El complejo puzle del nacionalismo

Los próximos comicios autonómicos pondrán a prueba el respaldo electoral del Bloque tras su traumática fractura interna y si una nueva alternativa nacionalista tiene cabida en la sociedad gallega

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Desde que la XIII Asamblea fracasó en su intento de recomponer la maltrecha unidad del Bloque, el frente nacionalista ha vivido cuatro meses repletos de convulsiones, sobresaltos y estampidas internas. Los últimos descalabros electorales llevaron al nacionalismo a exigir un cambio de rumbo pero el debate interno no logró poner de acuerdo a las distintas sensibilidades sobre el cómo ni el quién. Con las negociaciones entre los escindidos todavía abiertas, lo único claro es que los nacionalistas no acudirán unidos a las urnas. Una división, inevitable para algunos, peligrosa para otros, que abrirá el espectro electoral en las próximas autonómicas

M. VÁZQUEZ| SANTIAGO "Galicia no puede permitirse dos nacionalismos". Con esta contundente advertencia resumía Francisco Jorquera el 7 de febrero lo que muchos dirigentes del BNG no han dejado de repetir desde entonces: que no hay espacio para otro partido nacionalista. En cualquier caso, el acierto o el error de esta tesis, que pronostica el descalabro del nacionalismo gallego si encara el futuro dividido, se dirimirá dentro de unos meses en las urnas. Las autonómicas serán una prueba de fuego para el BNG, debilitado por las bajas de militantes y dirigentes críticos, pero también para las corrientes que apostaron por abandonar la que fue la casa común de los nacionalistas los últimos 30 años para impulsar un nuevo y arriesgado proyecto político, aún en plena gestación.

Desde que en 1997 el Bloque alcanzó su techo electoral, lo que le convirtió en líder de la oposición, su respaldo ciudadano no ha dejado de caer y el debate interno no ha logrado encontrar una solución a la sangría de votos que se constata tras cada cita electoral. La encrucijada nacionalista se empezó a resolver tras la última asamblea, con la derrota de la alternativa a la UPG y el goteo de abandonos, individuales y colectivos. Y aunque para muchos llega en el peor momento (con las autonómicas a la vuelta de la esquina y el PP, vulnerable por el desgaste de los recortes y las políticas de Rajoy), la ruptura es ya imparable.

La asamblea de enero no satisfizo a ninguno de los bandos. A los perdedores, la candidatura conjunta de Máis Galiza y Encontro Irmandiño, por su fracaso en un congreso llamado a ser el de la refundación de ideas y proyectos, y a los vencedores, la Alternativa pola Unidade de la UPG, porque los mensajes lanzados esa misma noche dejaban claro que el debate no había acabado allí. Y no lo hizo. A las pocas horas de su constitución, la nueva Executiva nacionalista tuvo que digerir las primeras bajas de militantes descontentos con el resultado de la Asamblea y diez días después, un peso pesado, la exconselleira de Vivenda Teresa Táboas, renunciaba oficialmente a su escaño en el Parlamento.

Fue la primera de una serie de bajas importantes, como la del exsenador Xosé Manuel Pérez-Bouza, la histórica líder sindical Lidia Senra, los alcaldes de Arbo, Maceda o Manzaneda, así como decenas de ediles y cargos municipales. Las bajas dejaron en el alambre una veintena de Alcaldías, en manos de Máis Galiza, irmandiños e independientes. Pero pese a la presión de la cúpula del Bloque, los alcaldes escindidos se mantienen en sus puestos.

Tras dos semanas de bajas y rumores, la fractura interna se hizo oficial. La primera en abandonar el barco fue la histórica Esquerda Nacionalista de, entre otros, Alberte Rodríguez Feixóo y Xosé Chorén, cuya cúpula acordó el 11 de febrero escindirse del BNG "sin vuelta atrás". Fue solo el primer golpe ya que al día siguiente el Encontro Irmandiño agravaba la crisis interna al decidir por aclamación abandonar el frente nacionalista y con él, su líder, Xosé Manuel Beiras, también dejaba la formación de la que fue el máximo referente casi 20 años.

De nada sirvieron las advertencias de la dirección del BNG sobre los peligros de las escisiones. Y ni siquiera el cambio de discurso de su líder, Guillerme Vázquez, que pasó de animar a todo aquel que quisiese dejar la formación a irse cuanto antes, a tender la mano a la corriente de Carlos Aymerich con promesas de integración, impidió que el 11 de marzo el 70% de Máis Galiza votase a favor de dejar el Bloque, en contra de la opinión del que, hasta entonces, había sido su líder.

Fue tras la salida de Máis Galiza cuando se empezó a fraguar el nuevo frente nacionalista de izquierdas que había propuesto Beiras al abandonar con los irmandiños el BNG. Los contactos entre ambos escindidos y otras corrientes galleguistas se sucedieron en el mes de marzo para formar un proyecto político progresista, con vocación asamblearia y regido por principios de regeneración democrática.

Nació así el Novo Proxecto Común, que aglutina a todos los sectores nacionalistas fuera del Bloque pero en cuya gestación se han implicado fundamentalmente cuatro: Máis Galiza, liderada tras su escisión por Xoán Bascuas; el Encontro Irmandiño de Xosé Manuel Beiras; Acción Galega, con Teresa Táboas y Pérez Bouza como referentes; y EcoGaleguistas, un espacio ciudadano sin estructura partidista. Las negociaciones siguen y el proyecto para lanzar una alternativa política al BNG va cogiendo forma. La semana pasada tres de estas agrupaciones sellaron su alianza para presentarse juntos a los comicios y hace unos días oficializaron ese pacto con el documento Compromiso por Galicia en el que apuestan por un proyecto de centroizquierda y de participación ciudadana. Faltan los irmandiños, partícipes del proceso pero que reivindican su propio ritmo y mantienen sus recelos ante una alianza que, según algunos, antepone las negociaciones entre las cúpulas al proceso asambleario.

A la espera de que se sume Beiras, el NPC mantiene su aspiración de presentarse a las autonómicas. Enfrente tendrá a un BNG tocado por las escisiones pero con un aparato político rodado, su gran baza frente a un proyecto nuevo. El resultado de esta lucha fratricida, en todo caso, se prevé clave para posibles alianzas tras las autonómicas, ya que ante una eventual pérdida de la mayoría absoluta por parte del PP, el PSOE dependería de un pacto con la fuerza (o fuerzas) nacionalistas que lograsen representación.

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