Somos salitre

14.09.2017 | 00:58
Somos salitre

Alguien lo escribió o me lo ha dicho y es la pura verdad: somos salitre. Galicia, los gallegos, somos esencialmente salitre, esa especie de polvillo blanco que, como algodón, nacía -creo que ya no- en las paredes de las casas marineras y que, al decir de los entendidos en la cuestión, era el salitre que rezumaba de las paredes levantadas piedra a piedra y selladas con cemento y arena procedente de playas que jamás secaban. Consecuencia: salitre que había que limpiar prácticamente cada día.

Estoy convencido de que el gallego de mar es, efectivamente y en un altísimo porcentaje, salitre. Lloramos lágrimas de salitre. En la comisura de los labios se nos forman salitrosos hilillos con un simple bostezo. En las cejas se acumulan los años de mar en forma de salitre, del mismo modo que los árboles cuentan sus años por los anillos de su tronco. El efecto salitre siempre está presente en aquellos que viven, vivimos, como los araos: cerca del mar. El salitre se nos acumula en las rodillas, en los nudillos de los dedos de las manos, en los hombros, en los codos. Y los médicos dicen que es artrosis. En el mejor de los casos, reuma.

Cuando nace un niño de mar en Galicia, su primera caca es salitre. Y el primer calostro de que mama, salitre en dosis adecuadas; pero salitre, al fin y al cabo.

El factor clave para elegir a las personas más adecuadas para desempeñar cargos en el sector marítimo-pesquero debiera estar en su ADN salitroso. El mismo que se localiza en los mamparos de los barcos depositados sobre la imprimación y la pintura que evitan que la corrosión haga de las suyas.

Somos salitre y sobre aquello que nos atañe del mundo de la mar deciden terrícolas que nunca han tenido salitre en los ojos, en los labios, en las articulaciones de su cuerpo de secano. Aquellos que nunca se han clavado un anzuelo en la mano, ni cortado el dedo índice de cualquiera de sus dos manos halando un liñón, una liña o un palangre. Aquellos que no se han asustado nunca de la formidable potencia de la maquinilla que permite -o no- depositar en el parque de pesca las ilusiones creadas por la apreciación del patrón de pesca en cuanto a las dimensiones del banco de peces localizado.

Salitre que hace que tu voz sea ronca, aunque en Corrubedo creían que era el ronquido permanente de las olas y el viento lo que les enronquecía y hacía que su timbre sónico, al hablar, se elevara considerablemente para hacer que no se dijese una frase, sino que ésta se cantara.

Me pregunto si no sería posible que, antes de decidir el nombramiento de alguien que se encargue de dirigir los asuntos de la pesca o de las marina mercante, no sería conveniente practicar al candidato una lectura de su ADN de salitre, para descartar a aquellos que nunca hayan llorado o mamado calostro de salitre o tengan tendencia a conformaciones de salitre en los nudillos de sus dedos, en sus hombros, en sus rodillas. Porque solo así podrán entender lo que duele la ronquera a la hora de decir, por ejemplo, un te quiero cuando la ola rompe en las rocas del cabo.

Mamamos salitre. Por este motivo casi todos los de mar tenemos problemas con la tensión arterial.

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