ANTÓN LUACES
Un buen desayuno en el que no falta la caballa ahumada, el queso de cabra dulce y de color marrón, la fruta y el café (en su defecto la leche) es el paso previo a la salida del pesquero Friton del puerto de Grimstad, en el suroeste de Noruega. Hace frío, intenso frío, a pesar de ir bien pertrechado de ropa de abrigo. Los pescadores noruegos se ríen porque, para ellos, cuando el sol -estos días da aires primaverales al otoño escandinavo- ya es visible desde las 5 de la mañana, 1 grado bajo cero es una temperatura "no mala".
Los pesqueros de bajura noruegos, con casco de madera son lo más parecido a la mitad de una cáscara de nuez. Altos, con mucha arboladura, proa poco airosa y popa como culo de vaca, son no obstante absolutamente seguros. Los tres marineros -cada vez hay menos, en Noruega- que componen la tripulación del Friton, no entienden que barcos gallegos de nueva construcción vuelquen y se hundan y causen muertos y desaparecidos incluso en aguas calmas.
Comparan la estructura de sus 8 o 9 metros de eslora en madera bien ensamblada y pintada o barnizada, tratada para evitar podredumbre y filtraciones de agua, con la fibra que -cada vez más- es utilizada para la construcción de los pesqueros de Galicia. Tampoco ellos, los noruegos, encuentran una explicación y se refugian en el socorrido "cosas de la mar".
Algunos barcos pasan a nuestro costado con nasas que recuerdan -vaites, vaites- a ataúdes de madera, hierro y red. Van al marisco, con especial atención a la langosta, que este mes de octubre se puede capturar. El Friton tiene como pesca objetivo la caballa y, si aparece, el bacalao. Estamos en Skagerak, a escasa distancia -dos o tres millas- de la costa. Son perfectamente visibles las casas y sus luces mortecinas.
Casi se huele el olor del café que preside el desayuno de tantos noruegos que, a esa hora de la mañana, han echado pie a tierra y se disponen para el trabajo.
Los jardines, las fincas, las cunetas, las inmensas moles de granito negro acerado, coronadas de pinos, abedules, castaños y almendros, conservan una importante capa de hielo acumulada durante la noche. La cubierta del Friton, también. Las manos, enguantadas; la boca y la garganta, embufandadas; la cabeza -carente ya del pelo que un día la cubrió- enfundada en un gorro de lana bicolor. Los noruegos, casi a pelo. Están habituados y las bajas temperaturas son, para ellos, una sopa de pescado templada: un simple jersey grueso sobre una camiseta y hale, hop!, a la labor. Se largan las redes, un pequeño compás de espera en el que no falta el café y una tosta de pan con mantequilla y, otra vez en cubierta, manos ligeras para cobrar el aparejo a base de un sistema de rodillos -artilugio muy distinto a nuestra maquinilla- por el que pasa el cabo de la red y, a continuación, el cope izado a bordo como en una tirolina y la rapidez de las manos de los tres marineros y el patrón. Un "tripulante" contempla el trabajo de los demás y espera el resultado de su trabajo: mucha caballa de buen tamaño con apenas valor económico y algunos ejemplares, pocos, de bacalao que, en su mayoría, devuelven a la mar. Calculo que no superan los 30 centímetros. Mala pesca. El siguiente lance no mejora el precedente. Tampoco el tercero. Caballa grande, bacalao pequeño. Vuelta a puerto. Pocas coronas como premio. El destino de caballa, casi seguro, el fileteado y ahumado. Esta zona de Noruega huele, estos días, a humo y, otra vez, a café.
Mañana será otro día y, con un poco de suerte, picará el bacalao que después se irá a España, Portugal o Brasil, entre otros países.
Pero aquí también hay quejas por los precios, el mucha caballa y el poco bacalao. Eso sí: los españoles ya no tienen la culpa.