EL ADIÓS DEL LÍDER DEL BIPARTITO

El hombre de los mil pactos

El ex presidente de la Xunta Emilio Pérez Touriño, acostumbrado a intentar acuerdos, no logró el que más quiso: la reforma del Estatuto de Galicia

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La renuncia a su acta de diputado por la provincia de Pontevedra, ratificada en las elecciones autonómicas del 1-M del año pasado, hace de Emilio Pérez Touriño uno de los pocos gallegos que, en la vida pública, dimite dos veces en un año. La primera como secretario xeral del PSdeG-PSOE, aunque los resultados no fueron peores para su organización de los que obtuviera en las autonómicas de 2005; la segunda, ayer, como representante ciudadano. Y ambas renuncias, curiosamente, en cumplimiento -dijo- de dos pactos: uno con los socialistas gallegos al perder el poder, y otro con sus electores para esperar un poco en irse

JAVIER SÁNCHEZ DE DIOS | SANTIAGO Uno de los aspectos probablemente más curiosos, incluso contradictorios, en la vida pública de Emilio Pérez Touriño, se refiere a su indudable habilidad para los pactos a pesar de un carácter complicado, a veces tormentoso, que, al decir de algunos de sus próximos, desembocaba en cóleras difíciles de soportar para algunos de sus subordinados. Las leyendas que acompañan casi siempre a la derrota hablan de colaboradores que se fueron prefiriendo menos sueldo, pero con sosiego a nóminas más elevadas, pero que no incluían un plus para la paciencia. Otros se quedaron hasta el final ante la sorpresa de muchos que nunca se explicaron la razón por la que quien no necesitaba ese trabajo lo hacía a pesar de todo.

Y aun así, Pérez Touriño fue un hombre de pactos. Esa habilidad le permitió crecer en la carrera de la res publica, ascender en el escalafón siempre complejo de la política y llegar a la cumbre a pesar de que carecía de una personalidad arrebatadora o, al menos, el sucedáneo más habitual: una oratoria brillante. Pero, en cambio, la naturaleza del oficio le dotó de un instinto particularmente afinado para distinguir las oportunidades y, sobre todo, de algo que el mismo Napoleón apreciaba más aún que el talento: la suerte, la fortuna que, al echar los datos en una apuesta arriesgada, separa a los triunfadores de los derrotados. Aunque, eso también, nunca fue mucho de alguna de las dos opciones.

Coruñés de la quinta de 1948, Pérez Touriño fue un joven universitario de izquierdas que, alentado quizá por Herbert Marcuse, por Gramsci y, desde luego, como tantos otros, por Carlos Marx, halló en la Francia de Nanterre y Daniel Cohn-Bendit, Dani el Rojo, aliento para cambiar el mundo, pedir lo imposible y, en definitiva, llevar la imaginación al poder. Incluso a pesar de que él, economista, teórico de especialidades muy concretas, tenía poco de soñador: quizá su primer pacto hubo de ser consigo mismo para compaginar el sueño que le impulsaba a los grandes cambios con el realismo que sujetaba sus pies en la tierra hostil de la dictadura.

En aquellos tiempos, si se quería hacer política desde la izquierda, había pocas opciones. En la rama sindical estaban las Comisiones Obreras y, en todo lo demás, el Partido Comunista, con sus terminales más o menos diferenciadas. Pérez Touriño, como tantos otros jóvenes rebeldes se alistó -porque, en realidad, al principio era más una leva que un alta como militante- primero en Bandera Roja y después en el PCG, en el que ya convivían tendencias, corrientes, familias y esa diversidad que en principio se alaba como riqueza hasta que aviva discrepancias y se convierte en mortaja.

