ANTÓN LUACES
Mi amigo Juan es todo un veterano de la mar, ahora ya jubilado. Se inició en la pesca a muy corta edad, cuando las manos todavía no eran capaces de adaptarse al calibre de los remos de la dorna que utilizaba para ir al pulpo, a las fanecas, los besugos -él sigue diciendo ollomol aunque hable castellano-, alguna que otra nécora y centolla, y las entonces fantasiosas xulias, un lujo en medio de la abundancia que, allá por los años 50 y principios de los 60 del siglo pasado, ofrecía la ría de Arousa.
Hubo un momento en su vida en el que tuvo que optar por seguir pescando -él fue toda su vida "a la mar", es decir, a pescar- o buscarse la vida en un barco que había que esperar en Rotterdam, y el barco apareció pero como barcaza de río europeo. En estas barcazas de río navegó el resto de su vida sorteando la nieve y, en ocasiones, embarrancando o colisionando con la base oculta de algún puente. Ya se sabe: poca tripulación, pero un buen sueldo.
Así, año tras año hasta que el acuerdo con el armador y el coeficiente reductor aplicado y sumado a su condición de emigrante, le permitieron colgar el tabardo y los guantes en el colgador de la habilitación y mandar los fríos centroeuropeos a tomar por saco: el clima en su Riveira -sigue escribiendo con "uve" el nombre de siempre de Santa Uxía, antes Santa Eugenia- natal siempre fue infinitamente mejor que el de la Europa central por más que intentaran convencerle de que con buena ropa el frío no existe. ¡Vaya si existe!, se decía Juan, hijo de un zapatero taxidermista que lo mismo cosía una suela rebelde que vaciaba y rellenaba un milano muerto hasta dejarlo como si estuviera dispuesto para un nuevo vuelo en picado.
El ISM le reconoció a Juan el derecho a jubilarse. Regresó a su casa y volvió a la dorna de siempre con ánimo de llevarse cada día unas fanecas bien frescas de las que echar mano cada noche para la cena. Malo será, decía, que la pensión no permita incluso un pequeño ahorro porque la comida estaba casi asegurada con lo que pescaba. Pero ahora que sus manos están encallecidas y el calibre de los remos de la dorna ya no importa porque navega con un fueraborda de manda carallo, la pensión se queda corta y la pesca no es lo que esperaba, además de haberse incrementado la tarifa a abonar por la embarcación. También le han subido el precio del agua que consume. Y la tarifa de la luz eléctrica, y la del teléfono. Y le han subido el precio del gas butano y el del alcantarillado y recogida de basuras. Por si fuese poco, su compañera de toda la vida está afectada por una enfermedad que le impide realizar las tareas de casa -ya son solo ellos dos, independizados los hijos- y que le obliga a, cada poco tiempo, tener que desplazarse a Compostela para que la visite el médico privado que paga porque parece que los públicos -que pagó- no dan con el mal que padece.
Todo esto hace que la pensión no dé de si demasiado y mi amigo Juan está amargado. Cabreado con todos los gobiernos habidos y por haber y maldiciendo el momento en el que se le ocurrió dejar su barcaza de río y los larguísimos inviernos centroeuropeos en busca de los calores de su adorada Riveira, con "uve".
Entre la enfermedad de la compañera, su esposa de 40 años de su vida, y el precio del gasóleo, ya no puede salir a pescar unas fanecas. Si las quieren para la cena han de comprarlas y no son tan frescas como las que él pescaba, además de ser más caras.
Las ayudas sociales no vienen. Su condición de pensionista se resiente. Echa cálculos: si no fuese por lo ahorrado mientras pasó frío en los ríos centroeuropeos, tendría que pedir un crédito que el banco le negaría; si no hubiesen heredado la casa que habitan, no podrían pagar el alquiler de otra; si no tuviese una dorna para salir a pescar algo, tampoco tendría que pagar por ella la licencia correspondiente; si no fuese un jubilado, seguiría navegando a favor y en contra de la corriente de los grandes ríos centroeuropeos.
"Si lo sé, no vengo. La super-8 ya solo es un recuerdo, no encuentro dónde revelar el material filmado; no puedo enviar cartas, que me salen más caras que un mensaje a través de internet; no compro periódicos porque no puedo permitirme el lujo de gastar en ellos 50 euros al mes y les echo un vistazo en el ciber, más barato y con la posibilidad de tomar un café caliente... Mi coeficiente reductor me redujo todo. Menos mal que me han subido un 1% la pensión: ya puedo quitarme de encima la losa que me oprimía el pecho gracias a esos 7 euros más que he cobrado este mes gracias a la generosidad de los pocos españoles que ahora cotizan a la Seguridad Social. Y en Alemania van e instalan el miniempleo. Yo alquilaré mi dorna y seré un emprendedor. Me darán 8.500 euros por crear un puesto de trabajo. Pero no volveré a los ríos de Centroeuropa, que se hielan y congelan y aquí siempre tendrás la faneca que por allá arriba no hay. Con una patata cocida, en paz".