Un barquito chiquitito

15.02.2016 | 00:46
Un barquito chiquitito

Hasta hace poco era impensable en Galicia la unión de los profesionales de la pesca. Cualquier afán de lograrla cabía en las cuatro cajas de tablas de un racú, y sobraba espacio. Hoy se ven nuevas posibilidades desde un plan común que exige el derecho a decidir... de los hijos del mar.

Juan Gabriel, profesional de la pesca, sostiene desde hace tiempo que llegaría un día en el que la unión de marineros y mariscadores sería una realidad. Hoy, y en buena medida gracias al cerco, cree que hay esa unión.

Y es probable que sea así, porque lo que acontece en Galicia en los últimos tiempos puede entenderse como un paso adelante en esa tan deseada unión.

Esa voz única que represente el sector es lo que reclama la CE, la Secretaría General de Pesca y la Consellería do Mar o las cofradías de pescadores. Pero da la impresión de que tal unión no es bien acogida porque se ve como contraria a los principios de lo asentado, atado y bien atado.

Creo, posiblemente errado, que la unión de voces no pasará a unión de acción. Sin embargo el marinero, la mariscadora, la redera, el bateeiro, insisten más en la unidad de acción para que su voz se escuche, sea fuerte y clara, sobre lo que el sector quiere.

Tal vez le han visto los dientes al lobo que permanecía dormido, fiados como estaban de que todo se hallaba bajo control.

De repente las tiendas de campaña de San Caetano movilizaron la sensibilidad adormecida y nació la solidaridad de toda la España marinera. Desde La Caleta (Andalucía) a Puerto Chico (Cantabria), Mutriko (Euskadi), Port de la Selva (Catalunya) o Arrecife (Canarias), la España marinera y pescadora que cita la vieja canción vasca clavó las picas de sus arcabuces y su gente parece dispuesta a defender lo poco que le queda en la mar para pescar o mariscar, hartos de recoger lo que a otros sobra. Disparan razones y exponen historia -no derechos históricos- para razonar sus exigencias y quieren cambiar las dimensiones de su barco recogequejas para reeditar las pinazas poderosas que hace siglos dieron gloria y oro a un país en el que nunca se ponía el sol.

Tal vez no quieran tanto, pero sí el reconocimiento de su derecho a vivir con un reparto justo de las cuotas de pesca. Porque con su barquito chiquitito, las flotas gallegas quieren navegar porque saben y pueden hacerlo.

Solo, dejen que lo hagan.

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