En lata y gallega

28.09.2015 | 01:10
En lata y gallega

La conselleira do Mar, Rosa Quintana, desaprovechó recientemente en Vigo la oportunidad de reivindicar el potencial que la industria conservera ha tenido en esta comunidad, si bien evidenció, con las cifras que dio a conocer, la importancia que tiene la misma a día de hoy y que significa para Galicia un eje fundamental para su PIB. Nada más y nada menos que un 3%, con unas 60 empresas de conserva que dan empleo a un verdadero ejército de mujeres y hombres (estos en menor medida, como es tradición, en las nóminas de las fábricas). Esto hace que Galicia se convierta, dijo la conselleira, en todo un referente europeo y mundial. Y así desde hace más de un siglo. ¿Qué seríamos hoy de haber sido capaces de mantener aquella estructura conservera de hace 60 o 70 años?

Hasta finales de los 50, la franja costera gallega desde Ribadeo a las Rías Baixas estaba jalonada de fábricas y fábricas de conserva y salazón, y alguna que otra de harina de pescado. El puerto de Cariño (último ayuntamiento constituido como tal en la provincia de A Coruña) y Ribera, con Palmeira, A Pobra y Rianxo, reunían en aquella época más centros de trabajo de conserva de los que actualmente existen en Galicia. Centros que, además de a Europa, exportaban sus producciones a países de Europa, América del Sur y Centroamérica y norte de África. Era un trabajo seguro para la mano de obra femenina, legión en las más de veinte conserveras cariñesas, la decena y media de Ribeira, Palmeira y Aguiño, la docena de A Pobra y su entorno, y las existentes en el término municipal de Rianxo. Pero lo era asimismo en las conserveras de A Costa da Morte, Vilagarcía, Vigo, etc. Todo un enorme potencial que se vino abajo desgraciadamente por fallidas acciones de fusiones, compraventas y otras componendas en las que lo que primaba era, como en un sonado caso registrado en Castiñeiras (Ribeira), la posibilidad de lograr importantes subvenciones, levantar la estructura de la fábrica, dotar a esta de una mínima maquinaria de producción y realizar un amago de contratos laborales para, a la postre, los solicitantes de las subvenciones quedarse con estas y dejar absolutamente al pairo no solo al personal supuestamente contratado sino también a los constructores de la tal fábrica de aire con una producción de humo que nadie entendió cómo se había producido.

Seguro estoy de que, en aquellos tiempos en los que nombres como Cerqueira, Valeiras, Avadiño, Docanto, Tallón, Carrodeguas, Poldito y un largo etcétera establecían hitos en la producción conservera gallega (especialmente de sardina y sardinilla, mejillón, berberecho, bonito, pulpo y calamar), muchos de ellos con su propia flota pesquera, hubieran sido capaces de mantener aquel emporio de riqueza que, hasta bien entrados los años 60 y la dolorosa emigración a Europa, podría haber sido capaz de lograr un empleo que, hoy, ni en sueños se puede tener.

Conservas en lata y gallegas, para presumir de un saber hacer que se rompió, en buena medida, por la aplicación de normativas que dieron al traste con un entramado prácticamente familiar del que, en la actualidad, queda bien poco. Y en lo que queda, por lo señalado por la conselleira Quintana, se apoya buena parte de la economía gallega y con tan solo unas 60 fábricas.

Ay, si dejaran hacer a los gallegos...

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