ÁNXEL VENCE
Cuando la cumbre del Clima estaba a punto de naufragar por sobredosis de ecologistas en Copenhague, ha tenido que ser un gallego -¿quién, si no?- el que pusiera orden y razón en ese guirigay que reúne a políticos, científicos y salvaplanetas de todo el mundo. En medio del caos y el desacuerdo global que hizo dimitir a la presidenta del cónclave emergió, en efecto, la figura del alcalde vigués Abel Caballero con una propuesta que, si bien módica en su alcance, tal vez contribuya a zurcir el roto causado por el CO2 en la fina capa de ozono de la atmósfera.
La medida que ayer presentó Caballero ante los miles de asistentes a la multitudinaria asamblea es aparentemente simple, pero no por ello menos eficaz. Consistiría en que todos los alcaldes de Europa aparcasen durante un día a la semana el coche oficial para usar el transporte público. Los chóferes serían los primeros beneficiados por esa jornada de libranza, pero sobre todo habría de salir ganando la limpieza del aire gracias a la parada general de motores y al descanso de los tubos municipales de escape.
Todo ello sin contar, naturalmente, el propósito ejemplar del gesto con el que Caballero pretende estimular a toda la población a hacer lo mismo. Calcula el alcalde vigués y presidente de la Red de Ciudades por el Clima que si todos los habitantes de las ciudades renunciasen un día de cada siete al uso del coche se reducirían en una quinta parte las emisiones de gases automovilísticos a la atmósfera. Una proporción nada desdeñable que sin duda ayudaría a evitar el recalentamiento del planeta y el temido desguace de los polos en cubitos de hielo.
Ciertamente, la iniciativa podría ser aún más provechosa si los ediles desistiesen de circular en sus vehículos de respeto todos los días de la semana, pero esa sería acaso una medida en exceso drástica y poco viable dadas las necesidades de representación de los alcaldes e incluso los tenientes de alcaldía.
Menos probable resulta ya que los ciudadanos imiten el ejemplo de sus gobernantes para dejar también el auto en el garaje un día por semana. En buena lógica, la llamada gente de a pie, que somos casi todos, debiera preferir el uso de las piernas como medio de transporte; pero tan razonable propósito choca a menudo con las urgencias del tiempo, con la distancia e incluso con la torturada orografía en cuesta de algunas ciudades como, un suponer, Vigo. La alternativa habría de ser más bien un eficiente servicio de transporte público que por sí mismo convenza a los ciudadanos de sus ventajas frente al uso del coche; pero se conoce que en ese aspecto aún quedan detalles por mejorar. Y tampoco los ayuntamientos van a estar en todo.
Como quiera que sea, la irrupción de Abel Caballero en la escena internacional no sólo sitúa a Galicia en un foro tan vistoso como el de Copenhague, sino que a mayores confirma el nacimiento de una nueva figura de la política municipal en este país.
Durante décadas, el alcalde por definición de la vieja tribu de Breogán fue sir Francisco Vázquez, fundador y presidente de la República Herculina que servía de contrapeso socialdemócrata al conservador Reino de Don Manuel. Fiel a su destino, el ex alcalde coruñés ejerce ahora de embajador en otra Ciudad Estado, la del Vaticano, donde acaso pueda dar algún consejo basado en su anterior experiencia.
El vacío dejado por Vázquez tiende a ocuparlo su colega de Vigo, Abel Caballero. Si el primero urdió su ideología con los mimbres del coruñesismo, el segundo ha descubierto también los atractivos electorales del viguismo que en su día monopolizó el concejal Antonio Nieto (más conocido como Leri). De momento no ha alcanzado aún la masa de votos ni la popularidad de su referente coruñés, pero maneras no le faltan al Caballero que ya se está dando a conocer por tierras del príncipe Hamlet. El cambio climático da para todo.
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