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La decisión del Comité del premio Nobel de conceder su galardón de la Paz del presente año a Barack Obama aduciendo razones tan válidas como su llamamiento a un mundo libre de armas nucleares o a haber creado un nuevo clima en las relaciones internacionales con su política multilateralista y de mano tendida a los viejos enemigos, ha sido recibida con cierta sorpresa en el mundo y resentida por sus rivales del Partido Republicano, que han visto en esta decisión una crítica apenas velada a la política exterior de su predecesor en la Casa Blanca.
Es verdad que el premio puede parecer prematuro cuando Obama no lleva todavía un año como presidente de EEUU y es verdad que hasta el momento no es mucho lo que puede mostrar como resultados prácticos de su gestión en lugares tan complicados como Irán, Corea del Norte o el conflicto israelo-palestino. También se critica que se dé este premio de la paz a quien es el presidente de un país que está luchando en dos guerras y que acaba de decidir el envío de otros 30.000 soldados a Afganistán. Algunos manifestantes de Oslo cantaban el eslogan "Obama, ya te lo han dado, ahora gánalo".
Pero no es menos cierto que ha mostrado una clara decisión de cambiar la forma de actuar en la arena internacional como dejó claro en sus discursos de El Cairo, dirigido a los musulmanes, el que pronunció ante la última Asamblea General de las Naciones Unidas, un canto al multilateralismo, y el que acaba de pronunciar en Oslo, donde señala que "América no puede actuar sola" y ésa es una música que suena particularmente bien en oídos europeos, todavía traumatizados por la división que la guerra de Irak produjo en nuestro continente.
Hay opiniones para todos los gustos, es lógico y saludable que así sea y Barack Obama lo sabe muy bien cuando ha reconocido públicamente que sus méritos son pocos no sólo al lado de los gigantes que antes han recibido el mismo premio, como Mandela o Teresa de Calcuta (aunque ha habido otros galardonados más discutibles), sino incluso al lado de tantos héroes anónimos que nos rodean luchando por la vida, la dignidad, la libertad de expresión o contra la opresión.
Lo que hoy quiero tratar no es tanto la decisión de darle al Presidente Obama el Nobel de la Paz de 2009 sino su discurso de aceptación del galardón, que me ha parecido una magnífica pieza de oratoria que sin duda hará historia por su calidad, por su candidez y por revelar mucho de la propia personalidad de su autor, que al parecer estuvo trabajando en el texto hasta el último momento durante el vuelo que le llevaba a Noruega.
No es un discurso ingenuo pues en una mezcla de realismo e idealismo Obama reconoce que con sólo buenas palabras y píos deseos no se combate el mal que "existe en el mundo", que la violencia forma parte de la historia de la Humanidad -nos guste o no- y seguirá acompañándonos durante el resto de nuestras vidas y que habrá casos en los que el uso de la fuerza "no sólo será necesario sino que estará moralmente justificado". También deja claro que como "comandante en jefe" no le temblará el pulso a la hora de defender la seguridad de sus conciudadanos y aunque la guerra en sí misma "nunca sea gloriosa". Pero al mismo tiempo afirma que la fe en el progreso humano debe ser "la estrella Polar" que nos guíe en el camino -una especie de "brújula moral"- en la línea de Kennedy cuando afirmó que más que hacer revoluciones debemos trabajar en la "gradual evolución de las instituciones humanas".
Para el presidente Obama la paz no es solamente ausencia de violencia sino que exige justicia, dignidad y respeto de las diversas identidades, al tiempo que afirma que hay que enfrentar las nuevas amenazas del siglo XXI (terrorismo, proliferación nuclear o estados fallidos) con una combinación de reglas morales claras (defensa de los derechos humanos, no uso de la tortura, aplicación de las convenciones de Ginebra sobre el Derecho de la Guerra) y firmeza frente a los trasgresores que no pueden quedar impunes (aunque tampoco descarte el diálogo con los enemigos, como hicieron Nixon en China o Juan Pablo II en Polonia).
Yo creo que en este discurso Obama abre una vez más su intimidad, como ya hizo en su libro Memorias de mi padre y se manifiesta como heredero de John Kennedy y de Martin Luther King, como alguien que detesta la violencia aunque sabe que vive en un mundo lleno de ella y que no renuncia a trabajar a favor del "mundo que debería ser", un mundo de paz, de justicia y de dignidad para todos.
Frente a un viejo orden internacional basado en la lógica westfaliana de la competición entre estados soberanos, Obama se decanta por unas relaciones internacionales basadas en la cooperación y la mano tendida hacia el adversario, sin que pueda eso confundirse con debilidad porque no lo es.
Me ha gustado el discurso y creo que es un texto que se recordará cuando pase el tiempo. Mientras, coincido con el presidente del Nobel, Thorbjorn Jagland, cuando le presentó diciendo que con él, con Obama, el sueño de King se había hecho realidad.
Ahora solo falta esperar que el desarrollo de su presidencia confirme esta confianza. Muchos así lo deseamos.
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