A. P. | ARTEIXO
Arteixo, a vista de pájaro, muestra profundos surcos. Son las cicatrices provocadas por la intensa actividad extractiva que soportó el municipio en los últimos treinta años, un pasado de barrenos y dinamita que marcó su paso de pequeña villa a corazón industrial de la comarca. Con los pies en la tierra, las heridas son visibles también en los hogares. En forma de grietas y voladuras que traen de cabeza a los residentes en lugares como O Moucho, Candame y Santa Icía, localidades en las que las detonaciones forman ya parte de la rutina diaria de los residentes. No son las únicas. En Rañobre, la necesidad de nutrir de granito al puerto exterior obligará a engullir la montaña que actúa como barrera protectora del núcleo. La profusa actividad de las canteras, frecuentemente al margen de la ley, ha forzado la intervención de la Xunta. La Consellería de Medio Ambiente e Territorio incide en su documento de referencia sobre el plan general en la necesidad de regularizar las canteras y garantizar "la compatibilidad de las mismas con las actividades existentes en la zona".