ÁNXEL VENCE
Acosados por el reuma, las lagunas en la memoria y la oxidación general de las articulaciones, a los jubilados de Galicia ya sólo les faltaba que el Gobierno escarchase también sus pensiones a temperatura bajo cero. Infelizmente, así ha sido. La decisión de congelarles en 723 euros de promedio la paga de retiro acaba de dejarlos literalmente helados, con lo malos que el frío y la humedad son para los achaques reumáticos propios de esas edades.
Más aún que la mordida al sueldo de los funcionarios, la parálisis general de las pensiones es tal vez la disposición gubernamental que más va a afectar a Galicia. Uno de cada cinco gallegos sobrepasa ya la edad de jubilación: y ese padrón de senilidad tiende a crecer aquí por mera ley de vida a cada año que pasa. Las funerarias trabajan a ritmo notablemente más intenso que el de los paritorios, de tal modo que ni aun las magras aportaciones de los inmigrantes alcanzan para enderezar la descalabrada pirámide de población de este país.
Podría esperarse que a mayor número de cotizantes y cobradores de una paga de jubilación, el importe de esta fuese más o menos aceptable, pero quia. Bien al contrario, los pensionistas gallegos disfrutan desde hace muchos años el dudoso privilegio de ser los que menos cobran entre los diecisiete reinos autónomos de España. Tras la última actualización -que en verdad pudiera ser la última- un jubilata galaico cobra por término medio la desaforada cantidad de 723 euros con 18 céntimos. Una cifra inferior en más de 25.000 pesetas mensuales a los 880,75 euros que de promedio perciben los retirados españoles y a muy notable distancia de los más de 1.000 euros que -también de media- perciben los afortunados pensionistas del País Vasco, Asturias o Madrid.
Un poco tardíamente, pero no por ello con menos contundencia, el Gobierno ha aceptado seguir por fin las recomendaciones que desde hace casi una década vienen formulándole la OCDE, el FMI y otros sádicos organismos internacionales para que sea "menos generoso" a la hora de retribuir a los ancianos. Abogaba en particular la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico por la necesidad de que las autoridades faciliten el despido de los trabajadores con el propósito sólo en apariencia paradójico de que así baje el paro y aumente el número de empleos. No contenta con ello, la malévola institución extendió también sus crueldades a los pobres jubilados que, al parecer, son unos manirrotos y hasta puede que naden en la abundancia a costa del Estado.
Igual no les falta razón a los finos analistas de la OCDE. Dar una paga de 723 euros a los gallegos ha de ser tanto como incitarlos a la disipación y el derroche, con las nefastas consecuencias que ello habría de acarrear a la buena marcha del déficit público y a las finanzas de España en general. Fácilmente se deduce que una pensión de ese calibre tentará a sus beneficiarios para embarcarse en cruceros de lujo por el Caribe y a gastar los dineros que tan trabajosamente les proporciona el Gobierno en agotar cosechas enteras de Albariño y de champán La Veuve Cliquot, en el caso de los más dispendiosos.
Por fortuna, la autoridad al mando ha decidido tomar cartas en el asunto y meter en la nevera esa pensión de fabuloso importe que hasta ahora permitía vivir despilfarradoramente de sus rentas de 723 euros a los 719.000 jubilados que disfrutan de los placeres de la vida en Galicia. Poco importa que tal sueldo de retiro no sea en modo alguno un regalo, sino el producto de las contribuciones que durante largos años de trabajo han aportado al tesoro de la Seguridad Social. Pamplinas. Ahora que vienen malos tiempos, justo es que también a ellos se les obligue a apretarse el cinturón, por más que la congelación de pensiones pueda acentuarles el reuma. Suponiendo, eso sí, que todavía les quede algún agujero en el cinto para ajustárselo.