AGENCIAS | WASHINGTON / KABUL
Octubre se ha convertido en el más sangriento para las tropas estadounidenses desplegadas en Afganistán desde el inicio de la guerra, en el año 2001, tras el fatídico 11 de septiembre.
La noticia fue hecha pública ayer por un responsable del Pentágono, tras conocerse que ocho soldados habían perdido la vida tras explotar varias bombas colocadas en carreteras al sur del país.
Un civil afgano que trabajaba para las tropas de la OTAN falleció también en la serie de ataques que han ido sufriendo a lo largo de la jornada los soldados americanos.
En total, 53 soldados estadounidenses han muerto este mes, con lo que se superaba de este modo el récord de 51 bajas mortales alcanzadas el pasado mes de agosto.
Mientras que la sangría de soldados estadounidenses no cesa, el presidente Barack Obama continúa buscando con suspense la estrategia adecuada en Afganistán.
Sólo un día antes, el lunes, otros 14 estadounidenses, entre ellos tres agentes de la DEA, murieron en dos accidentes de helicóptero. Son, por tanto, 22 bajas mortales en 48 horas, lo que eleva la cifra en lo que va de mes a 55, el récord desde el comienzo del conflicto, hace ya ocho años.
Es todavía inferior a la marca de 137 muertos en un mes que se alcanzó en Irak en 2004, pero es la prueba inequívoca de que la situación en Afganistán, como Irak en aquel momento, va a la deriva. No sólo por el número de bajas. Todos los síntomas lo indican, empezando por la propia duración de la guerra, que supera a la Segunda Guerra Mundial, y continuando por los signos de desánimo entre los implicados. El último de ellos, la dimisión de un alto responsable civil en Afganistán, el funcionario del Departamento de Estado Matthew Hoh, después de confesar por escrito que había dejado de creer en la misión.
Todos estos elementos no parecen trastocar los planes de Obama, que ha insistido en que se tomará el tiempo que sea necesario para decidir la mejor estrategia posible para Afganistán. "No me voy a precipitar", dijo el lunes ante una unidad de marinos en Jacksonville. Esa prudencia está siendo interpretada como indecisión por la oposición. Como principal vocal republicano en estos asuntos, el ex vicepresidente Dick Cheney ha acusado al presidente de estar poniendo en peligro a las tropas sobre el terreno al no responder positivamente a la petición del comandante de la operación, el general Stanley McChrystal, de enviar un refuerzo de al menos 40.000 soldados.
Algunos de los asesores del presidente y varias figuras influyentes en el Congreso no tienen claro que ésa sea la mejor solución. El senador John Kerry, que desempeñó recientemente un papel mediador esencial para convencer al presidente afgano, Hamid Karzai, de que aceptara una segunda vuelta electoral, se encuentra entre los que se oponen a McChrystal.
"El despliegue de más tropas no servirá para mejorar de forma significativa la situación si no se mejora antes en la capacidad de gobierno de las autoridades afganas", ha declarado el ex candidato presidencial demócrata. Las elecciones del 7 de noviembre, si salen correctamente, pueden ser un buen punto de partida en esa dirección.