ANTÓN LUACES
Chile está a punto de repetir la amarga experiencia de Canadá cuando este país optó por matar miles de focas con el pretexto de recuperar determinadas poblaciones de especies pesqueras de interés comercial que, según las maniobras del entonces ministro de Pesca, Brian Tobbin -responsable en gran medida de la que fue conocida como "guerra del fletán" contra los congeladores gallegos-, habían disminuido notablemente por la voracidad de esos mamíferos.
El negocio radicaba, entonces, en el aprovechamiento de la piel de focas y, especialmente, de los ejemplares más jóvenes de las inmensas colonias de estos pacíficos animales, con escalofriantes matanzas llevadas a cabo con palos dotados de una especie de garfios que se clavaban en la cabeza del animal.
Ahora es Chile el que se acoge a una situación similar derivada, dicen, de las colonias de lobos marinos en la costa del Pacífico de aquel país. El Gobierno quiere eliminar los lobos marinos que viven en la costa de su país porque se alimentan de peces y animales marinos y la gran industria pesquera -al igual que hizo en su momento la canadiense- los acusa de quitarles las presas.
Se afirma en medios chilenos que diez mil pescadores y trabajadores ya no tienen ingresos. Y el chivo expiatorio -como ocurrió a mediados de los años 90 del siglo pasado en Terranova con las focas- son los lobos marinos, como aquellas condenados a morir.
Sin embargo, y llueve sobre mojado en este sentido, no son precisamente los lobos marinos los causantes del estropicio en la pesca, sino la propia industria pesquera la que vació la costa del Pacífico chileno. La crisis de esta flota ha sido provocada por ella misma a causa de una sobrepesca incontenible y, en buena medida, por los salmones criados artificialmente que, infectados por un virus al parecer importado de Europa, nadan moribundos en grandes jaulas de las granjas acuícolas.
Las organizaciones medioambientalistas aseguran que la cría artificial de salmón daña gravemente los ecosistemas e incide directamente en la vida de las demás especies marinas.
Las flotas industriales chilenas tienen el retrovisor puesto pero no quieren ver las escenas vividas en las costas canadienses: matar los lobos marinos es menos costoso que reconocer su culpabilidad en la sobrepesca.