ANTÓN LUACES
Tras muchos años de dedicación a la mar y partiendo del íntimo deseo de huir del morbo para hacer llegar al lector parte importante de lo que realmente acontece en la mar, se encuentra uno en esa situación extraña de tener que elegir para establecer un criterio que poder trasladar a quien, cuando menos, detiene su mirada en esta página y, por una u otra causa, se queda en ella los minutos suficientes para sentir de cerca lo que de reflejo tiene en ella la mar de cada día.
Y me explico: desde que existe la Dirección General de la Marina Mercante, se han responsabilizado de ella personas que, en muy contadas ocasiones, tuvieron la oportunidad de recibir en el rostro los rociones que, en días de navegación, acumula un profesional a bordo de un buque.
Los nombramientos para el tal cargo es probable que se produzcan más en función del pago a los servicios prestados en otros departamentos e incluso el grado de amistad que una al ministro de turno con el elegido/a, que en reconocimiento a una preparación, un conocimiento, un saber de qué va la "cosa" marítima en el electo/a. Y así va esa "cosa". Ingenieros, abogados, magistrados... todos pueden asumir un cargo de tales características, aún a sabiendas de que, por su desconocimiento de la materia, habrán de echarse en brazos de aquellos que, desde los tiempos de Lobeto Lobo al frente de la institución, hicieron camada, criaron a sus cachorros y convirtieron la DGMM en un pesebre del que se nutren cuando quieren y del que pueden participar sólo los por ellos elegidos.
Por eso se puede entender que algunos de los elegidos-designados-a-dedo hubieran optado por escurrir el bulto cuando más necesaria era su intervención y delegar en el macho alfa (casi siempre es un hombre el que ordena en la DGMM) la toma de decisiones. Que, luego, como ocurrió en el caso Prestige, es necesario un arranque de valentía y asumes una responsabilidad que, aún correspondiéndote, no es exclusivamente tuya, pues va en la paga mensual y hasta en la hombría de bien. Pero es que lo cotidiano no se sirve en bandeja de plata, como dicen que se sirvió la cabeza del Apóstol. El quehacer diario, si bien puede precisar de decisiones políticas, requiere de un conocimiento amplio de lo que la mar otorga o te arrebata. Y esto se mama en la mar, no en un despacho; esto se aprende de los pantocazos y no de los amortiguadores del coche oficial; se aprende del viento y la mar montañosa y no de remar en el parque madrileño del Retiro o de navegar a vela en el lago de una urbanización privilegiada; se aprende del conocimiento del sextante como recurso y no de una simulación en el canal de experiencias y con un ordenador por medio.
Porque la mar no es virtual y, por tanto, no siempre responde a unos parámetros establecidos. Es tan real la mar, que la moqueta del despacho oficial nada tiene que ver con la cubierta de un buque y las varias capas de pintura que intentan tapar hasta los poros del acero con la que está construida.
Conclusión: marinos a bordo de ese buque tantas veces al garete que es la DGMM, y que la mano que un día llevó un timón, no tiemble a la hora de tomar decisiones profesionales y establecer el rumbo a seguir. Aunque para ello tenga que fondear a alfas, betas y hasta omegas de una camada que, a la hora de la verdad, ayudan a escurrir el bulto hasta que un juzgado aprieta las tuercas y exige responsabilidades que, a tales alturas de la película, no asumen ni los de más arriba ni los que están por debajo a la espera de un nuevo pazguato al que enseñar que la mar estaba salada, como en la popular canción infantil.