Ola de atentados sin precedentes en la capital francesa Reacciones

La noche más larga en París

La capital francesa vivió con angustia una madrugada en la que la cifra de víctimas de los terroristas aumentaba; el amanecer trajo silencio, calles vacías, dolor y lágrimas a un país en estado de 'shock'

15.11.2015 | 01:53
Velas y flores, en la plaza de la República, en homenaje a los fallecidos.

Viernes noche en París, la gente sale del trabajo para tomar una cerveza y celebrar así el fin de la semana, como lo haría cualquier persona. Son las nueve de la noche y el periódico Liberation publica en su página en Facebook las primeras noticias: "Tiroteos en el distrito diez de París". Se desconoce el número de heridos y la autoría de los ataques. Nuevas informaciones no tardan en llegar: otro tiroteo en el distrito 11, varias explosiones se han escuchado también durante el partido entre Francia y Alemania en el Stade de France, en Saint-Denis, al norte de París. No es casualidad, no son hechos aislados, aunque aún era pronto para la confirmación de la autoría de los hechos se puede decir que todos teníamos en la cabeza las duras siglas de ISIS.

Las cadenas de televisión son ajenas a las últimas noticias, el partido continúa emitiéndose al igual que diversos programas de variedades. Hacen falta más de veinte minutos para que la cadena privada TF1 comience a hablar sobre los atentados. Catorce muertos y numerosos heridos entre el restaurante Le Petit Cambodge y el bar Le Carillon y no muy lejos de ellos la famosa sala de conciertos Bataclan, que esa noche albergaba el concierto de la mítica banda californiana Eagles of Death Metal, se convierte tristemente en la gran protagonista de la noche debido al secuestro de todos los asistentes al concierto.

"Aún estoy en el Bataclan. Primera Planta. Herida grave. Hay supervivientes en el interior, disparan a todo el mundo uno por uno", publica Benjamin Cazenoves en su perfil en Facebook. La prefectura de la policía parisina va confirmando los muertos, 20, 40, 60? Las redes sociales son testigos del nerviosismo, la impotencia, la solidaridad internacional y ante todo el respeto y el recuerdo de no dejarse llevar por el miedo o la ignorancia y caer en burdos estereotipos que condenen a una religión tan atacada en los últimos años como lo es el islam.

La sociedad francesa tiene puestos sus ojos en el número 50 del boulevard Voltaire mientras las balas continúan atravesando el cielo parisino. Varias explosiones se escuchan en el interior de la sala de conciertos al mismo tiempo que algunas personas consiguen escapar. "Han dicho que esto es por lo que hemos hecho a sus hermanos en Siria", relata uno de los supervivientes. Todos esperamos sobrecogidos el terrible desenlace de las más de 1.100 personas que se encontraban esa noche disfrutando del concierto. Ochenta muertos y numerosos heridos graves, entre ellos un español, dicen las noticias. La cifra de víctimas aún habrá de aumentar más.

El presidente del país, que se encontraba en el estadio en el momento de los atentados, no tarda en aparecer en las pantallas. Con voz serena pero presencia visiblemente afectada declara el Estado de Emergencia, que no se había proclamado desde el año 2005 con los disturbios en el extrarradio parisino. A su vez que anuncia el cierre de las fronteras durante los próximos días y apela a la unión y a la fortaleza frente al terrorismo que una vez más ataca a París. Tras una larga noche, al día siguiente del horror el ambiente es extraño: por una parte todo parece tranquilo pero se palpa el miedo, aunque la vida continúa. Las estaciones de metro cercanas a los diferentes puntos en los que se produjeron los atentados están cerradas y las principales líneas de metro casi vacías.

Acceder al Bataclan o al restaurante Le Petit Cambodge es una tarea imposible. La prensa se amontona en las vallas que separan los lugares custodiados por un gran despliegue policial mientras que los curiosos se detienen frente al jardín que separa el boulevard Voltaire y el boulevard Richard Lenoir para tomar alguna foto o incluso hacerse un selfie.

Como ya ocurrió cuando se produjeron los atentados a la sede del semanario Charlie Hebdo, no muy lejos del Bataclan, numerosas personas comienzan a dejar flores en los alrededores. Hay un goteo de notas criticando la participación política en la guerra: "Vuestras guerras, nuestros muertos".

Nadie sabe qué va a suceder en los próximos días. Periódicos como Le Parisien apelan al amarillismo con grandes titulares: "Esta vez es la guerra". "El país está en estado de shock, casi no hay gente en las calles", dice Miguel González, presidente del grupo de asturianos en París. Hugo López, estudiante de un máster de física en la capital, se encontraba en la calle en el momento de los atentados: "estaba tomando una cerveza en un bar sin cobertura y cuando salí recibí un aluvión de mensajes, cogí el metro lo más rápido posible para llegar a casa". Beatriz Pañeda, estudiante en segundo año en un máster de historia antigua acaba de llegar a casa. "Estoy impresionada, primero pensaba que solo habían sido en el estadio y en los otros dos sitios pero luego iba leyendo que había muchos más tiroteos". "Fue en zonas de fiesta, con mucha gente los viernes, podía haberle pasado a cualquiera", dice.

La rapidez de los hechos, el elevado número de muertes y los lugares elegidos para los atentados han conmocionado absolutamente a todo el mundo. Cristina Arias, estudiante de Erasmus en París, se encontraba cenando con sus amigos en el distrito cuarto. "Mi padre me llamó contándome todo e intentamos coger un Uber (viaje compartido) para volver a casa, pero el servicio estaba saturado. Luego fuimos a una parada de metro y cuando estábamos en el andén la policía comenzó a decirnos que saliéramos de la estación", explica. Al final el grupo se quedó hasta las cuatro de la mañana en casa de un amigo "porque era imposible volver a la residencia y allí empezamos a ver lo que estaba pasando". La residencia de Cristina Arias es un claro ejemplo del protocolo francés de seguridad, que aconseja a sus residentes no salir de casa a no ser que sea estrictamente necesario. "Es terrible lo que está pasando y me da mucha pena que mis amigos que han venido de visita no vayan a ver nada".

La plaza de la República, icono de las protestas contra los atentados a Charlie Hebdo, vuelve a llenarse de velas, flores y banderas como la colocada por Olivier G. entre lágrimas. "No tengo a ningún amigo entre los asesinados, pero es lo que tenemos que hacer". Mina Kharomon posa con la bandera francesa en frente al monumento de la República: "Es terrible, terrible, ¿cómo se puede llegar a hacer algo así?".

Es sábado noche en París y zonas turísticas como Le Marais, no muy lejos la plaza de la República, están casi vacías. La mayoría de los negocios permanecen cerrados y el eco de las sirenas invade las callejuelas de la ciudad de las luces al mismo tiempo que el sentimiento de unión y respeto vuelve a ponerse frente a pensamientos xenófobos cargados de odio producto de la ignorancia y el desconocimiento.

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