera en la remodelación del Consejo decidida por Zapatero el pasado mes de abril, tras constatar que, efectivamente, el país estaba en recesión. Pero ni siquiera en ese difícil momento renunció el presidente a su tradicional optimismo. Lejos de caer en la depresión, el jefe del Gobierno dijo entonces que ya "vislumbraba" el final de la crisis y que en los próximos meses -estos en los que andaos- comenzaría a amainar el azote del desempleo.
Risueño y animado ante la adversidad como de costumbre, Zapatero declara ahora que la crisis que nunca existió está ya a punto de finiquitar. Queda abolida, pues, la recesión. Los pajaritos cantan, las nubes se levantan y por el mar corren las liebres a la misma velocidad que las sardinas por el monte.
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