Y cuando estalló la confrontación entre los que exigían ruptura o los que aceptaban una transición pacífica, Touriño supo colocarse, evolucionar y llegar a alinearse en aquella síntesis que se llamó Platajunta y que no fue sino un pacto para ver qué se conseguía por las buenas, ya que por las malas la cosa pintaba en bastos. Por eso, por saber estar donde había que estar, el después presidente de un gobierno surgido del pacto por antonomasia, la coalición entre PSOE y BNG, el bipartito, tomó parte en las conversaciones del Hostal para alumbrar el primer Estatuto de Autonomía de Galicia. Una experiencia que probablemente le marcó y con la que años más tarde se reencontraría.

Tras las experiencias de la transición, con dos victorias de la Unión de Centro Democrático que posibilitaron otro cambio, lo que algunos llamaron ruptura pactada con las urnas, y la victoria del socialismo realista de Felipe González ya en 1982, Pérez Touriño comprendió que el comunismo no era la solución ni para España ni para Galicia ni para él e inició su acercamiento al PSOE. No resultó traumático: le llevó a la vecindad y después al inquilinato: con Abel Caballero ministro, fue elevado a la jefatura de gabinete y después a una secretaría de Estado clave, la de Infraestructuras, que supo mantener después con otro ministro también proclive a los acuerdos, Josep Borrell, quien más tarde, en los años convulsos del postfelipismo, pereció políticamente a causa del fuego amigo -una filtración a El País le obligó a dimitir tras haber ganado las primarias para suceder al que fuera primer ministro socialista de los anteriores cincuenta años-.

Antes, la fortuna pareció agotársele a Pérez Touriño. En 1994 se vio acusado por Luis Roldán de haber tomado parte en oscuras maniobras de enriquecimiento personal aceptando sobornos del AVE -el famoso convoluto, en el que tuvo mucho que ver el embajador de la entonces República Federal Alemana en España-, pero nunca hubo ni pruebas ni procedimiento. Y Abel Caballero volvió a encontrarle: le ofreció incorporarse a su proyecto para conquistar la Xunta -el hoy alcalde de Vigo fue candidato a la Presidencia contra Manuel Fraga- sumando voluntades en un gran pacto de la izquierda que incluía a los ecologistas y algunos comunistas, y Pérez Touriño aceptó. Tras la debacle -el socialismo gallego obtuvo unos resultados pésimos, batido incluso por los nacionalistas-, el antiguo colaborador del ex ministro pactó con los restos del naufragio, se hizo elegir portavoz del Grupo Parlamentario desbancando a Abel Caballero y presentando firmemente su candidatura a nuevo líder del PSOE.

Lo consiguió en 1998, en el congreso celebrado en Ourense, con apoyos pactados a través de Carlos González Príncipe, el entonces gran barón del socialismo del sur galaico, y frente al otrora portavoz parlamentario y hoy embajador de España en Paraguay, Miguel Cortizo Nieto, al que, curiosidades del destino, respaldó Manuel Pachi Vázquez, después conselleiro con Pérez Touriño y hoy su sucesor en el PSdeG. Quizá por eso algunas filosofías orientales describen la vida de los humanos como un círculo.

Todo lo demás es historia muy reciente. Emilio Pérez Touriño buscó primero los acuerdos internos para consolidar su papel en un partido que no había tenido antes líder incontestable, y amagó ententes con el nacionalismo como alternativa a Manuel Fraga. No los consiguió con Xosé Manuel Beiras más que a nivel municipal y desde la desconfianza, y ni siquiera pudo hacer frente común con el BNG en crisis históricas como la de las "vacas locas" o el Prestige, con mociones de censura por separado.

Su gran oportunidad, la última, el gran pacto por la Xunta, surgió en 2005, cuando un anciano Fraga perdió la mayoría absoluta: el compromiso histórico coincidió con Anxo Quintana al frente del BNG y pudo hacerse para llevar a la izquierda otra vez al poder. Pero a partir de ahí los recuerdos están frescos: no fue un gobierno de coalición, sino dos gobiernos adosados, y en esas condiciones, el afán de Pérez Touriño por un Estatuto "de todos", por primera vez en la historia de Galicia, se frustró: el último pacto fue imposible. Lo demás es ayer.

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