ÁNXEL VENCE
Ahora que el verano se agota y se agosta en los últimos días de la temporada, a los gallegos nos queda al menos el recuerdo de las tropecientas mil fiestas gastronómicas que -como todos los años- han convertido a este que un día fue reino de la negra sombra en uno de los países más parranderos del mundo. Entre romerías, fiestas, verbenas y bacanales a la mayor gloria de los productos de la tierra, Galicia acumula una de las mayores cuotas de regocijo de la Península: con crisis o sin ella.
Lo curioso del asunto es que la fiestera Galicia padecía hasta no hace mucho una justa fama de país deprimido e incluso deprimente que ponía en fuga a sus propios habitantes tan pronto estaban en disposición de subirse a un barco con destino a América. Nada más lógico. Aquel era el reino de la espantable Negra Sombra, de las plañideras de Cangas, de los dolientes versos de Rosalía, de la Santa Compaña, de la larga noche de piedra y de las viejas labradoras embutidas de por vida en el eterno luto del campo. Lo más parecido posible, salvadas las distancias geográficas y culturales, a cualquier país islámico de los de ahora.
Ha querido la suerte que de aquella negra Galicia sólo se pueda hablar hoy en pretérito -naturalmente imperfecto- por la simple razón de que ya no existe. Durante las últimas décadas se produjo en este extremado país una inversión de valores y costumbres lo bastante radical como para que la otrora afligida tribu de Breogán haya pasado a ser uno de los territorios más jaraneros de España. No se trata tan sólo de las apariencias. El dato vino a confirmarlo con la objetividad de los números y la estadística una clasificación difundida no hace mucho en la que Galicia ocupaba el cuarto puesto entre los diecisiete reinos autónomos en lo tocante al número de empresas dedicadas al ocio y el entretenimiento. O a la fiesta, por decirlo de un modo coloquial que acaso se entienda mejor.
Tan sólo Madrid -que por algo es capital-, Cataluña y, naturalmente, Andalucía, ocupaban mejores posiciones que Galicia en este placentero ramo de la industria del pasatiempo. Inmediatamente después de este tridente peninsular del jolgorio y en puestos de liga de campeones de la juerga estarían ya los gallegos a los que, aparentemente, les corre prisa quitarse de encima el estigma de la negra sombra que los asombraba.
Probablemente muchos lo sospechasen ya, a la vista de la desaforada exuberancia de fiestas gastronómicas, romerías, banquetes y ferias en las que anda metido el paisanaje desde que el cocido de Lalín abre la temporada en febrero hasta que el marisco de O Grove la cierra en octubre. La confirmación meramente estadística de nuestra querencia por la fiesta ya no constituye sorpresa alguna a estas alturas.
Todo esto convierte en definitivamente anacrónica la vieja división del trabajo -y del ocio- según la cual Vigo trabajaba, Pontevedra dormía, Santiago se entregaba a los rezos y sólo Coruña mantenía en alto la bandera de la diversión. Superado por los hechos ese tópico, lo cierto es que dormir resulta ahora imparcialmente difícil en cualquiera de las ciudades gallegas cuando llega el fin de semana. Incluso en la trabajadora Vigo es obligado abrirse paso a codazos hasta las atestadas barras de los bares del sábado.
Este es a fin de cuentas un país con las suficientes ganas de broma como para transformar la solemnidad propia del Año Santo en un mucho más divertido Xacobeo donde el ceremonial es oficiado por canónigos tales que los Rolling Stones, Muse, David Bowie, Pet Shop Boys o Eric Clapton. La antigua Galicia del luto y las lágrimas parece haber desaparecido como por encantamiento para dejar paso a un lugar en el que la gente va de fiesta en fiesta y las noches se encadenan con los amaneceres durante el verano. Tanto que, si esto sigue así, va a haber que redefinir el concepto de morriña.
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