ANTÓN LUACES
Desde hace meses, los habitantes de esa gran ciudad isleña del sureste asiático que es Singapur se han quedado sin horizonte, tapado éste por los mástiles y estructuras de miles de buques cargueros y petroleros procedentes de la práctica totalidad de puertos del mundo. Son tantos los buques fondeados frente a la costa singapureña, que sólo se pueden comparar en número a la totalidad de las flotas de las armadas de Estados Unidos y Reino Unido, juntas.
La mar se ha convertido en Singapur en un enorme fondeadero de buques de todo tipo que permanecen a la espera de que alguien señale, sin error, que la crisis económica mundial se ha superado. Hasta entonces permanecerán ahí, donde apenas hay tormentas y los precios permiten, todavía, combustible y reparaciones relativamente baratos, además de no tener que pagar absolutamente nada en concepto de tasas portuarias por el fondeo en los exteriores del puerto.
En el Daily Mail, Simon Parry se refiere a estos millares de barcos sin vida como la "flota fantasma de la recesión", por cuanto cargueros y petroleros han arriado anclas en la zona desde que se inició la crisis mundial y el intercambio de mercancías se quedó en el papel.
Los buque están en lastre y sus tripulaciones en tierra (en el paro o a la búsqueda de empleo alternativo hasta que suene la sirena). A bordo permanecen sólo vigilantes que intentan evitar cualquier acto de piratería.
Los navieros, propietarios de esos buques fantasma, quieren recuperar aquellos precios que, hace un año, permitían fletes de buques de 80.000 toneladas por 50.000 dólares, reducidos por la recesión a la décima parte.