Pecado de soberbia de la canciller de hierro

16.09.2015 | 01:04
Pecado de soberbia de la canciller de hierro

En la primera de Le Monde del lunes, datado martes, la habitual viñeta de Plantu representa a una Merkel rodeada de refugiados y jugando al póker con un Hollande al que sólo acompaña una familia de sirios. Sudan los dos como de sauna y Merkel, mirando sus cartas con atrición, confiesa: "Bueno, iba de farol".

¿De verdad iba de farol la canciller de hierro? Es probable que no y que sólo haya incurrido en pecado de soberbia. De tanto repetir a los alumnos díscolos que la mejor planilla para hacer los deberes es la eficacia alemana, Merkel habría acabado por creérselo y medir mal sus fuerzas. En todo caso, burlanga o maestrilla ciruela, el despertar ha sido muy duro: Alemania sólo ha podido mantener abiertas las puertas durante una semana. Da igual que el vicecanciller socialdemócrata se jactase días atrás de que el país acogerá a 800.000 personas este año. O que el lunes haya elevado la cifra a un millón. La ola llevaba demasiada velocidad incluso para una Alemania que presume de bien organizada.

Y si ha dado igual ha sido por varias razones. En primer lugar, porque el flujo que le envía a Europa la Turquía de Erdogan, la misma que tiene a varios millones de compatriotas como mano de obra barata en Alemania, la misma a la que la UE camela y rechaza desde hace medio siglo, ni se detiene ni se frena. Y no lo hace porque son cuatro millones largos los sirios expatriados y 1,8 se agolpan en la Turquía de un Erdogan que, una vez lanzada la bola de nieve, quiere tener fuera del país a la mayor parte antes de las elecciones de noviembre. Por no hablar de los colaterales iraquíes, afganos, eritreos, sudaneses, bengalíes y hasta kosovares.

Ocurre que, aunque Alemania necesite colmar en pocos años un agujero demográfico y laboral de seis millones de personas, también precisa una llegada ordenada que no le descuadre la cabeza. Y eso no se lo va a facilitar Turquía, y mucho menos la humillada Grecia ni los estados intermedios que sólo aspiran a que la travesía de cada refugiado por su suelo dure el menor número de horas.

En segundo lugar, la ayuda que no le dan a Merkel sus enemigos, tampoco se la dan sus socios europeos. Si los refugiados se mueven a velocidad de riada, la UE lo hace con su habitual pasito de tortuga. Por un lado, porque está en sus genes de dinosaurio y en su estómago, que hubiera tenido que ser de boa para asimilar la ampliación de 15 a 28. Pero también porque la mayoría de los países comunitarios no tiene interés alguno en engrosar su déficit y sus listas de paro con refugiados, por ende islámicos. Un ejemplo: Rajoy necesitó superponer al calendario electoral la foto del pequeño Aylan y la reacción de los ayuntamientos de izquierda para dejar de racanear unos cientos de admisiones y pasar a admitir 15.000 sin rechistar.

Y aún así. Las tortugas, aunque se dopen, siguen yendo muy despacio: el 30 de agosto, la UE convocó una reunión de urgencia para el 14 de septiembre, con las cuotas de refugiados y el calendario de reubicación en la agenda. La cita, consumada este lunes, fracasó y la siguiente se ha fijado para ¡el 8 de octubre! Menos mal para Merkel que con los 160.000 refugiados que pretende diseminar por la UE sólo quiere aflojar un tanto el flujo principal destinado a Alemania.

Pero llegamos al tercer punto, que es el decisorio. La riada humana entra en Alemania por Baviera y desemboca en Múnich, la tercera ciudad germana, que lleva acogidas 63.000 personas en los últimos 15 días. Más de 12.200 llegaron el pasado sábado, un día para el que los muy previsores alemanes tenían dispuestas 5.500 nuevas plazas, cantidad nada desdeñable pero que apenas absorbió la mitad de la avalancha. Y en Baviera gobierna la muy conservadora CSU, el partido hermano de la CDU de Merkel, que está ausente de ese Estado como durante largas épocas ha estado ausente el PP de Navarra, donde lo suplía UPN.

La CSU, que ocupa ministerios en el Gobierno federal, es una pata importante de la coalición que sostiene a Merkel y ha sido quien desde el pasado viernes ha estado voceando que la canciller se había precipitado y tenía que dar marcha atrás si quería evitar un sonado resquebrajamiento del Ejecutivo de Berlín. Una presión sostenida sobre Merkel que, como se ha podido comprobar, dio resultado. Porque los bávaros, quejosos de que otros lander se estén yendo de rositas y de que la UE no les ayude lo más mínimo, no sólo no han perdonado el pecado de soberbia de Merkel sino que, además, han demostrado que ellos sí que no iban para nada de farol.

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