En la ruina absoluta

12.05.2016 | 00:51
En la ruina absoluta

Cada vez son más los barcos desguazados. La mayoría se convierten en chatarra porque carecen de licencias de pesca tanto en los caladeros comunitarios de altura como en los de bajura, como es el caso del caladero nacional Cantábrico Noroeste.

Esto lo sabe la Xunta y, mejor que nadie, la Secretaría General de Pesca, que es el organismo que autoriza el despiece de barcos que, en buen número de casos, apenas superan los diez años de antigüedad.

Son barcos adquiridos por pequeños armadores que, como cualquier ciudadano, soñaron con poder vivir mejor, dar empleo a más tripulantes y cambiar de artes. Se lo permitían las leyes vigentes y recibían los ánimos de quienes, teniendo en sus manos los hilos que permiten pescar, les empujaban a hipotecar el pequeño barco que habían heredado de sus padres y todas sus pertenencias -incluso las de sus familiares- para adquirir una embarcación de fibra o de hierro.

No sabían que los repartos de cuota por históricos les iban a condicionar y llevar a la ruina. Construían barcos nuevos o adquirían otros mejores que los heredados y que estaban arrumbados en los muelles. Pero Pesca, que sabía lo que iba a ocurrir, aplicó porque sí una norma que permitía otorgar cupos a aquellos barcos que más habían pescado mientras que los nuevos -por reciente construcción- o los menos nuevos -por no haber pescado- perdían toda posibilidad de lograr unas toneladas de xarda, de sardina, de anchoa en cualquiera de las modalidades de pesca vigentes en el caladero Cantábrico Noroeste.

De este modo, la Secretaría General de Pesca se quitaba de encima, por el arte del birlibirloque, un problema de sobrepesca sin tener en cuenta el gravísimo daño que causaba a decenas de familias a las que ni siquiera les quedó la posibilidad de pensar que, vendiendo el barco viejo que habían heredado de sus padres, podrían conservar el nuevo. O viceversa.

Han perdido los dos. Y han perdido la casa adquirida también mediante hipoteca en la creencia de que podrían hacer frente a todos los gastos, porque la mar se lo permitiría.

Y sí, la mar podría haberlo permitido, pero la inconsciencia de una Secretaría General de Pesca y unos representantes del sector que no supieron nunca que lo que realmente firmaban era la sentencia de muerte de la pesca de bajura les ha conducido a un punto sin retorno a partir del cual ni siquiera se pueden permitir el lujo de comenzar de nuevo porque están arruinados, sumidos en la más negra sima económica y viviendo, en muchos casos, de la ayuda que les prestan los vecinos o familiares para que, cuando menos, no les falte la comida.

No exagero. Los casos están ahí, en cualquiera de los muchos puertos gallegos en los que, hasta hace bien poco, los marineros se podían permitir otear el horizonte pensando que su futuro era ser armador y patrón. Y como no hay futuro, buscan salida en Inglaterra o en Alemania, como otros lo buscaron hace unos años en Canarias, Baleares o el Levante español trabajando en la hostelería o en la construcción.

Son los marineros que ni siquiera cuentan para la EPA porque se van y no hablan. Se tragan las lágrimas y buscan donde y lo que sea para poder enviar a sus casas -los que las tienen todavía- unos euros que mitiguen la infinidad de problemas a los que deben hacer frente en el día a día. La pesca es ya una ruina absoluta. Lo han conseguido aquellos que jamás mojaron el fondillo de sus pantalones ni recibieron un simple roción. Así se puede pensar en un futuro de acuicultura y minería marina. No habrá quien se oponga: Muerto el perro, se acabó la rabia. Enhorabuena, Secretaría General de Pesca y Consellería do Mar. Los bancos hacen ahora la labor más sucia, que es la de cobrar a quien nada tiene.

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