SELINA OTERO | VIGO
"Paraguas a bordo no, por favor, dan muy mala suerte en el catálogo de supersticiones de los marineros. Necesitamos ajos, para que la Virgen del Carmen nos guarde". La tripulación del Draco, un atunero de 96 metros de eslora y sólo tres años de vida, apura sus últimas horas en el muelle de reparaciones de Bouzas (Vigo) antes de partir hacia el Cuerno de África. Con la cubierta encharcada por el chaparrón, plantarse con un paraguas es pájaro de mal agüero; lo último que precisan estos pescadores de túnidos para calmar la tensión a la que están sometidos antes de levantar anclas mañana con rumbo al Índico.
"Zarpamos con más miedo que nunca, con el corazón en un puño, pero pescar hay que pescar; no podemos dejar que el miedo nos paralice", explican los hombres del Draco mientras hacen las labores de avituallamiento previas a cada marea; desde acumular víveres hasta cargar gasóleo o la puesta a punto de las máquinas. Saben que se dirigen al ojo del huracán, preocupados por los últimos acontecimientos en la cuna del pirateo. Conocen a los tripulantes del Alakrana, compañeros de faena a miles de millas de casa, y no quieren ni pensar el calvario que deben estar pasando encerrados en el comedor a la espera de que se negocie el rescate. "Hace unos días mataron al capitán sirio de un mercante. Como para estar tranquilos, vamos", comenta uno de los tripulantes gallegos en el puente de mando. "Lo que está claro era que uno de los nuestros iba a caer. Fueron muchos intentos seguidos; les pillaron con las redes largadas y les tocó", añade el patrón de pesca, José Antonio Barragán, el único vasco del atunero.
Port Victoria
En el casco del barco, de un azul marino impecable que hace fe a su minoría de edad (construido por Astilleros Freire hace tres años), se lee Draco: Port Victoria (capital de las Seychelles). Allí está abanderado este reluciente atunero, con 33 camarotes individuales, equipado con la más alta tecnología y un puente de mando de lujo, una brillante cocina de acero inoxidable y dos comedores: uno para marinería y otro para oficiales. Pertenece a Mar de Hydra, una sociedad compuesta por miembros de España y las Seychelles (con otras dos embarcaciones que faenan en el Atlántico) y suele arribar a puertos de esta isla o a Madagascar, siguiendo siempre la estela de los bancos de atún. Son 30 hombres: 14 gallegos, un vasco y el resto de la tripulación procedente de Ghana, Chile y Senegal.
Les llevará 15 días alcanzar la temida ruta donde operan los bucaneros somalíes. Atemorizados por lo que pueda ocurrir en esta marea, que si todo va bien durará cuatro meses, prefieren hablar lo menos posible del peligro. En el fondo, saben que son carnaza para las bandas organizadas del nuevo pirateo: un atunero lujoso, joven, con inmensas posibilidades de pesca y, sobre todo, desarmado. "Es que cuanto más hablemos, más información les damos a los piratas", comenta, preocupado, uno de los tripulantes. "Da igual, si están interesados en nosotros tienen una sofisticada red informativa para encontrarnos", contesta, resignado, su compañero de travesía.
La única defensa que llevan es estar atentos al radar, a los equipos de comunicación y a los avisos de los buques que participan en la operación Atalanta, que se mueven continuamente por la zona de riesgo para asistirles en caso de peligro. "Es difícil que estos barcos lleguen antes de que los piratas te asalten. Esta gente actúa muy rápido. Y si tienes el aparejo en el mar, olvídate; estás perdido", explica el patrón de pesca. Todos coinciden en que llevar soldados a bordo es la mejor defensa posible y Francia es la prueba: desde que el Gobierno les puso efectivos no han sufrido ataques.
El Draco tiene que someterse a las leyes de las islas Seychelles, en donde está abanderado y, de momento, no han recibido respuesta a la petición. El AIS (Automatic Identification System) reconoce los barcos próximos.
Si aparece una embarcación imposible de identificar, es una clave de alerta para la flota, pueden ser ellos: los piratas somalíes con fusiles.