JAVIER SÁNCHEZ DE DIOS | SANTIAGO
A pesar de que, como suele ser habitual en este tipo de circunstancias, las declaraciones de unos y otros repiten llamadas a la concordia primero, la convivencia después y, en definitiva, la necesidad de construir juntos un proyecto común, a estas alturas hay en Ourense -o para ser más exactos, en toda la Galicia política- dos hechos aceptados. El primero, que en la batalla por el control del PP provincial vencieron los Baltar José Luis, el padre, y su hijo José Manuel, que es su sucesor en la Presidencia. El segundo, que el derrotado ha sido el hasta ahora imbatible Alberto Núñez Feijóo.
Las razones para ese balance -que se niega, sobre todo desde el entorno del gobierno gallego y de la alta dirección del Partido en Santiago y en Madrid-, son evidentes. En la lista alternativa a la encabezada por José Manuel Baltar Blanco se integraron personas de la indiscutible confianza del staff Popular y, por lo tanto, de Núñez Feijóo; que no dijo en favor de quiénes se proclamaron desde el principio "hombres de Alberto" -de Jiménez Moran, el único voluntario desde el principio para enfrentarse al baltarismo- pero que tampoco hizo nada para desmentirlo. Intentó, explicaban sus exégetas, una posición au dessus de la melée, pero eso es imposible: en la derecha ourensana no hay neutrales, o se está con un Baltar o contra él. Eso es todo.
A partir de ahí, explicar por qué es así resulta tarea complicada. Se entrecruzan ideas y conceptos y se defienden posiciones que niegan los de enfrente con tanto énfasis como se sostienen las propias. Aunque serviría como resumen -ad simplicem quizá, pero serviría- el que dijera que de una parte hay tradicionalismo regionalista y rural -o que se llamó un día sector "de la boina"- y de otra el modernismo más próximo a la visión urbanita, ilustrada, que algunos designaron, como réplica, la gente "del birrete". Incluso hubo quien resumió más y dijo que lo que ha pasado fue una batalla entre los caciques históricos y la siguiente generación, la que les disputaba el poder; o sea, en versión adaptada a las circunstancias, algo parecido a lo que Von Clausewitz definía como guerra: la continuación de la política por otros medios.
Sería más sencillo decir que lo de este domingo en el PP de Ourense fue la revancha de la boina frente al birrete. Desde que Manuel Fraga optase, en 1989, por el galego coma ti como santo y seña para lograr su mayoría natural, el dominio de los galleguistas fue incuestionable: el viejo león de Vilalba sabía que el señoritismo urbano en Galicia votaba socialista y por tanto que su victoria pasaba por el irredentismo rural y por la ubicación, que dijo José Cuiña, en el borde mismo -pero por abajo, claro- de la autodeterminación. Y se inventó todo aquello de la Administración única, y el Senado de las Autonomías y la autoidentificación.
Fueron los años de gloria, de mayorías de 41 y 42 diputados, de hegemonía social indiscutible, de galleguismo lingüístico pactado por unanimidad y de esfuerzo por lo propio. Pero la edad, y el desgaste, y el Prestige dentro y la guerra de Irak fuera minaron al patrón que, convertido en problema para su partido cuando había sido solución, no supo retirarse a tiempo. Y perdió primero la mayoría absoluta -y con ella la Xunta- en 2005, y después gran parte de su legado. Desde el año siguiente, y tras un congreso en el que Nuñez Feijóo no tuvo rivales, porque o pactó con ellos o los destrozó antes de que lo fueran -José Cuiña, caído en desgracia cuatro años antes lo intentó, pero no pudo, y falleció poco después-, el birrete galopó sin tregua y arrinconó a la vieja guardia boinera en su último reducto ourensano. A la espera.
Queda dicho que, en una interpretación incompleta y que algunos creerán simplista pero que en el fondo explica mejor que las demás lo que hay, la batalla de Ourense fue la revancha de la boina. Pero una revancha que para los Baltar era imprescindible porque de haber perdido no habrían tenido opción, desaparecerían en un año de las listas y, por tanto, del poder, y sin otra alternativa que la aventura de la secesión o el olvido. Han ganado, pero casi todo el mundo cree que habrían necesitado un mayor margen, una victoria aún más indiscutible, un K.O. en vez de una decisión a los puntos. Sus adversarios -tan implacables como José Manuel y sobre todo José Luis: no en vano la máxima categoría de los peligros en política se sitúa entre los compañeros de partido, más aún que en los enemigos mortales- esperan otro round cuando llegue la hora de elaborar las candidaturas sabiendo que aquí la ventaja -en Madrid y en Santiago, que tienen la última palabra- es suya.
Ma non troppo, conste. La memoria histórica señala que la derecha gallega prefiere los votos a las ideas: a partir de fijar algunas, sencillas e inteligibles, las maneja con elasticidad suficiente para que puedan adaptarse a las exigencias electorales del entorno. Esa ha sido siempre la gran baza de quienes, como los Baltar en Ourense, Francisco Cacharro en Lugo y otros antes que ellos, sabían manejar: el papel de conseguidores -término preferible al de caciques- en una tierra en la que casi todo estaba por conseguir, y que les ha permitido compensar el apoyo que las ciudades le discutían, Y aunque las cosas han cambiado, el peso del rural es menor y la crisis cambia las estadísticas urbanas, lo que permanece en Galicia es un dilema sencillo: el PP, o gana por mayoría absoluta, o no gobierna. Y para la mayoría absoluta el voto de la boina, o si se quiere el que controlan los viejos caciques, es básico.
Más allá de Pedrafita, el resumen puede ayudar a dibujar una batalla entre buenos -Rajoy, Feijóo y la derecha moderna- y malos, que serían los Baltar y sus seguidores más o menos cautivos de la red caciquil. Pero conviene no olvidar que eso sería también simple, e incluso maniqueo: cuando se planteó el congreso provincial del PP de Ourense, el presidente de la Xunta y del Partido Popular en Galicia, Alberto Núñez Feijóo, le propuso a José Luis Baltar Pumar seguir al frente de la estructura que durante veinte años ha manejado y que incluye, por supuesto, la Diputación. Y la propuesta se sustentaba en razones de tipo electoral, para no perder votos y por tanto poder. Y también porque creía que el padre aseguraba mejor que el hijo ese objetivo.
Con todo, pocos creen en Galicia que la vieja derecha resista mucho más, aunque también es verdad que su persistencia dependerá de las cuentas que logre hacer Núñez Feijóo para prescindir de ella y aún así mantener la Xunta. Va a depender sobre todo del resultado, el año que viene, en las ciudades gallegas, porque si el birrete las conquista, estará en condiciones de llevar la boina a un museo etnográfico. Y hay incluso quien cree que si las pierde, con mayor razón podrá el presidente hacer una renovación sólo posible desde la cúspide del poder o desde sus extramuros. De hecho, la renovación de Núñez Feijóo fue en la oposición...
Casi toda.