El fin del secuestro en el Índico 

´Miedo no, pero ya nada será igual´

Los marineros gallegos que relevarán a los secuestrados parten hoy hacia las islas Seychelles para embarcar en el atunero

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Paulino Veiga, Antonio Costas, Ángel Blach y Elías Gallego, antes de preparar sus maletas. / carlos pereira
Paulino Veiga, Antonio Costas, Ángel Blach y Elías Gallego, antes de preparar sus maletas. / carlos pereira 

Las jornadas laborales en los atuneros del Índico son duras, de cuatro de la madrugada a seis de la tarde. Si a este horario se le añade la distancia del hogar y los periodos sin ver a la familia, se convierte en una profesión estoica y si, además, existe peligro de secuestro, ya es despiadada. Los tripulantes del 'Alakrana' que parten hoy a las Seychelles para dar el relevo a sus compañeros son conscientes de ello. Por eso esta vez tomarán el avión con menos ganas que nunca y con sus esposas e hijos rogándoles que no vayan

C. GONZÁLEZ / N. PILLADO | CANGAS / BAIONA Niegan el terror que a cualquiera le supondría colocarse en el disparadero de los piratas somalíes, pero no pueden evitar expresar cierto "respeto" ante la lamentable situación que han vivido sus compañeros durante 47 días. "No, miedo no tenemos, pero ya nada será igual. Desde luego no salimos como lo hacíamos antes del secuestro", comentan los cuatro tripulantes del Alakrana que parten hoy y el próximo lunes hacia las Seychelles para zarpar de nuevo en el pesquero en busca del atún que les da de comer. "Intranquilos" y con la esperanza de que "no pase nada", se manifestaban ayer en su localidad, Baiona, poco antes de ultimar las maletas para tomar hoy el avión que los llevará a París y, posteriormente, al Índico.

Paulino Veiga, cocinero del buque; Elías Gallego, camarero; Ángel Blach, primer oficial de puente, primo de Ricardo, el patrón que navega rumbo a las islas después del largo cautiverio; y Antonio Costas, segundo contramaestre, que sustituirá a su hermano Pablo, también a bordo, mostraban su nerviosismo. "Hay un antes y un después de esto", indicaban en las últimas y frenéticas horas antes de tomar el avión en Peinador. Un taxista recogería hoy a tres de ellos a las diez de la mañana para llevarlos al aeropuerto vigués. Antonio viajará el lunes para poder compartir el fin de semana con su hermano en casa. Todavía no saben qué harán al llegar a Puerto Victoria. "Es la primera vez que nos vamos a encontrar con una situación así, pero hay que seguir. Lo mejor que pudo pasar es que viniesen los compañeros y que nosotros vayamos ahora. Nuestro trabajo es así. El barco no puede parar", explicaba resignado Ángel Blach.

Por el momento, esperan revisar el pesquero en cuanto atraque para comprobar si necesita reparaciones, además de provisiones para las nuevas mareas. Una vez resueltos estos asuntos, a navegar y a trabajar bajo el mismo sistema. El horario laboral a bordo comienza a las cuatro de la madrugada y termina a las seis de la tarde, con dos turnos de media hora para comer entre las once y media y las doce y media. El resto de horas se pasan frente a una pantalla de ordenador, el teléfono cuando es posible y en conversaciones a bordo. "Antes jugábamos a las cartas o veíamos películas juntos, pero ahora después de cenar todo el mundo se va a su camarote", apuntan.

Agentes de seguridad

El relato de su día a día en el barco afloja los nervios. Pero la tensión regresa enseguida cuando se les pregunta por los cuatro agentes de seguridad que se embarcarán con ellos. "Hombre, algo de tranquilidad dan. Es mejor que vayan que no lo hagan, pero no sé si los piratas les harán frente o no", recalcaba Elías Gallego.

Todos ellos han pensado alguna vez en no volver y sus familias se lo repiten constantemente, pero no pueden dejar atrás sus arriesgados empleos. Paulino, Elías y Ángel están cerca de los 50 años y ya desisten de encontrar trabajo en tierra. "No hay nada para nosotros", explica Elías, que cuenta los días de los siete años que le restan para jubilarse, al igual que sus compañeros.

Antonio sí se lo plantea. Sólo tiene 36 años y no descarta buscar un sustento lejos de las aguas que vieron sufrir a su hermano. Su mujer, Luisa Leyenda, se lo ha pedido muchas veces, al igual que lo hizo con su esposo Loli Blach, mujer de Paulino Veiga, hermana de Ángel y prima del patrón. Las dos disfrutaban ayer de las últimas horas con sus maridos antes de que regresen. "Por un lado estamos contentas porque los compañeros están libres por fin, pero ahora se nos van los nuestros", argumentaban. Cuanto más lo piensan, mayor es la angustia. "¿Y cómo sé yo que ahora no le va a tocar a mi marido?", repetía Loli. Ellas también se resignan y son sabedoras de que "aquí no hay trabajo para ellos". Así que tendrán que seguir conformándose con las llamadas y las cartas desde alta mar.

Manuel Nantes Pérez, de Bueu, parte hoy en avión desde Vigo a París con destino a Victoria, en las Seychelles, para volver a trabajar en el Alakrana. El lunes también lo hará Jesús Dacosta, de Cangas, que retrasa unos días su regreso al Índico para poder coincidir en casa con su hermano Secundino, que ha permanecido secuestrado a bordo del atunero. Los dos compartieron ayer en Bueu la alegría por la liberación del barco y se dieron ánimos, conscientes de que regresan a una zona armada.

Nantes asegura que vuelve "relativamente tranquilo" y que el tiempo dirá cómo será la situación a bordo. Al igual que Dacosta, teme que con la incorporación de cuatro agentes de seguridad armados en el barco, los piratas somalíes endurezcan sus ataques con mayor armamento: "Ahora las armas las tienen casi como de adorno, pero si se ven atacados, nuestro miedo es que respondan con armamento mayor". Ambos dejan claro que "vamos allí a trabajar, a pescar, no a la guerra. Vamos por necesidad. Si pudiéramos nos quedábamos en casa". Dacosta asegura que el "negocio es demasiado lucrativo" como para que los piratas le pongan fin.

La paradoja de Manuel Nantes es que hace tres años y ya con 50 de vida, se fue al Índico "para ganar calidad de vida en los últimos años de trabajo", sostiene. Lo que no sabía era cómo se iban a desarrollar, desde entonces, los acontecimientos. Ahora desconoce cuántos meses estará a bordo.

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