JUAN CALVO | CANGAS
José Luis Pedrosa asegura que su secuestro es muy distinto al vivido por las tripulaciones del Playa de Bakio y del Alakrana, no sólo por el tiempo de duración, sino porque él y sus compañeros fueron bajados a tierra y obligados a recorrer de punta a punta Mozambique, desde la playa de Quilamane hasta Malawi, un total de 1.800 kilómetros, sin ningún contacto con sus familiares. "Supongo que ellos (por los marineros del Alakrana) estarían nerviosos, pero podían decirles a sus mujeres que estaban vivos. Dentro de lo malo, ellos pudieron comunicarse con gente de aquí. Nos dijeron que no era una cuestión de dinero, que lo que la guerrilla quería era un reconocimiento internacional; demostrar que no eran un grupo criminal, como decía el gobierno mozambiqueño".
Los guerrilleros llegaron a la citada playa una noche del mes de noviembre de 1979. El barco estaba esperando la pleamar tras quedar embarrancado. Comenta José Luis Pedrosa que serían las tres de la mañana cuando escucharon los sonidos de las balas. "Menuda fiesta armaron. Disparaban contra el barco continuamente. Pensaron que éramos rusos", recuerda este marinero. Ahí empezó su periplo y el de sus tres compañeros, Manuel Rivas Grandal, Felipe Hermo Seonae y José Manuel Alonso.
"Cuando descubrieron que no éramos rusos, nos dijeron que teníamos que ir con ellos porque corríamos peligro si nos encontraba otra guerrilla. Cuando empezamos a andar era todavía de noche y no paramos hasta el otro día por la mañana. Anduvimos ocho días hasta que llegamos a un pequeño cuartel militar en el medio de la selva. Ahí estuvimos seis o siete días. Después anduvimos 16 días hasta llegar a una zona donde se encontraba el cuartel general de ellos, que quedaba a 24 horas de Malawi. La travesía la realizamos en 25 días. Recorrimos 1.800 kilómetros a una media de 8 kilómetros por hora", relata Pedrosa.
Para él fue toda una aventura que aún hoy recuerda con detalle. Asegura que nunca temieron por su vida, aunque hubo momentos muy difíciles. "La tensión era grande, porque, primero, no sabíamos a dónde nos llevaban, y después había peligros por todas partes. No podíamos ir por el medio de los caminos, ya que decían que había minas, pero si ibas por la orilla la amenaza eran las cobras; algunas caían de los árboles. Tardamos tres días en encontrar agua. Llegamos a un lago que estaba todo oscuro, pero fuimos como fieras a llenar las cantimploras. Bebimos aquella agua como si fuera whisky. Para comer no apañábamos como podíamos. Cazábamos mientras caminábamos. Un día matamos un mono y lo comimos a la brasa, y otro día un gacela. Estaban buenos los dos", explica el gallego.
Comenta José Luis Pedrosa que el jefe de la guerrilla acostumbraba a comer con ellos, mientras que los soldados disfrutaban de ratas al espeto. "Le sacaban la piel y le metían un palo de un lado a otro y después las pasaban por el fuego", relata. Pero no todo fue sufrimiento. Pedrosa evoca cómo su compañero, el jefe de máquinas Manuel Rivas Grandal hizo con unos papeles que había en el barco cartas de baraja española y enseñaron a jugar al tute y a la escoba a sus secuestradores. "Rivas tenía mucha imaginación para estas cosas. También fue idea suya un horno para cocer pan. Eso fue cuando estuvimos en el cuartel general y ya nos disponíamos a pasar allí todo el invierno. Llegamos a lugares donde no habían visto un hombre blanco, y eso que el país estuvo gobernado por Portugal", explica. En marzo de 1990 fue liberado tras la mediación del Gobierno español y en la que, al parecer, el ex alcalde de Noia, Alonso Paz, tuvo mucho que ver.