Corbyn y el 53% del harakiri

30.08.2015 | 01:21
Corbyn y el 53% del harakiri

Un simple porcentaje, 53%, la intención de voto atribuida a Jeremy Corbyn en las primarias del laborismo británico, ha bastado para poner en orden de revista a todas las brunetes mediáticas de Occidente. Puede que haya otras encuestas, pero ha sido la de YouGov del pasado día 11 la que, con los rotundos 32 puntos de ventaja que otorga al diputado izquierdista, ha desatado la alarma, en particular entre los propios cuadros del labour. ¿Qué les pasa a los laboristas para ponerse en manos de un extremista que quiere borrar a Thatcher y Blair de un plumazo? ¿Por qué se dirigen con paso alegre al escenario del harakiri?

La pregunta es retórica, pues ese modo interrogativo no hace sino encubrir una amenaza: laboristas, lo vuestro es grave, una alteración descontrolada que, salvo error de los sondeos, os conducirá al suicidio electoral en 2020. Así que, como casi todas las argucias retóricas, puede ser despejada de un plumazo: a los laboristas no les pasa nada que no les haya ocurrido antes a los indignados turcos que le han quitado la mayoría absoluta a Erdogan, a los indignados italianos que convirtieron en relevante fuerza política al caótico movimiento de Beppe Grillo, a los volátiles franceses que entronizaron al socialista Hollande para luego martirizarlo o a los españoles que durante unos meses hicieron soñar a Pablo Iglesias con merendarse de un bocado al PSOE. Y, por supuesto, en grado superlativo a los lacerados griegos que se encomendaron en enero a Tsipras. En otras palabras, que tienen hartazgo de una austeridad con la que, como buenos cibersiervos de la gleba, están pagando los platos rotos de las orgías financieras.

Cabe, claro, añadir, la pizca de sal propia del plato británico. Tras cinco años de débil liderazgo de Ed Miliband, empeñado en ser la sombra compasiva de la ortodoxia, los laboristas cosecharon una estruendosa derrota en las legislativas de mayo y le regalaron a Cameron la mayoría absoluta que marró en 2010. Para remachar el clavo con saña, Escocia, feudo laborista por excelencia, se volatilizó al canalizar los nacionalistas del SNP buena parte de las energías desplegadas en el fallido referéndum independentista del pasado septiembre. Sólo hizo falta una parte de los votos que no lograron la secesión para devorar 56 de los 59 escaños escoceses. A este resultado, que redujo las 41 actas laboristas escocesas a solo una, contribuyó el peculiar sistema electoral británico: el diputado en juego en cada distrito va al morral del primer clasificado. Los demás votos mueren en la papelera.

Esas bases indignadas y derrotadas han convertido a Corbyn en una estrella mediática con fans que esperan horas para cumplir el ritual de autofotografiarse con él. ¿Con quién? Pues, en esencia, con un neomarxista de tintes ecologistas cuyo programa máximo ilusiona a los necesitados de certidumbres y asusta a los temerosos del dios de los mercados: devolver al laborismo sus señas de izquierda reformista. O sea, oponerse a la austeridad, aumentar el gasto público, alejar la política exterior británica de las directrices del Pentágono y la Casa Blanca, y, en suma, desandar el giro derechista emprendido en 1995 por el oportunista Blair. E implica, además, dinamitar los emblemas del saqueo al bien común acometido por Thatcher bajo el nombre de revolución liberal. Esto es, renacionalizar los ferrocarriles, la sanidad y la energía, una vez constatado que la privatización generó una considerable inyección de liquidez en los mentores financieros de los conservadores, y en una parte de ellos mismos, pero depauperó la calidad de los servicios y disparó sus precios.

Despejadas las preguntas básicas, sólo queda negarse a pronosticar el futuro, tarea que en el reparto occidental del trabajo se asigna a los prospectores. Lo cual no impide resaltar que: 1) desde el pasado día 14 y hasta el 10 de septiembre, 600.000 electores, una cifra récord que sin duda incluye no pocos "submarinos", están llamados a las urnas para confirmar o desmentir a las encuestas. 2) Una eventual llegada de Corbyn al liderazgo de la oposición de la quinta potencia mundial daría una resonante tribuna a la lucha contra la austeridad. Tribuna reforzada por la independencia británica respecto a la zona eurogermánica, así como por la poderosa corriente eurófoba que recorre el país y, por encima de todo, por la ausencia de responsabilidades gubernamentales de Corbyn. 4) El último líder izquierdista del laborismo, Michael Foot (1980-1983), fue vapuleado por Thatcher en 1983 por un escandaloso 42,3% a 27,6%. 4) La sombra de la claudicación de Tsipras ante los acreedores está siendo utilizada con saña para orientar el voto laborista contra Corbyn, como en España contra Pablo Iglesias. 5) El establecimiento de parecidos entre Reino Unido y Grecia o entre los programas de Corbyn y Tsipras es un ejercicio de pura mala fe. 6) Cada uno de los puntos anteriores permite al lector, formular pronósticos, aunque sin duda lo más aconsejable sea hacerlos en las casas de apuestas británicas. No en vano son las de más acrisolada tradición.

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